Cada cierto tiempo siento el irrefrenable deseo de viajar, cambiar de cielo, encontrarme en otro espacio que no responda a las características cotidianas de la ciudad que habito. Me pregunto —como siempre y con frecuencia— por qué. No tengo una certeza, pero tengo una conjunción de posibles respuestas que me hacen continuar.

Es frecuente para mí dejarlo todo y salir a caminar por la ciudad hasta que se despeja mi mente, hasta que todo se ordena y cae en su lugar. Es una especie de meditación (diferente de la estática) en la que cada uno de los pasos ayuda al cuerpo a dar espacio a cada una de las ideas que se arremolinan en la cabeza. Sé que no es una idea nueva, y que el oficio de caminar tiene una larga historia en la literatura y el arte, y probadas propiedades para ayudarnos a ordenar nuestra mente. Quizás por esto mismo me resulta sorprendente encontrarme con personas que no comparten el placer por caminar.

En mayor medida, cambiar de ciudad, viajar, desordenar la frecuencia de mi infrecuente tiempo me ayuda a encontrar nuevas soluciones, a darle mucho más provecho a las horas, mucho más impulso a mis palabras. Viajar, entonces, es mi manera de encontrar soluciones distintas. Existimos en un mundo global y difícilmente nos atamos a convenciones de cualquier tipo. Cada vez más, el entorno digital nos ofrece alternativas inmediatas y de poco esfuerzo a cualquier inconveniente en el que podamos hallarnos: si no encontramos algo, desde una palabra hasta una pareja, solo necesitamos unos cuantos clicks para resolver la situación con mayor o menor pericia.

La queja anticuada vuelve, sí: ¿cómo valoramos lo que tenemos, entonces, cuando es tan sencillo sustituirlo, cuando hay una infinidad de opciones a la disposición, cuando tenemos la facilidad de elegir no esforzarnos, no movernos? No lo sé, y quizás (es probable) no tenemos que hacerlo, quizás es suficiente con no conformarnos, con dejar de aceptar las convenciones, con aceptar que lo digital existe y que en el siglo en el que vivimos todo es, seguirá siendo, y será (cada vez más) así.

Quizás el movimiento es permanente para algunas personas, quizás en ese no-lugar es donde pueden existir y encontrarse en paz. Quizás algún día despiertan sintiéndose en casa o sintiendo que ya es muy tarde para tener una casa, quizás al igual que la posible desaparición de algunas grandes fronteras nacionales, existe la desaparición de algunas pequeñas fronteras individuales. Quizás debemos actualizar nuestros paradigmas, cambiar las concepciones establecidas, aceptar el cambio como constante, como oficio cada vez más acelerado.

Puede, de todas formas, que todo esto no sea más que utopías sobre utopías, devaneos sobre lo incierto, sobre el horror vacui de las definiciones, y que todo resulte ser más normal, más igual de lo que creemos. Tenemos otras herramientas, pero todavía no aprendemos cómo utilizarlas. Así que vamos tanteando, sintiéndonos más o menos perdidos, arriesgando nuestras vidas en favor de lo que parece ser. Cada uno estamos perdidos en algún punto diferente del camino, tan ecléctico, hacia algún lugar. Movernos se vuelve un oficio a aprender.

Imágenes: Lost in Translation, Sofia Coppola, 2004.