¿En que se relacionan el psicoanálisis y el proceso creativo?

Aparentemente el proceso de la cura psicoanalítica y el proceso típico de creación, en su sentido más amplio, no tienen ningún aspecto en común. Nadie diría que ir a terapia y, por ejemplo, pintar un cuadro, escribir, esculpir, diseñar, inventar, construir, ni otra actividad que popularmente asociamos a las mentes creativas, se parecen. Pero tienen más similitudes de las que creemos. Para entender a qué me refiero con esta idea podemos fijarnos en dos aspectos distintos aunque complementarios:

En primer lugar, se puede atender lo que está presente de forma creativa en un momento concreto del tratamiento psicoanalítico. Como una idea fugaz en la mente de un creativo, algo que le sirve de inspiración y que será el origen de algo más grande.

En segundo, en un sentido más amplio, en referencia al proceso psicoanalítico como un proceso creativo; proceso que puede ser muy parecido al de un artista con respecto a su obra, una vez acabada.

I

El síntoma por el que el sujeto acude a consulta —un sueño que trae para analizar en una sesión, un lapsus o un acto fallido— es un ejemplo de fragmentos concretos que ocurren en un momento dado de la terapia psicoanalítica. Todos ellos, en la teoría psicoanalítica, se consideran manifestaciones del Inconsciente, son producto de este y a la vez demostraciones de su existencia. También se pueden considerar elementos creativos.

En psicoanálisis partimos de la premisa de que el Inconsciente existe. No estaríamos hablando de psicoanálisis sino asumimos este principio. De otra manera, nos situaríamos desde la perspectiva de otras escuelas de psicología y, por tanto, de otras formas de hacer terapia. Es la diferencia fundamental entre esta corriente y modelos como el cognitivo-conductual. Este último habla de subconsciente, estructuras subcorticales y otros términos que asumen que hay elementos en el psiquismo que no son puramente de la conciencia, pero aluden a conceptos cualitativamente diferentes de las ideas psicoanalíticas. Esta máxima no implica solo darle una identidad y afirmar que existe, sino que además construye toda una forma de hacer terapia. Se procede de un modo distinto, dando lugar a una técnica singular y propia del psicoanálisis.

Los que estudiamos el psicoanálisis y nos dedicamos a ello tenemos que estar cómodos con esta idea. No se puede creer a medias. Todo nuestro pensamiento y nuestra forma de intervención giran en torno a esto. Por ello, nos convencemos de que el Inconsciente está ahí, sin una localización física en el cuerpo como la que puedan tener otros órganos, pero sí con unas leyes de funcionamiento propias.

En el Inconsciente no existe el tiempo cronológico. Es decir, el tiempo no actúa como acostumbra a hacerlo, no es tal y como lo conocemos. En la parte Inconsciente del psiquismo, el tiempo es lógico. Por ejemplo, durante el desarrollo infantil, el mero paso de los meses no garantiza que un niño aprenda a hablar o a caminar (dejando a un lado que estamos genéticamente preparados para hacerlo); tendrán que darse una serie de circunstancias previas para que el niño alcance dichos logros. Para que algo suceda son necesarias unas condiciones que tienen que ver más con el entorno del niño que con el solo transcurrir del tiempo.

Otra ley que rige el Inconsciente es que pueden darse simultáneamente dos conceptos contradictorios. En la parte del día en la que actúa la conciencia, es decir, cuando estamos despiertos, nos dejamos guiar por la racionalidad, pensando que si algo es de una manera, no puede ser al mismo tiempo también lo contrario. En cambio, en el Inconsciente sí pueden coexistir por ejemplo el amor y el odio. Como también sucede en los sueños, que al despertar nos parecen extraños y a veces hasta ridículos. Cuando estamos soñando no nos cuestionamos el sentido del sueño o su coherencia, es solo al despertar, cuando entramos en un modo de pensar distinto, en el que funciona la objetividad, cuando el sueño nos parece tan raro y sin sentido.

Por tanto, los sueños son formaciones del Inconsciente. Son productos de este, en ellos predominan las imágenes sobre las palabras y, como bien dice el refrán, una imagen vale más que mil palabras. Una imagen puede condensar multitud de significados, una representación o símbolo puede tener varias interpretaciones. No sólo para personas distintas sino para la misma persona, estas pueden evocar infinidad de sentidos o recuerdos. Una palabra concreta hace referencia a una cosa concreta, en cambio una imagen abre multitud de significados, su sentido no es limitado, algo que sí sucede con las palabras. Esta es la razón por la que cada idioma tiene sus propias palabras mientras que los símbolos son universales.

Mientras soñamos (funcionamiento Inconsciente) funcionan predominantemente imágenes y símbolos, mientras que cuando estamos despiertos (funcionamiento de la Conciencia) pensamos y hablamos con palabras. No es de extrañar entonces que si hay modos distintos de funcionamiento psíquico también rijan leyes diferentes en cada modo de funcionar.

Como decía antes, asumimos que el Inconsciente existe y está ahí, aunque no es tangible ni se puede localizar en el cuerpo. Es la gran diferencia entre el psicoanálisis y otras ciencias de la salud. La mayoría de los médicos tratan y curan órganos que pueden tocar, son concretos. Su objeto de estudio tiene unos límites físicos, finitos y cerrados. Nosotros en cambio no. Creemos en algo que no hemos visto nunca. Es un constructo, un concepto abstracto y filosófico, una metáfora válida para poder entender a qué nos referimos. Nuestro objeto de trabajo solo nos enseña pinceladas de sí mismo. Por eso decimos que al Inconsciente hay que demostrarlo constantemente. Es un trabajo que, en ese aspecto, no se parece a ningún otro. Y además, es enormemente subjetivo. Cada persona tiene su propio Inconsciente.

El problema es que a pesar de haber un modelo, y unas leyes típicas de funcionamiento, su constitución es también radicalmente diferente a la de cualquier otra parte del cuerpo. Sin restarle la importancia que se merecen por ejemplo unos pulmones, estos se forman siempre de una manera, se nace con ellos y se desarrollan de manera similar en la mayoría de las personas. No ocurre así con el Inconsciente, que se origina en un momento que no se puede situar en el tiempo. No se va formando en una semana exacta del embarazo, ni se desarrolla como hemos dicho antes con el simple paso del tiempo. No es esto lo que garantiza su constitución. Se forma y se va modelando en función del Inconsciente de la madre, de su entorno familiar y social, de todas las vivencias y experiencias del niño a lo largo de los años hasta ser adulto y a través de pequeños pasos lógicos. Se van dando una serie de condiciones, pasos previos para alcanzar etapas superiores. Son como ingredientes imprescindibles para el resultado final. Y este proceso es único e irrepetible en cada ser humano.

¿Cómo va a ser fácil entonces interpretar el Inconsciente? No es una tarea sencilla, pero sí absolutamente creativa. Cada ser humano tiene una historia vital única y singular. Y si es esta aventura personal, con todo lo que la persona va cargando a su espalda, lo que contribuye a la formación de su aparato psíquico, también serán singulares y únicas las manifestaciones del mismo.

A esto se le añade que las pruebas de que ahí está se nos presentan disfrazadas, como un jeroglífico, con un modo de expresión y unas reglas propias. Además, las pruebas se nos escapan constantemente. Son como ráfagas, pequeños destellos que no pueden capturarse.

Los síntomas son otra de las formaciones fundamentales del Inconsciente. Es aquello por lo que la persona acude a un psicoanalista. Un malestar que no sabe explicar, que puede explicar pero le desborda, o que aparentemente no tiene sentido. Y digo aparentemente porque como ocurre en los sueños, también el síntoma aparece disfrazado y condensado. Es como un símbolo, una representación de algo que todavía no sabemos, pero algo que está haciendo sufrir. Tras intentar entenderlo y hacerlo desaparecer por sí mismo, el paciente acude a un terapeuta en busca de ayuda y como último recurso. Allí podrá empezar un trabajo de traducción y de dar sentido, siendo ésto a lo que me refiero cuando digo que es un proceso general de creatividad. Es un trabajo de creación conjunta entre el paciente y el analista. Creación de nuevos significados, de dar sentido al dolor, de crear sentidos nuevos que no causen sufrimiento y de escribir otra vez la historia de una vida. Como una segunda oportunidad, como si uno pudiera borrar lo anteriormente vivido y tuviera un lienzo en blanco para volver a pintar el cuadro, una y otra vez hasta conseguir el resultado deseado. Como comentaba antes, el sentido específico y el general de la idea de creatividad en psicoanálisis se complementan y se solapan. Ambos aspectos no existen el uno sin el otro.

Volviendo al síntoma, es el motivo por el cual la persona se plantea ir a terapia, tomando como caso ideal un síntoma que hace sufrir al sujeto, ya que el síntoma puede estar presente pero no ser molesto. El entorno puede quejarse de un rasgo de la persona, de una forma de pensar o de actuar, consigo mismo o con los demás, de que algo no está yendo bien; pero si no es esa persona, por voluntad propia y por un deseo personal la que acude, es muy difícil que puedan ocurrir cambios. Si no hay una queja propia, no hay convencimiento de la necesidad de hacer un trabajo psíquico para modificarlo. Suponemos que, si hay un padecer, la persona viene porque ya ha probado todo lo que se le ha ocurrido para paliarlo, aunque sin éxito. El motivo del fracaso es sencillo: está tratando de deshacerse de él desde la perspectiva equivocada. Es una confusión de idiomas, lo está mirando desde un lugar erróneo, desde el lugar de la lógica consciente. Pero de este error no se va dar cuenta hasta que no vaya al psicoanalista. Éste le ayudará a poner el foco adecuado y más ajustado. Mediante un trabajo de escuchar a ese Inconsciente particular, el paciente aporta la materia y el analista se presta como una herramienta, para ayudarle y acompañarle en ese proceso de interpretación del Inconsciente y de creación de nuevos sentidos.

El problema es que no es tan sencillo como aparenta ser porque, como ya sabemos, el Inconsciente se nos escapa, se nos escurre entre los dedos. Constantemente aparece y desaparece, resistiéndose a hacerse consciente y lógico. Aparece disfrazado de lo que no es, enseñando una parte de sí mismo pero deformada, para que aunque lo podamos intuir, se asegure seguir siendo Inoconsciente. Y todo por un motivo: los mecanismos de defensa. Siendo la represión el mecanismo fundamental, se encargan de deformar los contenidos del Inconsciente. Trabajan al servicio de este, teniendo la represión a su vez otros mecanismos secundarios a su servicio. Son todos ellos contra los que trataremos de luchar en el tratamiento analítico, intentando derribarlos y una vez desmontados, sacando todo el material que se esconde tras ellos, que entonces sí podrá ser interpretado. Es el trabajo de hacer consciente lo inconsciente.

Pero, de nuevo, la tarea no es tan sencilla. Si son mecanismos de defensa, son por definición mecanismos que ayudan a la persona a mantener el equilibrio psíquico. Se plantea entonces el inconveniente y la objeción de tratar de luchar contra algo que, a priori, parece que ayuda a la persona a su bienestar. Lo cierto es que en parte, así es. Funcionan persiguiendo este objetivo, pero también hay algunos mecanismos que pueden llegar a convertirse en patológicos, que no están funcionando de forma adecuada, sea por exceso o por defecto.

La negación, por ejemplo, es unos de estos mecanismos de defensa que actúa al servicio de una defensa fundamental: la represión. A primera vista, la negación es adaptativa, un ingrediente de la vida psíquica que tenemos todos y del cual nos aprovechamos (inconscientemente). No es en sí mismo patológico a no ser que actúe en un momento y en una situación inadecuados. Es decir, es relativo y habrá que ver su cualidad en cada caso concreto. Siguiendo con el ejemplo de la negación, no es un indicio de que algo vaya mal porque es una característica intrínseca al funcionamiento psíquico humano; sí puede serlo si una persona que está pasando por un momento difícil (por ejemplo, la pérdida de un ser querido) piensa y actúa como si aquello no estuviese sucediendo.

Se puede detectar ahí una negación del conflicto. Vemos que su forma de funcionar no es coherente con el momento que está atravesando y que inevitablemente le toca vivir. Podríamos pensar que está negando el duelo y el dolor que conlleva, negarlo le ayuda a seguir adelante. El problema es que no le va a ayudar a resolverlo, tarde o temprano se tendrá que enfrentar al dolor por la pérdida. En este caso, la defensa estaría funcionando de forma patológica, y uno de los objetivos de la terapia será desbloquear la negación y poco a poco trabajar y elaborar todos las emociones que surjan en torno a ésto, hasta que la pérdida y cómo se sitúa la persona con respecto a ella sea más adecuada a la realidad. A la vez, el terapeuta estará ahí para acompañar en todo el proceso.

Por eso se debe proceder con cuidado y respeto. A la hora de trabajar con las defensas, es primordial saber hasta dónde va a ser capaz de llegar el paciente que tenemos delante. Porque esto también es subjetivo, cada persona será distinta, dará sus pequeños pasos y cada uno a su tiempo. La cautela es fundamental. Algo que ayuda a una persona a mantener el equilibrio psíquico no se merece menos.

En definitiva, la persona que acude a nosotros trae un síntoma, como un símbolo de algo que se está volviendo conflictivo y que le causa malestar, al tiempo que le sirve como sujecion. Una red muy delicada que habrá que desenmarañar sin que se rompa, al ritmo que nos imponga el paciente y no al que nos gustaría a nosotros. Y todo este proceso tiene muchas similitudes con cualquier otro proceso creativo.

Además, el estado de los síntomas es otra de las principales diferencias entre el psicoanálisis y otras corrientes psicológicas. La importancia del síntoma, y por consiguiente del Inconsciente, es muy distinta entre las diferentes escuelas. También el tipo de escucha que se hace de ellos. En la corriente psicoanalítica la importancia del síntoma es central. Es fundamental en cuanto a que es interpretable, bajo el síntoma subyace todo un mundo inconsciente y subjetivo. El síntoma es la culminación de toda esa riqueza, la última capa de un universo interno, lo más superficial. Se escucha al Inconsciente a través del síntoma, es un vehículo para explorarlo.

En cambio, en la psicología conductista, el síntoma se concibe como una manifestación de una conducta desadaptada que puede ser modificado con un serie de técnicas: todo es modificable en función de las consecuencias que vengan después de un comportamiento. Se trabaja bajo la idea de que si se recibe una consecuencia negativa después de un comportamiento (un síntoma), este irá desapareciendo progresivamente. Se trabaja sobre los comportamientos sintomáticos exclusivamente hasta conseguir el comportamiento deseado. En resumen, se trabaja en un nivel psíquico muy superficial, con lo más evidente, sin considerar que bajo esta manifestación pueda haber niveles más profundos. Es eficaz, con el inconveniente de que la eficacia es a corto plazo. El síntoma, al no estar resuelto en su núcleo más profundo, se disuelve solo aparentemente. Deja de presentarse como en un primer momento pero aparece bajo otro disfraz, con una cara nueva. Cambia su aspecto, el síntoma deriva y se convierte en otra cosa. Pero en el fondo, y si escuchamos con más detenimiento lo que quiere decir, el mensaje es el mismo. Algo repetitivo, como una gotera: puede taponarse uno de los sitios por donde se fuga el agua, pero al final, ese agua encontrará otro sitio por donde salir. Se puede cambiar la forma en que se expresa, pero si no se llega a comprender por qué se produce, y se trabaja para cambiarlo, el resultado no durará mucho. Volverá tarde o temprano porque las cuentas pendientes siempre reaparecen hasta que se saldan. Con el síntoma ocurre igual. Si el Inconsciente no encuentra liberación mediante una de sus manifestaciones, encontrará otra forma de expresión, el síntoma irá cambiando, saltando de un lugar a otro.

Puede incluso llegar a expresarse a través del cuerpo, como no se le deje un lugar en el pensamiento. Ejemplo de ello son las somatizaciones, esos síntomas corporales que nos intentan mandar un mensaje. La angustia que aparece todavía más disfrazada, sin que parezca que haya conexión con algo que nos está pasando psíquicamente. Lo conflictivo siempre pasa factura, no parará hasta que encuentre una solucion. Y si en la terapia no se elabora, y no se produce dicha solución, si uno no llega a deshacer el nudo, el efecto de esta será transitorio. Volverá a aparecer la angustia, el mismo Inconsciente aunque con un semblante distinto.

Este es uno de los motivos por los que las duraciones de las distintas formas de terapia son tan variables. Si se pone el foco en lo más superficial, no se necesitarán muchos meses para que se produzcan cambios visibles. Por el contrario, si se busca un cambio profundo, un psicoanálisis, para ello se requiere más tiempo. Es necesario un trabajo más elaborado y mayor inversión de tiempo y esfuerzo para llegar al Inconsciente y para trabajar con él. Sin embargo, ofrece la ventaja de un resultado más prolongado y estable en el tiempo.

Por último, los lapsus y los actos fallidos también son formaciones del Inconsciente. Ocurren cuando nos encontramos diciendo algo que no queríamos decir, que se nos escapa. A nivel consciente, ni siquiera habíamos pensado en eso que de repente decimos. Por eso nos sorprende cuando sucede. Y tienen su parte de verdad porque son ideas del Inconsciente, y esa parte de nosotros la conocía aunque hasta ese momento, el lado de la conciencia no supiera que ahí estaba. Es otra de las fugaces ocasiones que tenemos de atrapar a ese Inconsciente escurridizo.

En resumen, los síntomas, los sueños y otras formaciones del Inconsciente son el material de trabajo más importante de un psicoanalista. La pruebas del Inconsciente están incluso antes de empezar una terapia. Las encontramos adoptando formas diversas: como motivación para comenzar un tratamiento, en forma de síntoma; a lo largo de este, en forma de sueños; y como algo que va en contra de la cura, como las resistencias y la represion, las defensas que se oponen a que lo Inconsciente se haga consciente.

II

Por otro lado, también se puede considerar al proceso en general del psicoanálisis como un proceso de creatividad personal. Al paciente en análisis se le brinda la oportunidad de reescribir su historia, de convertirla en algo que resulte —al contársela a sí mismo y a los demás— una historia con menos carga de angustia. No obstante, este es un objetivo general y último de la terapia, algo que puede generalizarse a todos los pacientes. Al mismo tiempo es algo que seguramente no se plantea un paciente cuando va a un terapeuta. El paciente viene con una queja más concreta, y con unas expectativas que dependerán de cada caso particular. Como hemos visto, asistirá a consulta por uno o varios síntomas. Como estos síntomas son aspectos genuinos de cada persona, a priori es imposible saber qué significan. No se puede saber desde el principio qué están queriendo decir, porque suceden síntomas parecidos en diferentes personas, y en cada una de ellas estarán diciendo algo diferente. Tienen un sentido distinto dentro de cada trama individual, no es la misma en cada ocasión. Nunca pueden haber historias iguales entre varias personas, por muchos elementos en común que compartan, ya que cada persona lo vive de manera única.

Si los elementos concretos que componen nuestro mapa de trabajo son una creación única de cada individuo, ¿cómo no va a serlo la meta más general del mismo? De nuevo las partes específicas y aisladas del proceso psicoanalítico y el proceso en general son aspectos creativos, cada uno por separado a la vez que de forma complementaria, formando un círculo cerrado.

Volviendo al motivo de consulta, la persona que decide ir a terapia va con la idea errónea de que el analista sabe con certeza lo que le pasa. Pero la realidad es otra: el analista escucha los síntomas, recoge información y trata de darles sentido en el contexto vital de la persona, en ese momento. Como mucho puede hacer hipótesis sobre lo que le pasa, pero muy lejos de la verdad absoluta. Buscando constantemente al Inconsciente podrá interpretar, siempre con respeto y cautela, el significado oculto del material que aporta el paciente. Un planteamiento muy alejado de las expectativas del paciente, de lo que cree que va a obtener del tratamiento. Porque cree que el saber está con el analista cuando no así. Su verdad no está en el analista sino en él mismo, con aquello con lo que cuenta, que todavía está deformado por el Inconsciente y sus artimañas, y por eso no tiene sentido para su parte consciente.

Entonces se puede afirmar que la verdad está en el propio paciente, que tiene una parte de sí mismo que sabe (la Inconsciente) y otra que no (la conciencia). Se trata de despejar el camino para que la parte consciente de sí mismo alcance la comprensión de lo que le ocurre. Entenderlo es el paso previo para empezar a cambiar. Es el momento en el que el analista le propone el trabajo propiamente psicoanalítico, le plantea un método de trabajo basado en dejarse llevar, dejar hablar al Inconsciente y escucharle, pero escucharle siguiendo sus normas. Nadie sabe qué sendas se van a encontrar por el camino. La ventaja es que el paciente no estará solo en el viaje.

Para que la conciencia vaya ganándole terreno al Inconsciente, el analista se presta a ocupar el lugar necesario para que eso ocurra. Es el lugar de la transferencia analítica, basada en una relación asimetrica entre él y su paciente. Y para que ese paciente pueda desplegar su Inconsciente, debe dejar que su terapeuta conozca todo de él, sin que ocurra también al revés. Se fomenta que el paciente no sepa nada del analista, para que su lugar como tal no se vea contaminado. Esto es lo que se llama relación transferencial. El despliegue de la transferencia, junto con el uso del diván y de la asociación libre son los ingredientes necesarios para el fin que perseguimos. El paciente obtiene a cambio a alguien que le acompañe, puede hacer algo por y para sí mismo, con la ayuda de alguien que le apoya incondicionalmente. Son condiciones implícitas que debe aceptar el paciente, y a la vez son imprescindibles para poder decir que ese paciente es un «sujeto psicoanalítico». Y empieza análisis propiamente dicho. Un proceso, como ya hemos visto, lleno de momentos creativos, que dan lugar también a un proceso general de creatividad.

Creatividad que encontramos porque cada paciente, con la ayuda del analista en la posición que se le exige, logrará construir y darle un significado propio a cada mensaje de su Inconsciente. Lo que aparece cifrado en un primer momento va tomando sentido, un significado o multitud de ellos. Se construye algo que antes no estaba, y esto es creatividad. Igual que un artista al crear una obra, sin saber cuál pude ser el resultado final, el cual depende de su subjetividad. En definitiva, también el proceso del psicoanálisis puede ser algo muy relacionado con el proceso artístico.

Reportaje: Amineh Alsabbagh.

Imagen: El espejo del Inconsciente IV, Javier Rodríguez Ariza. Tinta sobre papel, 2008.