Los años sesenta, con su inevitable carácter político, no pasaron en vano: la contracultura, la generación hippie, el mayo francés, los puntos álgidos de la guerra fría y, sobre todo, una nueva conciencia política y social que pareció instalarse en toda la cultura occidental y que simplemente no puede ser ignorada.

Así, en la segunda década del siglo veintiuno, todos formamos parte de ese mundo cultural que ha continuado acumulando voces subversivas –el punk, el grunge, los movimientos feministas y posgénero, y un larguísimo etcétera. Sin embargo, nuestras generaciones no dejan de tener un sabor distinto, a conservadurismo, a vida tranquila: a recepción pacífica de cantidades inmensurables de información pre-digerida, producida en masa y lista para el consumo de una sociedad que no es capaz de desconectarse de sus celulares. Los millenials son, desde este punto de vista, la mejor expresión de un mundo paradójico (¿contradictorio?): una generación enamorada de la imagen romántica del artista, del bohemio, del individuo excéntrico e inclasificable cuyo único principio es el vitalismo, pero que no está dispuesta a renunciar a las comodidades del mundo consumista; por el contrario, desea con todas sus fuerzas ser parte de ese universo de restaurantes Michelin, viajes interminables y aventuras prefabricadas. No es extraño que el gran héroe de los millenials sea Steve Jobs: un genio del marketing alabado como un artista revolucionario.

Todos los que participamos en esta cultura del simulacro somos parte, también, de esta suerte de ingenuidad intencional o hipocresía. El mundo capitalista ha sabido digerir la subversión que definió el siglo veinte y transformarla en producto: ediciones especiales de los álbumes de Nirvana para los antisistema nostálgicos, yoga para las personas espirituales que no tienen el tiempo para encontrarse a sí mismas, productos ecológicos vendidos en los mismos mercados que destruyen todos lo sabemos, a nadie le importa el planeta. Se vende lo que necesites: identidad, subversión, autenticidad. Se vende un estilo de vida. El comprador es una generación, producto de esta misma dinámica, que no tiene problemas de participar en una conciencia ingenua que le permite comprar la vida que le vendieron a través de un comercial que, quizá, tuvo como fondo la música de John Lennon.