En el artículo anterior disertaba sobre la dictadura del sonido a la que, es mi impresión, están sometidas las sociedades occidentales del Primer Mundo en nuestra era 2.0. Si bien entonces lo hice desde el ámbito público, tales intuiciones vinieron a sistematizarse en mi cabeza previamente en la esfera privada, íntima, de mi propia habitación. Fue el día que descubrí con sorpresa —y cierto estupor— que Youtube se había convertido en una máquina que podría sonar ininterrumpidamente hasta el día del juicio final.

Como recordarán, desde hace unos meses, el funcionamiento de este sitio web ha variado. Si bien antes aquel que abría Youtube escogía libremente un vídeo tras el cual nada más ocurría, a no ser que se eligiese una playlist preconfigurada por otra cuenta, ahora esta plataforma ha sufrido una importante variación, al seleccionar ella misma sin petición alguna del usuario un vídeo afín para su inmediata reproducción —los segundos de margen que ofrecen para cancelarla son irrisorios.

Lo que podría parecer una modificación sin importancia debe ser atendida con sumo cuidado. Obsérvese que, frente a la libre oferta de vídeos que aparecían antes como sugerencia en la pantalla una vez finalizaba aquel que habíamos visto, ahora somos objeto de una sutil imposición.

Ha sido advertido por los antropólogos y los psicólogos el grado de dependencia que puede llegar a generar la televisión y otros medios audiviosuales que, como es sabido solemos encenderlos, en muchas de las ocasiones, sin más razón que la de la compañía que proporciona, especialmente a las personas que viven solas. No obstante, aunque la televisión también supone un continuum semiótico, el caso de Youtube me parece un ejemplo más claro de la forma en que los tentáculos del poder económico —¿y político?— influyen sobre nuestras acciones incluso en el dominio de la vida personal.

La metáfora del tentáculo, aun cuando suene apocalítpica, es pertinente por cuanto necesitamos situar el efecto de los cinco sentidos a una misma altura. Al relacionar el sentido auditivo con el del tacto, se entiende con mayor evidencia otras metáforas como la música atrapa; y en el caso del vídeo de Youtube que se reproduce por voluntad propia en el ordenador ¿no sería igual que si alguien hubiera cogido nuestra mano y nos hubiera forzado a pulsar de nuevo el reproductor, aunque no impidiendo sí dificultando nuestra capacidad de decisión? ¿No es esto incuestionable en aquellos sectores de la población más débiles y susceptibles de ser enajenados, como los niños —no digamos ya las personas con enfermedades de dependencia—, que con facilidad podrán tirarse las horas muertas enganchados al reproductor audiovisual de turno pudiendo haber destinado todos esos minutos, que tantas veces nosotros mismos sentimos como tiempo perdido, para otras actividades que, al menos, hubieran elegido en total libertad? ¿Dónde queda, incluso en nuestra propia casa, el derecho al silencio?

Más que nunca, en estos ejemplos, el silencio puede ser la herramienta que impida la suspensión o embotamiento del intelecto y de la voluntad por efecto de la ocupación, desde medios externos, de nuestros sentidos.

Tace pro nobis