Es una verdad universalmente conocida que una parodia busca reconocer la tradición que la precede, al mismo tiempo que se diferencia de ella.

O quizá no es una verdad tan conocida. Esa podría ser la razón por la que películas como la reciente Pride and prejudice and zombies (2016) resultan difíciles de digerir incluso para los más freakies de los freakies (y me refiero a los fanáticos del cine zombie, porque es probable que los seguidores de Jane Austen no se molesten en ver la película, ni en leer la novela en la que está basada).

Cuando se trata de los clásicos, reescrituras tan distantes no siempre despiertan el interés de los espectadores. Sin embargo, no dejan de aparecer —pensemos en Abraham Lincoln: vampire hunter (2012)— y no podemos dejar de preguntarnos por el valor cultural que poseen, e incluso artístico, si es que lo tienen. Dejaremos este último problema a un lado y nos centraremos en el primero: todo objeto cultural, en tanto que puede ser considerado como tal, es testimonio de la cultura que lo produjo y tiene, por lo tanto, un valor indiscutible.

Películas como Abraham Lincoln: vampire hunter poseen un doble nivel discursivo que merece algo de reflexión. Por un lado, al transformar al presidente norteamericano en un cazador de vampiros, y a sus enemigos del sur en no-muertos que succionan la vida de sus esclavos, se acentúa la crítica social de este tipo de películas. Al mismo tiempo, se construye un discurso paródico: al hiperbolizar el maniqueísmo de las películas y novelas que giran en torno a esta temática —Lincoln, no los vampiros— se desmonta, y hasta cierto punto ridiculiza, un discurso que ha sido repetido hasta el cansancio.

La parodia cobra fuerza cuando consideramos que la película se estrenó poco antes de la épica de Spielberg, Lincoln (2013). Este es el tipo de parodia que encontramos en Pride and prejudice and zombies: por un lado, la sátira social es acentuada al ubicar la historia en un mundo postapocalíptico en el que la sociedad inglesa retratada por Austen es absolutamente incoherente; por otro, el clásico es parodiado en una película que hiperboliza y caricaturiza su referente. Porque Pride and prejudice (1813), a pesar de su valor literario indiscutible y de una actualidad palpable, empieza a resultar una obra agotadora. Seguimos tratando de traer el discurso a nuestros tiempos, de actualizarlo a través de nuevas reescrituras —pienso en la reciente adaptación de 2005, con Keira Knightley, o en You’ve got mail (1998), una versión mucho menos ortodoxa.

Así, dentro de la reciente producción que ubica la trama en un mundo tomado por los no-muertos, no es solo el orden social que rige a sus personajes el que resulta incoherente, también lo es la obra parodiada; porque, en un mundo tan diferente al de Austen como el actual, una nueva adaptación de Pride and prejudice puede resultar tan absurda como un baile decimonónico interrumpido por una invasión zombie.

Sin embargo, la parodia no termina de convencer a un público que se limita a mirar la hiperbolización de la sátira social, ese primer nivel discursivo que es evidente —mas no siempre atractivo— para cualquier espectador. Se resalta lo grotesco y lo absurdo, pero se olvida el juego paródico que le otorga un valor muy distinto a este tipo de películas. Es este segundo nivel el que le permite a la cultura leerse a sí misma y revisitar clásicos que necesitan, desesperadamente, nuevas lecturas.