La semana pasada murió Cervantes. Sin embargo, en lo que queda de año se repetirán todavía, sobre el simulacro de su existencia, un buen número de eventos, más o menos sinceros, más o menos enriquecedores, más o menos originales. Después vendrá el silencio, el nuestro, el asimbólico, el cotidiano, y más allá de este dos mil dieciséis volverá a su realidad de autor arduo, aun encabezando los programas de secundaria, y de libro incomprendido, pero reluciente en las estanterías como reliquia eximia.

De entre los huesos, precisamente, dicen haberle rescatado justo en su tan preciado aniversario; de entre los muertos, en la Iglesia y Convento de las Trinitarias Descalzas, Cervantes ha resucitado; de entre vértebras, cráneos y tibias de otros muchos hombres que no nos importan porque no tienen nombre, en un ejercicio de precisa y paciente indiferencia, al estilo en que se deshuesa en las carnicerías. Como resultado, además de un placa, obtenemos una investigación en la que no se ha podido comprobar al cien por cien si hemos dado en verdad con el escritor universal o hemos construido un frankenstein a tiempo para la foto.

A veces no nos sorprende que Shakespeare nos tome la delantera en lo que debería ser una carrera de relevos entre ambos genios a favor de la humanidad, ni que la muda estatua de la Plaza Cervantes de Alcalá de Henares, en tantas ocasiones manchada por la desfachatez de la paloma, dé la espalda a las facultades donde se le estudia. Si su tumba no es su tumba, si el día de su muerte en que celebramos tantas cosas no es el día de su muerte, si su casa natal no es su verdadera casa, si su retrato no es su retrato, conviene entonces esgrimir una obra como «Verdadero retrato de Cervantes» del artista Eduardo Scala, para pensar que Cervantes, por puro cansancio, ha huido de su propio rostro inventado antes de que lo devolvamos al cajón sin ecos del olvido.

Tace pro nobis

(Imagen: «Verdadero retrato de Cervantes», Eduardo Scala)