¿Qué es, en definitiva, crear? Dar movimiento a una noción estática, quizás; dar un pequeño empujón a una idea con la esperanza de que ese ínfimo chispazo produzca una luz lo suficientemente brillante. Infinidad de imágenes posibles para el proceso creativo, para la revelación y el deslumbramiento. Quizás el oficio de poner en conjunción muchas voces, entre las que está la nuestra, en la que se encauza una proposición, una perspectiva de la realidad.

Me parece que crear es siempre crear para otros –entre los que estamos incluidos nosotros mismos–, es un crear lo percibido, lo sentido, lo imaginado, y al mismo tiempo buscar dar forma a algo nuevo, inexistente. Nuestro mayor y más imposible afán: ser pequeños dioses, grandes creadores de existencia misma, pura. Pero nuestra palabra no alcanza la potencia de crear por sí sola realidad; solo la imita, solo se aproxima a ella, solo busca una posibilidad, un gesto, una mueca en ocasiones tan forzada que se desvanece rápidamente sin vida. Pero, de repente, de entre la suma de materiales desordenados y reordenados surge algo, queda algo, y entonces la pieza perdura, y entonces la percibimos más allá de todo análisis formal, de toda justificación crítica, y sabemos que tiene algo, que viene de un movimiento del artista, y que ese movimiento proviene de nuestra humanidad, de algún lugar conocido pero no sintonizado, no lo suficientemente visto, pero finalmente descrito, recreado.

La idea toma entonces su forma y quizás consigue una chispa de vida. Algo más allá del mismo artista, de todo su conocimiento técnico, de sus reflexiones, de su énfasis; y brota entre sus dedos y cobra vida independiente, incluso si el artista mismo es inconsciente de ello. ¿Y cómo la ve el creador? ¿Es consciente de ella? ¿Comprende lo que ha generado? Quizás ni siquiera puede dar por completa la obra, quizás está insatisfecho de algunos ínfimos detalles, pero la idea se desprende, toma múltiples formas, vuelve en otra obra, y en las obras de otros, y en las conversaciones y en cada cuestión inesperada y solo así toma forma, solo así crece a lo largo del tiempo.

¿Qué sucede cuando vemos las grandes obras de nuestro tiempo de esta manera? El ejercicio de recordar que fueron hechas por una persona, en cada uno de sus trazos, de sus esbozos, que cada línea, punto, movimiento fue decidido en el proceso, en el impulso, y que nos habla de alguna manera no solo por su conclusión, sino por el movimiento que implica la creación, por la duda y la inquietud, por la profunda incertidumbre de reordenar el caos para hablar, de forma diferida, con otros. La vida es tan misteriosa.