Después de casi dos décadas, podemos decir con certeza que el siglo XXI está aquí, y que no es tan nuevo, ya. Una de las cosas que ha venido con él, sin duda, son las no-tannuevas-ya tecnologías. Innovamos a una velocidad alucinante, y nunca hemos estado más alegres y satisfechos con ello, con la globalización y con los nuevos ritmos (al menos la mayoría). No vengo a quejarme de esto, lo siento por los que llegaron hasta aquí pensando eso. Es nuestro tiempo. Aprendemos sobre la marcha y descubrimos las infinitas posibilidades que todos estos avances vertiginosamente veloces nos están dando, y la multiplicidad de oportunidades que tenemos. Vivimos en la incertidumbre, sí. Pero no está mal. Todavía podemos ver hacia dónde ir.

Con los avances tecnológicos y el internet —enuncio lo obvio— han llegado e ido en aumento las nuevas formas de interacción que traen consigo las redes sociales. Con ellas, algo más lentamente, la publicidad ha ido tomando el control, al ver lo prometedoras que resultan para ahondar en ese ser al que le otorgan múltiples nombres pero que, al final, es importante porque es el consumidor. Tampoco vengo a quejarme de esto, no soy pesimista.

La tercera cuestión que quiero mencionar en el artículo es, precisamente, la trampa de las redes sociales. Aunque, después de prefigurarlo dos veces, pueda parecer una queja, no lo es: es solo una reflexión, una invitación a la reflexión en cuanto a que, inevitablemente, nos sumimos en lo que hay, pero también tenemos el poder de cambiarlo —o no— dependiendo de si nos resulta, o no.

En cuanto a los sistemas políticos, en cuanto al capital, en cuanto al trabajo (ya lo decía Pavese: lavorare stanca) nos encontramos con que uno de los mayores horrores es, posiblemente, el trabajo inútil y sin esperanza. Sin más, esta es la trampa de las redes sociales. Permítanme, ahora, elaborar este planteamiento un poco más, para quienes quieran continuar leyendo.

Algunos de ustedes recordarán a Albert Camus, de quien ya he hablado en algún momento anterior, y el famoso (y algo más antiguo) mito de Sísifo. Resulta que Camus indaga en Sísifo para hablar de los momentos de consciencia del hombre absurdo, en los que se da cuenta de que «trabaja, todos los días de su vida, en las mismas tareas». Sísifo empuja la roca infinitamente hasta la cima de la colina, solo para verla recomenzar al pie de la misma el instante siguiente.

La labor del —cada vez más difundido— community manager remite, inevitablemente, a este hombre absurdo que presiona su mejilla contra la roca mientras empuja con entusiasmo. Día tras día los números crecen y decrecen; día tras día necesita alimentar las redes sociales, como si fuesen una criatura insaciable; y día tras día, al final de su jornada, se da cuenta que todo se desvanece en bits y likes, que no puede dejar de empujar la roca porque su esfuerzo sería en vano, se desvanecería con el tiempo.

El trabajo del community manager consiste en juzgar que todo está bien; que ese universo de datos, gráficos y números, constantemente alimentado con nueva información, constantemente empujado hacia arriba, está bien. La trampa de las redes sociales es que se asemejan, para aquellos que acercan mucho la mejilla a ellas y comienzan a empujar, a la roca a la que Sísifo está atado, y requieren constantemente que se empuje sin ir a ningún lugar —tanto para aquellos que las manejan profesionalmente como para quienes lo hacen de forma personal.

En esta constante marcha, solo en ocasiones, cada uno de nosotros —pequeños héroes absurdos— cobramos consciencia del inútil trabajo desesperanzado que nos lleva a actualizar nuestros perfiles constantemente. Insisto, no me quejo de esto; concluyo con las mismas palabras de Camus, descontextualizadas: «La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz», hay que imaginarse al community manager feliz.

Imagen: Última oportunidad, Grete Stern. Collage.