La industrialización y el advenimiento de las megalópolis trajeron consigo la transformación de los entornos urbanos en ámbitos de ruido masivo. Desde entonces, a pesar de que el tejido industrial haya ido desapareciendo y las vías peatonales hayan aumentado tratando de desplazar el tráfico a circunvalaciones y reduciendo el carácter perturbador de la contaminación acústica, lo cierto es que no se puede confirmar la capitulación del monopolio del sonido ajeno sobre la vida. Antes al contrario, esta particular emanación sonora podría ser más peligrosa, por cuanto se ha sofisticado con nuevos fines tanto en su estetización, en forma de música, como en su dominio espacial, al ocupar lugares más recónditos tanto como territorios más extensos.

La forma transmutada musical domina en las calles céntricas de las ciudades, donde altavoces y pantallas trabajan simbióticamente en una constante multisemiosis; en los grandes almacenes, donde nos conducen con sintonías rápidas o lentas para agilizar o ralentizar nuestro tránsito; en los balnearios de los gimnasios, donde, al tiempo que contemplamos desde el jacuzzi los carteles de silencio nos llegan, desde alguna región etérea, canciones chill out que, supuestamente, invitan a la relajación; en las nuevas televisiones de los vagones del metro, a través de himnos corporativos que resuenan entre noticia y noticia; y en los centros comerciales, ámbitos de dominio de lo sonoro por antonomasia, donde la música nos persigue hasta los mismísimos urinarios, en una reproducción sin fin.

Si se sigue el libro El silencio del antropólogo y sociólogo David Le Breton en su consideración del ruido como «control», cosa que no es difícil por cuanto en los ejemplos aducidos se observan imposiciones que modifican, subconscientemente, nuestras conductas y, en el peor de los casos, impiden la realización de otras acciones quizás más beneficiosas, como la de pensar, entonces se puede comprender el sutil peligro, en términos de libertad, que corre aquel que no se percata del problema ni es capaz de abstraerse del hilo musical que parece acompañarnos como una banda sonora de principio a fin en nuestra existencia.

Tace pro nobis