Un diálogo entre padre e hijo

Wyeth: Andrew y Jamie en el estudio

 

I

«Aquí no hay nada, y eso me gusta»

(Andrew Wyeth en uno de los documentales expuestos)

Adentrarse en la exposición Wyeth: Andrew y Jamie en el estudio es una oportunidad para descubrir las relaciones familiares y artísticas entre padre e hijo de una familia en la que, como Jamie dijo alguna vez, todos pintan excepto, quizás, el perro.

Dos estilos, marcados por sus épocas y, también, por sus relaciones familiares, trabajan encontrándose y desencontrándose en opiniones artísticas, en exploraciones individuales y conjuntas. Podemos ver, además, no solo una amplia selección de las obras acabadas de los artistas, sino también una serie de bocetos distribuidos a lo largo de las galerías, que acompañan y ponen en evidencia el proceso de trabajo que podemos imaginar sucediendo en un espacio compartido durante muchos años por ambos, así como la distinta percepción de cada uno de estos mismos lugares que son, podemos apreciarlo, queridos por sus pintores.

La exposición se divide en siete partes, y ya en las primeras tres (tituladas Padre e hijo, Amigos y vecinos y Lugares compartidos) podemos ver claramente este interés por lo cercano, por lo cotidiano, que les permite explorarlo, trabajarlo, plasmarlo de una manera que demuestra conocimiento y cercanía, incluso en las abstracciones y exuberancias que Jamie desarrollará en el tiempo. Tanto Andrew como Jamie han sentido siempre la necesidad de conocer a fondo aquello que pintaban, para poder pintarlo bien, para retratar su personalidad, darle un carácter dentro de la pintura. Es, claro, una percepción que habla tanto de lo pintado como de aquel que lo pinta, y eso hace también sumamente interesante ver los lugares que se repiten a lo largo de los años en la pintura tanto de padre como hijo, y los cambios en la percepción de ambos, así como lo que quieren decir sobre lo que pintan y, también, lo que dicen sobre sí mismos al hablar de lo pintado.

En cuanto a esto último, resulta muy interesante ver la percepción que a lo largo de los años padre e hijo han tenido el uno del otro. Por un lado, por ejemplo, podemos ver el retrato que Jamie hace de su padre, todo de negro, solemne y serio, con su cabeza prácticamente flotando en la negrura, imponente. Por otro, la pintura Lejanía (1952) en la que Jamie tenía alrededor de seis años y es visto como una figura introspectiva, en la que Andrew captura un instante a la vez efímero y prolongado, una reflexión del hijo que espera y, quizás, posa, pero que está realmente en sus pensamientos, puede que pensando en pintar, en su padre que pinta, o en cualquier otra cosa. Su postura nos habla de esa espera activa, de esa reflexión inquieta de aquel que quiere hacer algo pero se contiene, y el mismo paisaje que lo rodea nos dice algo del personaje y de la visión de su padre, que mucho más tarde dirá: «Me gustaría que me recordaran como el padre del artista Jamie Wyeth».

En buena parte de la exposición podemos ver el proceso creativo y colaborativo entre padre e hijo, la influencia más o menos directa que el trabajo conjunto generaba en cada uno de ellos. La sexta parte, Control y exuberancia nos muestra brevemente la importancia de controlar y conocer la técnica, además del entorno, para la familia. Bocetos, experimentos, atrevimientos incitados entre ellos y en relación con su entorno suceden a lo largo de su proceso creativo. En las secciones de Desnudos y Animales podemos ver y seguir, especialmente, el proceso creativo de Andrew y la búsqueda de Jamie, la exploración partiendo de lo conocido, de lo controlado, hacia aquello que se quiere decir y hacia la mejor manera de decirlo, para cada una de las obras. Este es el caso de sus estudios sobre La virgen.

Jamie, conocedor de la técnica de su padre, se atreve a romper con ella y a innovar en concordancia con su generación; su padre también aprende de él, juega, lo sigue en ocasiones. Encontramos en Extraños prodigios, la última sección, obras más atrevidas, incluso surreales, que nos ofrecen parte de un juego y un diálogo familiar, una relación contada también a través de la pintura, en la que se repiten lugares queridos, como su casa de verano, las gaviotas, el Halloween, las máscaras, y a través de ellas se explora en la creación artística, en sus necesidades expresivas individuales, en sus similitudes y diferencias como artistas, como parte de una tradición global, nacional y familiar.

II

 

Para quienes se pasearon unos meses antes por la exposición sobre Hopper, quizás les resultará de provecho saber que, en 1956, Andrew fue homenajeado junto a él, a quien admiraba. Aunque Hopper vivió entre 1882-1967 y Andrew Wyeth desde 1917 hasta 2009, su obra encuentra en otros tonos y colores una relación de estilos inevitable. Vemos con claridad el valor y el poder del espacio, aunque es tratado de forma diferente por Andrew. Cada trazo, sin embargo, tanto en sus espacios abiertos como en los lugares cerrados que elige para retratar a sus amigos y conocidos, cumple una función que no nos resulta difícil imaginar para hablarnos algo más sobre la persona representada, sobre su relación con el pintor, sobre por qué está ahí y qué quiere decir la elección, no arbitraria, del lugar donde es representado, de cada uno de los trazos que se vuelve un accesorio para decirnos un poco más sobre ese desconocido que vemos expuesto ante nosotros.

Andrew dice que, mientras más viejo se vuelve, más gusto siente por la nada, pero es también porque sabe llenar esta nada de significado, sabe leer lo que contienen esos espacios de silencio, esas líneas de quietud, y cargar de sentido esa aparente vacuidad. Una pintura, no presente en la exposición, como Primavera (1978) se atreve a dejar atrás lo meramente real, tangible, para hablarnos de una experiencia del artista sobre un amigo, sobre alguien que siente cercano y cuya muerte lo afecta profundamente: un hombre cubierto en la nieve restante, reposando a medida que llega la primavera a todo lo demás, que lo hará desvanecerse también. Uno de los grandes logros del artista está en lo pequeño, y en atreverse siempre a ir un poco más allá de sus límites, dispuesto a encontrar maneras de innovarse de acuerdo con lo que siente que tiene que expresar.

El blanco es, para muchas de las pinturas de Andrew Wyeth, una asombrosa manera de dar movimiento a sus pinturas, a paisajes aparentemente estáticos que cobran vida con un par de trazos precisos de blancura, dando vivacidad absoluta a los paisajes, a los ríos y al mismo viento que mueve los campos. Así, con un simple gesto, sus pinturas cobran otra vida, se vuelven casi una cinematografía.

Dentro de estas pinturas de lo conocido, de lo amado, está una estrecha relación con el proceso creativo. Pintar lo conocido no implica pintar desde lo conocido, sino partir de allí para descubrir nuevas formas de plasmar lo cercano, formas que se enriquecen en el diálogo y en la exploración, en el desarrollo creativo.

En las pinturas de la exposición podemos ver que el trazo de Andrew Wyeth es seguro, nos muestra con certeza una realidad que ha estudiado y preparado, a la que le da una forma consciente y con la que busca transmitirnos algo en particular, algo que ha encontrado de interés en su cotidianidad, en sus amistades, en sus búsquedas.

Los rostros son arrugados y cargados, pesados en muchas ocasiones, cada una de sus líneas son expresivas y cargan toda la emoción de una personalidad conocida por el artista. Su confianza en la pintura lo ayuda a explorar en lo que quiere transmitir, en la historia que quiere contar en cada una de sus pinturas, y así la disposición, los colores y los trazos armonizan para relatar algo en conjunto, para hablar de todo lo que no se ve pero conoce, y muestra brevemente.

De lo complejo, lo vemos ir en busca de lo simple; de la disciplina, lo vemos avanzar hacia una diferente libertad. ¿Acaso Jamie motiva también sus atrevimientos, lo mantiene en diálogo con una nueva generación? Ciertamente Andrew encuentra su expresión escarbando en los temas y en la expresividad de su pintura familiar, no solo en su padre sino también en su abuelo.

III

 

En Jamie Wyeth, el trazo que parece más suyo es el trazo difuminado, quebrado, más libre. El caos y la duda tienen más espacio en su pintura, permite que el trazo encuentre sus propios caminos sin necesidad de controlarlo, lo permite incluso chorrearse.

En el retrato de su padre vemos también su percepción de él. Es un retrato sobrio, serio, pesado, en el que la cabeza de Andrew Wyeth flota en el lienzo oscuro con un cierto brillo que parece hablarnos de admiración y respeto, también, ante un padre solemne pero amable en el que encuentra aprendizajes e inspiración.

Jamie mira de otra manera los mismos espacios en los que su padre crea. Encuentra sus propios lugares de su interés, encuentra la manera de plasmarlos. Encuentra en las lecciones y en la vida rodeada de pinturas, bocetos y trabajo disciplinado un método para seguir, un método que se ve en los encuentros y desencuentros entre sus pinturas a lo largo del tiempo. Ambos se influencian, se comentan, se motivan a ser disciplinados y atrevidos. Sin embargo, ¿cuánto Jamie hay en la exposición? ¿Cuánto de él, de su obra, queda supeditado a su padre, a mostrar a su padre y su evolución, en relación con él? La coherencia de Jamie en muchas de las áreas de la exposición parece supeditada a la exhibición de su padre, a los puntos de encuentro con él, y no tanto a las diferencias, que echamos de menos.

A pesar de lo interesante que resulta ver ambos procesos creativos, echamos de menos un mayor diálogo entre dos pintores individuales, un mayor balance entre padre e hijo, que quizás queda opacado por la admiración que el segundo siente por el primero aún todavía. Es posible ver una considerable muestra de pinturas de Jamie Wyeth, y es posible ver su evolución, su trazo y su trabajo, pero si pidiésemos más a la exposición, pediríamos un poco más de los procesos de Jamie, de sus conflictos y su evolución, de sus búsquedas y sus bocetos, de su manera de crear que inevitablemente tiene relación con su padre y, también, con su abuelo. ¿Cuánto de él se desvía de su padre y va de vuelta hacia algunas de las predilecciones de su abuelo?

Padre e hijo se complacen pero también se contradicen. Jamie encuentra otros lugares, motiva a su padre, desarrolla narrativas más visuales. Series que, aunque en muchas ocasiones no vemos completas en la exposición, nos dejan con el deseo de buscar más sobre ellas, de entender su motivación, de ver qué nos quieren decir no solo sobre lo que pintan, sino sobre quién las pinta. Los límites que Andrew se impone en muchas ocasiones, no preocupan a Jamie, no tiene problema con traspasarlos y buscar otras limitaciones, otros interrogantes, otros trabajos en los que plasmar sus inquietudes, su cotidianidad, sus reflexiones y estudios en el día a día.

IV

 

En los 7 sins (Siete pecados, 2005) de Jamie Wyeth notamos un largo proceso creativo, una evolución, una muestra de sus obsesiones y la persistencia de algo que resulta bastante conocido para él, tomando una universalidad que nos permite también reconocer los gestos individuales.

En estas siete obras, pertenecientes a una colección privada, vemos una versión más de los siete pecados capitales. En esta ocasión, sus protagonistas son gaviotas. La palabra humaniza sus gestos, y al mismo tiempo sus gestos naturalizan las palabras, los pecados. Algunos encajando mejor que otros, nos hacen también preguntarnos: si está en la naturaleza, ¿es pecado? La religión es, de todas formas, vista no más que como un tema, una relación con la tradición artística y pictórica.

Las pinturas están enmarcadas con unas sutiles llamas, un fuego que vemos también en el fuego del Infierno y de Monhegan Island. Lo conocido, una vez más, sigue siendo aquello que da forma a las inquietudes del creador. Las gaviotas hablan de una larga trayectoria vital, de constantes viajes de verano y luego de una casa que compra y en la que vive. Monhegan Island es, ciertamente, un lugar conocido tanto para Andrew como para Jamie de distintas maneras. Jamie encuentra en el caos de celebraciones y de la naturaleza puntos de interés, áreas de inquietud, y podemos imaginarlos infinitamente sentándose a observar a las gaviotas, conociéndolas, reconociendo cada uno de sus movimientos y reacciones, comprendiendo qué quieren decir y cómo pueden estar sintiéndose, antes siquiera de pensar en ilustrar los siete pecados. Pero hay algo que despierta en esas pinturas una relación con el pecado y con el infierno, y que repite en varias de las pinturas que podemos encontrar en la exposición.

Las gaviotas son, entonces, expresivas en sus pecados, encuentran cada una de ellas su postura, su expresión, que es completamente natural, que cualquier observador casual de gaviotas puede también reconocer y recordar en estas aves, en sus rudas maneras cerca de los puertos. Desde lejos, pueden resultar hermosas, llamativas, un largo alivio para navegantes buscando la tierra, pero de cerca –como son plasmadas por Jamie—nos resultan soeces, bestiales, absolutamente expresivas. Nos muestran el exceso, en cada uno de los cuadros.

Entendemos, detallándolas, que para haber llegado a ellas Jamie debe haber estudiado extensamente las gaviotas, debe haberlas conocido y amado, debe haberse acercado a ellas y hacerlas parte de sí. Obtiene un resultado que comunica con nosotros sin postura, que nos dice todo lo necesario y que conecta con la tradición desde su puntualidad, y ahí está el prodigio, reconocernos en algo que quizás nos resulta impensado.

Los animales tienen, a lo largo de la exposición, su presencia, tienen características humanas que pertenecen al pintor, tienen posturas y casi tienen una gestualidad, tienen una elocuencia que es la suya y la del espacio en el que se encuentran, y también la forma en la que lo ocupan.

Por otro lado, podemos ver el Young bull que pinta Andrew Wyeth, y al que acertadamente acompañan varios de sus estudios preparatorios. En el Young bull final vemos una mayor certeza, una comprensión de lo que se quiere hacer y decir que lo hace sentir definitivo, sólido, estable, pero gracias a los bocetos comprendemos que es, también, parte de un proceso de indagación en lo que el artista quiere decir, en lo que busca, en las razones que lo llevan a medir la distancia que lo separa de él, las líneas que lo plasman en la pintura, su relación con el espacio e, incluso, los trazos superficiales que conforman mejor la pintura de ese espacio.

La ubicación del toro, su estabilidad, toman forma y firmeza en los estudios preparatorios, los trazos que delimitan el cielo, la verja y el mismo animal señalan los puntos de atención, dan movimiento a una pintura aparentemente estática. Por un lado, en la pintura final podemos ver una continuidad temporal, podemos imaginar el tiempo y la vida del joven toro, sus alrededores, su movimiento inclusive.

En los bocetos, la creación de una realidad está sucediendo, y el espacio de fondo es tanto o más importante que el animal plasmado, en sí mismo, puesto que su cercanía o su distancia, su posición exacta, la forma y los colores del entorno, todo dice algo en el cuadro, todo tiene una unidad en sí misma que nos habla, a su vez, del interés del pintor, de eso que está no-sucediendo y que requiere plasmar.

V

 

«Un boceto hecho tantas veces que no supone ningún esfuerzo»

(Última carta de N.C. a Andrew, 1944)

La exposición tiene unos diecisiete bocetos y estudios que muestran el proceso creativo de ambos artistas, especialmente de Andrew, hacia la creación definitiva de sus obras. En ellos podemos ver la persistencia de una idea en su búsqueda definitiva, podemos hacernos una idea de lo que otros cuadros pueden haber requerido para llegar a su forma definitiva, podemos ver también la indagación en diferentes alternativas expresivas para decir exactamente algo.

Podemos imaginar consecuentemente los estudios en los que Andrew y Jamie compartían sus trabajos, las obras en distintos momentos avanzando en conjunto y encontrando soluciones que seguramente llevarían no solo a reflexiones individuales sino a conversaciones entre ambos sobre lo que cada cuadro decía, buscaba, encontraba.

Tanto padre como hijo tienen una cercanía con lo que representan. Ambos buscan generar movimiento en sus cuadros mediante los trazos, y solo algunos de ellos carecen de movimiento, usualmente aquellos en los que el espacio tiene de cualquier forma una gran importancia en retratar una persona, una personalidad en cada uno de los detalles que lo conforman, un espacio cerrado y controlado en el que el otro es conocido y expresado de acuerdo a lo que es, para sí mismo y para el artista.

El espacio vacío tiene, en sí mismo, una personalidad, unas características únicas que diferencian a cada uno de los retratos y cada uno de los momentos en los que son retratados, y nos invitan a cuestionarnos sobre la historia que contienen, sobre el momento en el que son hechos, sobre lo que se decide contar.

Esto, en conjunto con el color, es también una forma de diferenciar a ambos pintores, de ver qué tanto se atreven a abrir nuevas posibilidades, a narrar de una forma más o menos real, más o menos cargada de impresión más allá de lo visible. Por un lado, los tonos opacos de Andrew resultan característicos para hablar de sí mismo y de los otros, mientras que los tonos de Jamie son una búsqueda más atrevida, alterada, irreal. ¿Qué impresiones transmite lo plasmado, lo representado, que escapan a lo visible pero que se relacionan con alguna emoción particular?

La disciplina existe para ambos tanto en el aprendizaje como en la ruptura. Conocen el espacio tanto cuando plasman los veranos en Maine como cuando pintan en sus lugares conocidos de Pensilvania. Son lugares identificables sobre todo en Andrew, pero que en Jamie se alteran más, se vuelven un poco más abstractos, como si surgieran de lo observado pero llegaran a sus reflexiones, a sus pensamientos, daydreaming. Una imaginación alterada entra en el cuadro. Disciplinadamente, a lo largo del tiempo podemos ver a ambos avanzar en su creación, encontrar el trazo con el que se sienten más cómodos, los temas que les conciernen, y persistentemente avanzan en su trabajo buscando siempre alcanzar algo diferente en la pintura, nunca satisfechos de su disciplina, de esos espacios cómodos en los que a veces los encontramos. De la comodidad, parten hacia nuevas exploraciones hasta que estas parecen no representar un reto para ellos, y nuevamente procuran moverse hacia otros terrenos, siempre dentro de lo que conocen, lo que aman.

VI

 

Los desnudos tienen un peso importante en la exposición. Andrew Wyeth no pintó muchos de ellos hasta 1968 cuando fue motivado por varias razones a indagar en algo diferente. Por un lado, la muerte de Christina Olsen, según él mismo dice, había dejado un hueco en su creación; por otro, los juegos de Jamie con su prima Robin McCoy lo llevan a contemplar la posibilidad de los desnudos, que lleva adelante con su vecina, Siri Erickson.

Las pinturas encuentran una vida diferente, otras indagaciones y deseos que se contraponen en el lienzo contra tonos oscuros o diferentes. La desnudez reemplaza las vestimentas de otras de sus pinturas y en ella descubrimos otra mirada del pintor.

En esta ocasión, el padre parece haber encontrado su motivación en las indagaciones de su hijo, y quizás también esto lo carga aún de un chispazo de juventud que no le pertenece tanto a él como a Jamie, de quien toma la idea de realizar estos cuadros. Algunos de los más interesantes en la exposición tienen sus rostros cubiertos, se oculta algo que es usualmente de gran elocuencia para nosotros, a cambio de mostrar otras cuestiones. Se experimenta, sobre todo, con nuevas posibilidades en relación con la luz, el color, la postura del cuerpo.

En Barracoon y su estudio vemos diferentes experimentos que el pintor lleva a cabo para alcanzar algo que resulte de interés como obra culminada, que ofrezca algo que él considere nuevo, diferente a lo que ha hecho, que complemente su obra de cierta forma. No tiene miedo, para esto, de probar infinidad de veces en su creación hasta lograr algo con lo que se siente a gusto.

En The virgin apreciamos una larga evolución en la que a lo largo del proceso creativo Andrew Wyeth deja de lado el paisaje, que consideraba esencial, para presentarlos a la mujer despojada de todo, tanto de sus ropas como de su entorno. El proceso no es solo en relación con la obra en sí misma, sino con la forma de crear del pintor, que encuentra nuevas soluciones a medida que experimenta con las posibilidades y encuentra en su trazo y su disciplina la confianza suficiente para encontrar nuevas soluciones a cada pintura.

Vemos en algunos de los primeros bocetos, a la virgen reducida en el espacio, enmarcada por una puerta y luego dentro de un gran cobertizo, ni siquiera centrada. A medida que el proceso avanza, Andrew se atreve a darle más y más importancia a la figura que, en este caso, es de Siri Erickson, hasta que esta llega a estar despojada y a gran escala en sí misma. Así podemos ver todos sus detalles, el movimiento de sus cabellos, la luz reflejándose en ella y su brillo que por un momento nos recuerda al retrato que hace Jamie Wyeth de su padre.

La virgen cruza sus brazos y mira fijamente hacia la distancia, fuera del cuadro. Permanece de pie, desnuda, mientras es observada por el artista y el espectador. El espacio podría ser cualquier lugar, pero nos habla de un sitio despojado, vacío, en el que ella tiene todo el movimiento necesario para ser y expandirse, aunque permanece ahí, de pie, distante. Una vez más, Andrew nos recuerda que en su proceso creativo muchas veces va de lo complejo a lo simple, de la disciplina a la libertad. El espacio vacío cobra, así, importancia.

En esta sección es poco lo que podemos ver de Jamie, quien se atreve a experimentar con los cuerpos de otra manera, a exponerlos junto con colores atrevidos y procesos diferentes. Su juego es otro, su proceso de indagación en relación con el desnudo es más lúdico, tiene otra expresividad más juvenil, menos distante.

VII

 

Toda experimentación implica juego, riesgo, atrevimiento ante un posible resultado que puede ser favorable o no. Dentro de este continuar avanzando del que hemos hablando, dentro de pintar lo conocido y amado, dentro de conectarse realmente con lo que se plasma sobre el lienzo existe también en padre e hijo la necesidad de crear con diversión, con guiños entre ellos y a las ilustraciones de historias que hacía N.C., el padre de Andrew.

Tanto en Andrew como en Jamie encontramos guiños a ello que no se desarrollan del todo en la exposición, pero que nos muestran que hay todavía mucho más que ver de estos dos artistas, mucho más de lo que comenzamos a descubrir viendo muchas de las obras por primera vez en Madrid, y que nos invitan a seguir indagando en los Wyeth.

El Mask study de Andrew junto con esa fascinante pintura que es Dance of death nos hablan de esos caminos no demasiado explorados, en los que encontramos la elocuencia de lo lúdico, del disfrute en la pintura, del atrevimiento que va mucho más allá del control y de la disciplina que, sin duda, se ve en sus pinturas. La chispa está presente: nos habla tanto de la historia de la pintura como de las relaciones personales y familiares de los artistas, de sus retos e iniciativas, de su inventiva y de su necesidad de buscar en la pintura respuestas, preguntas, más indagaciones.

Entendemos en estas imágenes que también la motivación de Jamie no viene exclusivamente de él sino de una curiosidad familiar. ¿Cuáles son los límites autoimpuestos, cuáles los límites de lo plasmado? Sus relaciones con otros artistas también generan interesantes pinturas, los lugares a los que se dirigen, su inmersión en el arte desde distintas perspectivas y lugares. Monhegan Island es, para ambos, una fuente inagotable, pero sobre todo Jamie encuentra en ella la felicidad de una evolución en la pintura, de una exploración que no es solo seriedad sino también interacción, entretenimiento. La colonia de arte que existió en este lugar motiva la relación de estos pintores que no se forman aislados sino como parte de una tradición, que en ella encuentran una firmeza y un control desde el cual pueden expandirse para encontrar una variedad de registros en los que encuentran confort pero que no son suficientes para detenerse y no avanzar hacia nuevas posibilidades.

Queda tanto por decir y por ver en estas relaciones, en estos lugares predilectos, en las amistades que los influencian. En cuanto a Jamie, podemos encontrar en la exposición pinturas como Meteor shower que se abren hacia lo que es casi mágico, onírico, hacia una exploración de ruptura que el pintor se atreve a llevar más o menos lejos, de la que va y vuelve sin desorientarse demasiado.

Los temas que unen a ambos y que implican para ambos lugares felices están, especialmente, abiertos al juego y a la experimentación. Podemos imaginar en ellos un reto familiar, un atrevimiento. Las calabazas, para Jamie, que vemos en Headlands of Monhegan Island en una fecha tan reciente como 2007 nos hablan todavía de lo que se está haciendo, de lo que es cercano a nuestros días después de una larga trayectoria. Su contemporaneidad es un motivo más de creación, una forma de recrearse. ¿Qué dice la calabaza, qué dice una cabeza de calabaza en un autorretrato? A pesar de la sobriedad y del control en muchas de las pinturas, no es la seriedad lo que predomina en la familia Wyeth, sino la diversión en la pintura, en la experimentación y en el conocimiento de su arte.

Esta diversión es contagiosa, la sentimos también nosotros en las pinturas a medida que las exploramos, nos encontramos con ella como una chispa que brota de una corrección y de un conocimiento de su trabajo. Después de una profunda exploración entre sus bocetos, encuentran siempre la misma diversión, el mismo placer de crear una vez más individualmente algo que se ha gestado en lo colectivo, y ahí compartimos naturalmente una broma que vislumbramos, un acercamiento jocoso, aunque no por ello menos tomado en serio, al arte y a la creación, a la exploración que surge del intercambio y del goce de lo conocido y compartido.

Padre e hijo dialogan con mayor o menor claridad a lo largo de toda la exposición y nos resulta un placer conocer y compartir estas experiencias, este desarrollo, así como sus resultados. Es, sí, un extraño prodigio.

Dónde: Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Cuándo: Hasta el 19 de junio, 2016.