¿Por dónde empezar? A lo largo de seis temporadas ha habido una sucesión de acontecimientos que se han encargado de provocarnos y horrorizarnos de incontables maneras. Es esto, quizás, lo que nos mantiene tan enganchados: la grosera extravagancia.

Hace mucho tiempo que no hablo de esa antigua palabra griega: catarsis. Nos adentramos en las temporadas de Game of thrones para hacer una catarsis individual y social. Vemos de lejos, en ese universo que se nos parece y no, acontecimientos que resuenan en nosotros, como si tuvieran algo de históricos, algo de reales, algo de posibles. ¿Es tanto horror posible, tanta desfachatez? De alguna manera, nuestras pasiones se purifican al ver de lo que es capaz el ser humano, al juzgar los límites y pensar en lo que está bien y lo que está mal, lo que es permisible. Shakespeare hubiese estado de acuerdo: siempre nos gusta tentar los límites de nuestra humanidad.

Hemos visto a los que intentan ser justos (no hablemos ya de buenos ni de malos, por favor) morir uno tras otro, sin esperanza, engañados y masacrados por aquellos que son menos justos y que actúan impunemente. El poder, su poder, los protege, aunque no están exentos de reveses. Es como en la vida misma, y eso nos choca. Nos encontramos a nosotros mismos asiéndonos a una esperanza constantemente defraudada: que vuelvan los Stark, que ese personaje no haya muerto realmente, que las cosas funcionen bien para todo el mundo. Nos mueve la esperanza, porque al menos, pensamos, existiría un lugar en el que los justos —los buenos, incluso— podrían ganar, y los otros obtendrían su merecido.

Esto es lo que nos emociona y nos sacude en Juego de Tronos, lo que nos frustra y nos mantiene viendo la serie: la esperanza de que no mueran todos los justos, de que los que hacen mal reciban su merecido, pero las cosas no son tan claras. Los personajes desorientan cualquier compás moral siendo duales: a veces buenos, a veces malos, humanos en definitiva. Y así empezamos a tolerar las injusticias, a pensar que uno es el mejor entre los peores, a olvidar una mala acción porque la sucede otra buena, y poco a poco aceptamos las reglas del juego. Sentimos, en ocasiones, que queremos ver masacrados a algunos grupos de personajes despreciables, que tanto como queremos que algunos personajes no mueran, queremos que otros tengan una tortuosa muerte, y brota entonces en nosotros eso que es también grotesco y permisivo, olvidadizo, flexible. Entonces quizás sucede la catarsis y, de alguna forma, entendemos mejor los matices, asumimos las muertes, comprendemos la política y salimos a la calle una semana más, viendo que las cosas no son tan diferentes en los periódicos.

Imagen: El Diablo y San Wolfgang, Michael Pacher. Óleo, 1471-75.