En estos días he estado leyendo El primer hombre, esa novela inconclusa de Albert Camus, en edición de Tusquets. Trágicamente se nos anuncia que el manuscrito fue encontrado «en una bolsa entre los hierros de lo que quedó del vehículo». Otras versiones más amables hablan de un árbol alrededor del lugar. El morbo vende, pensarán los editores. Aquí estamos con el libro entre las manos, pero no por eso.

De cualquier forma, lo interesante de la edición es que está lejos de ser una obra completa y finalizada, por el motivo antes mencionado. Fue mecanografiada partiendo de la escritura rápida, sin signos de puntuación y, aparentemente, bastante difícil de leer, de su autor. Las hojas que nos muestran tienen notas y tachones por todos lados, cambios unos sobre los otros. En el libro transcrito, algunas de estas notas se mantienen. Vemos, así, la duda y la reflexión en el entramado.

Manuscrito de Albert Camus. Fuente: El primer hombre, Tusquets editores.

Manuscrito de Albert Camus. Fuente: El primer hombre, Tusquets editores.

Lo que más me sorprende en esta ocasión es descubrir que existe un gran trecho entre una prosa que me resulta admirable, la de las obras conclusas de Camus, y los fragmentos de los que parte. No es solo que falla en su continuidad, que se repite a medida que avanza, que es fácil encontrar errores de trama y puntos débiles, sino que todavía no parece tener el mismo ritmo y precisión de otros textos suyos. El escritor estaba consciente de la mayoría de estas cosas, y en las notas que acompañan el texto ha apuntado que todavía debe trabajar en ellas, cambiar la continuidad, los nombres y otros tantos detalles.

Es una novela autobiográfica. Tanto que Camus se delata algunas veces confundiendo los nombres de los personajes con los nombres reales de sus conocidos. ¿Pero qué sería del texto definitivo? Las partes que parecen estar más desarrolladas se alejan de esta idea tan claramente autobiográfica. Como si, partiendo de lo visible, de lo obvio, nos expandiésemos hacia lugares distantes e irreales, que quizás ya no podríamos reconocer con tanta facilidad en relación con el autor.

Borrador de El primer hombre de Albert Camus. Fuente: Tusquets editores

Borrador de El primer hombre de Albert Camus. Fuente: Tusquets editores

Frases sueltas, cambios de tiempo y de orden, incontables revisiones y reescrituras son las que diferencian la prosa de El primer hombre de la de obras como La peste o El extranjero. ¿Cómo habrán comenzado? Entre todos estos resquicios encontramos grandes revelaciones sobre lo que quiere decir el escritor, sobre su manera de trabajar, sus intereses, los lugares desde los que parte y a los que quiere llegar, a los que quiere llevarnos.

Por otro lado, la existencia. No puedo evitar pensar sobre las decisiones y el azar, sobre el camino de Camus, sobre lo consciente y lo inconsciente, a medida que leo sus páginas. El borrador nos cuenta una historia, pero otra etapa del libro seguramente nos contaría algo diferente. Su alegría de vivir y su persistencia nos dicen algo sobre el hombre detrás del personaje. ¿Qué tan distinto era? ¿Por qué decide escribir esto? En ocasiones escribimos un libro no porque es el libro que queremos, sino porque es el libro que sentimos que tenemos que escribir. A partir de allí, hacemos todo tan bien como podemos.

(imagen: Writer’s Block, Drew Coffman, 2010.)