Quien lee estos párrafos puede estar despertándose mientras se desembaraza —o lo simula— de unas benignas sábanas; o en en el sofá de su casa desparramando su cuerpo y su cansancio; o sentado en el despacho, en la oficina, en la biblioteca, en pleno receso, entre tarea y tarea y tarea; puede leer mientras camina por las calles de ruido protegiéndose con la música que sale de unos cascos voluminosos; o en el hueco de las masas apelotonadas en el vagón de un tren de movimiento perpetuo.

Quien lee estos párrafos puede incluso causarnos envidia al hacer honor al beatus ille, recostado en un prado incólume o en una playa paradisíaca, junto al agua, las aves y el sol. Pero a todos ellos los une el silencio, esa cápsula invisible que parece generarse alrededor de quien pone la atención en algo, especialmente cuando se trata de un ejercicio intelectual, cuyo máximo ejemplo es la lectura.

Se ha hablado mucho del carácter productivo del silencio, y en estos artículos algo se dirá de ello, seguramente en repetidas ocasiones, pero centrándonos ahora en esa facultad que tiene para unir a las personas que lo comparten, se descubre que todos los que callan se encuentran engarzados misteriosamente como si se hubiera perforado una cuña en la realidad sonora: basta con ponerse a pensar, mientras se lee, en todas las personas que mientras leen piensan, para sentir cierta simpatía, incluso compañerismo, si se me permite, con ese otro.

Dependiendo del modo en que se calle, especialmente de la libertad que goce nuestra postura silente, nos sentiremos en un grupo u otro de la historia, pero a grandes rasgos todos los que callamos en un momento determinado sentimos una singular conexión con todos los otros que callan. Especialmente en nuestros días, en los que el silencio es un gesto enteramente diferencial.

Tace pro nobis.