Javier Helgueta Manso

Es distinto el silencio. El hombre que calla sin motivo, el hombre que no ha hablado todavía, el hombre que no sabe hablar, el que se quedó mudo, el que se quedó ciego. Pueden ser un mismo hombre pero muchos silencios. Y también es distinto el silencio del hombre que el del perro, que el del pájaro, que el del árbol o la nube o la piedra, muy distinto que el del instrumento que puede ser pulsado –incluso el famoso arpa del rincón oscuro–, o el del objeto inerte. No es igual el silencio de la llanura que el del universo donde habitan los dioses. No hay nada similar a la mudez de Dios, y sin embargo no callaron igual Yahvé o Harpócrates, Cristo o Buda.

No callamos igual tras el amor que tras la muerte, tras la victoria que tras la catástrofe, durante la acción que durante la espera, pero todos los poetas han hablado como si una misma cosa nos hiciera enmudecer. No callamos igual cuando escuchamos al político que cuando escuchamos al poeta –si acaso alguno dona su tiempo todavía en escucharles–; no callamos igual ante el niño que ante el viejo, en el hogar que en casa ajena, en los oficios religiosos que en el ascensor. Pero, en todos los casos, hay que pedirle permiso al silencio para la palabra, hay que pactar con el silencio durante la escucha –si acaso no nos conformamos tan solo con que nuestro oído oiga, mientras nosotros vivimos, si acaso aún contemplamos el mundo en todos los sentidos, con todos los sentidos.

Muchos contextos hay donde la unidad del silencio se pone en duda, muchos contextos trascendentales y muchos contextos cotidianos, donde el silencio suena y significa. Hay un hombre por cada silencio; una ética por cada silencio; una cultura por cada silencio. Algunos de ellos quisiera mostrarlos y plantearlos en estos artículos de la naciente revista Borrador –¡la página en blanco, lo inconcluso, la tachadura!– reivindicando el derecho al silencio en los tiempos del ruido, su ambigüedad resbaladiza mas su fertilidad inagotable, la necesidad de su empleo en las soluciones para este mundo cansado.

Con la palabra nos comunicamos en presencia; con el silencio en ausencia: con los hombres de otro tiempo, los que nos escribieron y a los que escribimos; y con los hombres de otros lugares, desde el vecino que viviendo pared con pared se siente abismalmente solo, hasta el último pastor de una tierra perdida: al callar quedamos indisolublemente unidos a todos los hombres que en algún momento callaron en la historia: ahora mismo contigo, querido lector, que lees estas palabras, en tu silencio, quizás por descubrir.

Tace pro nobis.