Desde hace algún tiempo, las princesas Disney han empezado a quebrar estereotipos. Es algo natural, si consideramos los cambios que ha vivido la sociedad norteamericana y, de manera general, occidente. Mulán (1998) fue la primera princesa que renunció a sus roles de género y se disfrazó de hombre para poder salvar a su padre, levantando así interesantes preguntas sobre los intereses de su príncipe —no podemos estar seguros de si él se enamoró de su amigo o de la chica que se escondía detrás del disfraz. Por otro lado, Tiara (The princess and the frog, 2009) no quiso subir de clase social y acceder a la realeza, sino que transformó a su pareja en un hombre trabajador.

De todas, sin embargo, fue Mérida (Brave, 2012) la que más tensó las cuerdas: una princesa que se apropió de roles tradicionalmente masculinos, que no quería casarse, que estaba dispuesta a cambiar la tradición con el objetivo de construir una identidad propia. Más allá, las dos protagonistas de la película son mujeres y la trama se centra, en lugar de en la típica dinámica princesa-príncipe, en la relación madre-hija. Claro que un cambio tan llamativo solo podía venir de la mano de Pixar, y las contradicciones del discurso salieron a relucir cuando se insertó a Mérida en el panteón de las princesas Disney, en tanto que se cambió la imagen del personaje a una más “femenina”, generando así cierta polémica.

Frente a la princesa escocesa, Frozen (2013) resulta peculiar. Producida directamente por los estudios de animación de Disney, presenta un discurso mucho más matizado. Esto se hace tangible, sobre todo, en el hecho de que haya dos princesas (hermanas): una independiente, fuerte y madura; la otra sentimental, idealista y definitivamente más infantil. Elsa, la primera, posee un poder que no sabe cómo controlar y que es, al mismo tiempo, su bendición y su condena. Más allá de sus poderes mágicos —que asumo que, en este punto, todos conocen—, esto se enlaza con la responsabilidad que le corresponde como primogénita: la de convertirse en reina. En contraste, Ana, la hermana menor, desea casarse con un príncipe, cree en el amor y en los cuentos de hadas. Sus fantasías serán puestas a prueba y terminarán transformándose en nuevos valores o, mejor dicho, nuevas interpretaciones de los valores de siempre.

Ana es la típica princesa Disney que, sin embargo, está dispuesta a renunciar a su propia vida por su hermana. Este es el gran giro del personaje.

Elsa, más que una princesa, es una reina y por lo tanto su papel es completamente distinto a cualquiera que hayamos visto. En este sentido, y en su rol de hermana mayor, ella está en un punto medio entre las protagonistas tradicionales de este tipo de películas y las villanas, las reinas y brujas que siempre quieren destruir a las princesas. Su crisis personal puede ser leída, en consecuencia, desde el temor que siente la mujer de convertirse en esa figura negativa que hemos visto tantas veces en las salas de cine. Después de ser salvada por su hermana, entiende que puede hacer uso de su poder —mágico— sin necesidad de ser mala. La historia enseña a su público —formado, principalmente, por niñas—, entre otras cosas, que una mujer poderosa no es algo negativo.

Ana, como la princesa tradicional que es, consigue un novio (aunque, hay que decirlo, no un príncipe). Elsa no, situándose al lado de Mérida como otra princesa sin pareja. Pero en este caso, ya lo dijimos, este hecho está matizado: Elsa no es una princesa, es una reina. Además, posee poderes que también la hacen brillar dentro del panteón. Es, en resumen, uno de los personajes más particulares dentro de la tradición femenina de Disney. No es de extrañarse, por lo tanto, que recientemente se haya hecho trending el hashtag “denle una novia a Elsa” (#GiveElsaaGirlfriend).

Frozen presenta un discurso más progresista que casi todas las películas del género y refleja así los cambios que hemos visto venir desde Mulán. Sin embargo, no podemos pasar por alto que, por cada princesa progresista, hay una conservadora. Después de Mulán, Giselle nos pretendió enseñar que todas las niñas quieren ser princesas (Enchanted, 2007); después de Tiara, la princesa trabajadora, Rapunzel necesitó ser salvada por un hombre para acceder, ella sí, a la realeza (Tangled, 2011); y, para hacer contrapeso a Elsa, está su hermana. No hace falta profundizar: Disney sigue siendo una compañía bastante conservadora. Si bien los cambios en la sociedad han forzado un cambio en el discurso, lo más lógico es pensar que el estudio hará la vista gorda al nuevo hashtag. Sobre todo porque ya ha habido una respuesta del público más conservador.

Lo que resulta más interesante, sin embargo, es que el discurso haya llegado hasta este punto. Hace algunos años la sola sugerencia de tener a una princesa Disney homosexual resultaba absurda. Hoy es trending en twitter. Es, además, una exigencia sensata en un mundo cada vez más abierto a la diversidad. Este tipo de situaciones trae nuestra atención sobre las contradicciones de discursos tan conservadores como este, discursos que no pueden evitar chocar con una sociedad que no deja de cambiar.