En el comic de Civil War (Mark Miller, guionista; Steve McNiven, dibujante), uno de los principales motivos que lleva al grupo liderado por Capitán América a rechazar el Acta de Registro Sobrehumano es la necesidad de proteger sus identidades secretas. En la adaptación al cine de los hermanos Russo, la única razón que argumenta Steve Rogers es su incapacidad para someterse a una autoridad que le diga cuándo actuar y cuándo no: si él sabe que algo malo está pasando, tiene que reaccionar y no puede esperar a que un comité lo autorice. En el comic, los motivos son personales y se centran, como es costumbre en Marvel, en los intereses privados de los personajes. En la película, el problema señala exclusivamente al espacio público, incluso internacional, y plantea cuestiones sobre la libertad, el poder y la guerra.

No es que el comic no planteara estos problemas, pero en la adaptación muchos de los conflictos personales —aunque no todos— pasan a un segundo plano. Quizá el personaje más conflictivo desde este punto de vista sea Tony Stark (Iron Man), cuyas decisiones se centran en cuestionamientos personales a sus acciones y a las de sus colegas. En contraste, el Capitán América parece regirse estrictamente por un código ético incuestionable y cuando sus sentimientos afectan sus decisiones, es para reafirmar sus principios.

Incluso si estamos dispuestos a dejar atrás el material original, el problema que plantea la película resulta extremadamente complejo. Sobre todo cuando consideramos, primero, el significado de estos personajes y, segundo, el contexto que produce la película.

Tony Stark es un capitalista que, después de haber tenido una epifanía moral —que se nos recuerda en alguna de las escenas de Capitain America: civil war— decide dejar de producir armas y dedicarse, literalmente, a salvar el mundo. Por otro lado, Steve Rogers encarna los ideales militaristas de la sociedad norteamericana, altamente cuestionados en la actualidad, que se fundan en principios inamovibles (la libertad, la democracia, etc.): es un personaje traído literalmente del pasado, de la Segunda Guerra Mundial, para revivir una ideología cuyo anacronismo, dentro de la película, es cada vez menos evidente. Iron Man parece representar una sociedad norteamericana cautelosa, dispuesta a aceptar las regulaciones impuestas por la ONU, mientras que el Capitán América trae del pasado un militarismo (intervencionista) romantizado a través de unos valores que el público pocas veces se atreve a cuestionar. La pregunta, entonces, es sencilla: ¿pueden —y deben— Los Vengadores actuar con el poder ilimitado que poseen siempre que lo consideren necesario?

Lo que más llama mi atención en la película es que la balanza parece inclinarse hacia el Capitán América. Puede ser solo una percepción personal y no puedo realizar una argumentación profunda sin arruinarla a quienes no la hayan visto. Pero sí tuve la impresión de que el guion le da la razón, de manera muy sutil y sin que esto afecte necesariamente el desenlace del filme, al héroe de la Segunda Guerra Mundial. Esto se hace evidente durante el reclutamiento del Hombre Araña, pues, aunque pelea para Iron Man –como pudimos ver en el trailer-, sus razones para ser un súper héroe son las mismas que las del Capitán.

La parte más compleja, sin embargo, es el lugar que ocupa este filme en la cultura. No hay que ser demasiado inteligente para notar que la pregunta no está dirigida a Los Vengadores, sino a los Estados Unidos. El país ha pasado por alto, constantemente, las decisiones de la ONU para llevar a cabo políticas intervencionistas que, en la vida real, no son tan románticas como las del Capitán América. Y lo que más preocupa no es, ni siquiera, que el guion parece hacernos pensar que la nación norteamericana hizo lo correcto. No, quizá lo más peligroso es la manera en que encubre la ideología militarista con ideales románticos que el público, ya lo dijimos, no se atreve a cuestionar.

Imagen: Fotograma del videoclip Party in the U.S.A., canción de Miley Cyrus perteneciente al EP The Time of Our Lives (Hollywood Records, 2009). Tras la muerte del terrorista Osama Bin Laden esta canción fue considerada un himno de celebración, aunque la cantante se pronunció en contra de dicha vinculación.