El lector actual se concentra tan solo mentalmente en las páginas que tiene delante: apenas se puede percibir siquiera el movimiento de los labios mientras avanza frase a frase, párrafo a párrafo. No nos sorprende la paradoja de que siendo palabra lo que lee nada se escucha desde fuera. Pero la lectura no siempre tuvo una ejecución silente, como sucede en las sociedades occidentales desde la Modernidad.

A riesgo de repetir un lugar común, conviene traer a colación la famosa cita de san Agustín, en la cual el autor de las Confesiones se sorprendía de que al obispo de Milán, san Ambrosio, «le vimos leer en silencio y jamás de otra manera». Más específicamente señalaba que «recorrían las páginas los ojos y el corazón profundizaba el sentido, pero la voz y la lengua descansaban». Una de las grandes hispanistas todavía vivas, Margit Frenk, experta en oralidad, ha trabajado el asunto en Entre la voz y el silencio: la lectura en los tiempos de Cervantes, precisamente para señalar cómo en tal periodo se está produciendo el cambio, todavía no definitivo, de manera que se pueden contrastar los ejemplos de lectura callada de don Quijote, con las lecturas en voz alta de pasajes caballerescos en la venta.

Sin abandonar a Cervantes, sino por culpa de su trascedencia histórica, el pasado viernes tuvo lugar ese macroevento en el que se sucedieron cientos de actos en torno al libro y la lectura: recitales, conferencias, conciertos, micros abiertos, lecturas dramatizadas.

Se podría decir que en cada nueva edición de La noche de los libros volvemos un poco a nuestros orígenes, a la cultura oral, a la transmisión del conocimiento por vía sonora, a la celebración de la voz. Toda una ciudad visibilizó lo velado, interrumpió durante unas horas la progresiva afonía que está sufriendo en los últimos tiempos la lectura.

Tace pro nobis

(imagen: Sin título. Chema Madoz, 2014)