Lo definitivo, lo redondo, lo circular: quizás la vida misma que al final nos lleva de un lugar a otro, o hacia el mismo lugar. La totalidad, el plano general, la visión abierta. La constitución de todo esto está en el detalle: la pieza que arma el rompecabezas, la manera en la que lo incompleto prepara para lo total, para la larga línea de la que luego haremos nuestra totalidad. Gracias a él avanzamos: el fragmento que luego desechamos porque nos parece inconcluso, porque cambiamos de opinión, porque vemos que no lleva al lugar donde queremos.

Decir un poco y decir algo más: prueba y error, un método que requiere esfuerzo, persistencia e introspección. Reusar luego las lecciones aprendidas, reusar lo que aparentemente no tenía mayor utilidad: encontrar en todas esas piezas distantes una nueva ordenación, quizás más completa o quizás no. Como un collage, acumulando piezas de tantos lugares, y así encontrando finalmente una utilidad en su inconclusión.

Entonces retomar esas piezas sueltas, recordar esos detalles sin coherencia, todo eso que está fuera del camino principal y que aporta tanto, que muchas veces recordamos con más valor diez o veinte años después: ese fragmento inconcluso, ese amago, ese detalle que es solo eso y que vemos abrirse hacia la inexistencia sin descartar ninguna de sus múltiples posibilidades. Esto es solo un borrador, solo así puede contener lo infinito: careciendo de límites.

Cada vez más los artistas y los investigadores preservan y comparten los esbozos, los materiales que muestran la preparación y el proceso creativo, las decisiones. Ante una obra maestra vemos una totalidad desplegada, sí, vemos el logro creador de un artista y nos parece total, absoluto, preciso. En su proceso creativo encontramos y compartimos sus chispazos, sus cambios, sus destellos de fortuna creadora, lo acompañamos en el recorrido de su mente, en los tachones y en la incertidumbre: ahí comprendemos un poco mejor nuestra misma humanidad. Con suerte, comprendemos también el valor de la duda, del proceso vuelto a pensar, de la torpeza con la que avanzamos en nuestra búsqueda.

¿Lo espontáneo, entonces, no viene prefigurado por una infinidad de fragmentos todos contenedores de pruebas, de experimentos? Recordemos cuando comenzábamos a caminar y la fluidez con la que lo hacemos ahora. No decimos que cada paso no sea espontáneo, pero lo hemos practicado infinidad de veces, y quizás alguno, algún día, nos deslumbre. Mientras tanto, seguimos caminando.

Imagen: Le Double Secret, Magritte. Óleo, 1927.