Desde el no lugar de un aeropuerto escribía, hace casi dos semanas, el artículo anterior en el que recordaba el sentido de violencia que es inherente a toda estación primaveral, sin saber, por desgracia, lo verdaderas que podían llegar a ser mis palabras: la Primavera, y no la Muerte, había ahogado otro flujo sanguíneo para que otros seres se beneficiaran del oxígeno restante.

Es posible que partieras justo en esos momentos en que terminaba de rematar las frases más resistentes: también a fuerza de presión, como en la metalurgia, creemos hacer el lenguaje dúctil. Y sin perder el sentido de movimiento que, aun agnósticos o ateos, le concedemos al tránsito entre la vida y la muerte, quiero creer que en pleno vuelo volvimos a estar más cerca que nunca.

Me enteraba de tu marcha dos días más tarde, un momento después de contemplar embriagado la Râpa Roşie, maravilla de la naturaleza dácica que tanto inspiró al poeta y filósofo Lucian Blaga: un vistazo casual a facebook, unas manifestaciones extrañas en tu muro, una lectura concienzuda de los mensajes de apoyo o desconsuelo de amigos o conocidos me hicieron caer en la cuenta de lo real que puede llegar a ser la vida. ¡Y ahí estaba la paradoja! Había cumplido mi sueño de conocer el paisaje que tanto inspiró y nutrió al poeta del silencio y justo allí el mismo silencio cobraba un volumen insospechado, al revelar su rostro más infinito, plano y difuso.

¿Cómo responder, en los primeros instantes, a la noticia sin marcha atrás? ¿Por qué el impulso violento de golpear paredes sin culpa o de estallar en un llanto volcánico? ¿Por qué el sello de los labios, la mente en blanco, la transfiguración del mundo en un espacio unidimensional, en un trampantojo tan enorme como torpe?

Escribir o no un mensaje en ese muro –más que nunca muro– de facebook, dejar unas palabras en tu timeline, ahora que había sido cortado de raíz, como pensaban los antiguos, pero que seguirá existiendo más allá de tus días, ¿acaso era la mejor manera de rendirte un pequeño homenaje, especialmente para aquellos que estábamos lejos y que no podríamos cumplir con los ritos funerarios que nuestra cultura marca? ¿Acaso sentimos que significa lo mismo que inscribir notas de recuerdo en un libro de visita o que dejar flores en las lápidas?

Las semanas pasarán y continuaré un debate interno sin fin en donde nunca llegue a tener la certeza de cuál era la mejor opción, la que yo debía llevar a cabo para conmemorarte, no tanto por la necesidad de dar sentido a la injusticia, sino por la «necesidad de decir», que, como han indicado los Le Breton, Jankelévitch y todos aquellos que han tratado de verbalizar la muerte, rezuma en aquellos que han sentido la pérdida.

Pero es aquí donde nuestra condición de hombres de palabras, incluso cuando estas se vertebran para remarcar el silencio, complica la sencilla tarea de rendir homenaje: a veces esperamos de nosotros mismos la escritura de una elegía a la altura de la historia, no por prurito poético, sino por exigencia moral: es algo que le debemos a la otra persona. Y, sin embargo, en esta confusión donde podemos caer en la egolatría olvidando el verdadero problema, más que nunca la mudez que se nos ha impuesto debe llevarnos a otro silencio, el de la sencillez y la espontaneidad. Si llegan las grandes palabras, las elocuentes, las metafóricas, que puedan emocionar a quienes las leyeren en el futuro, llegarán; cuando lleguen.

Seamos ahora sencillos, pues sencillo es también lo fulminante: solo puedo decir que los que te conocimos y te quisimos te estaremos fallando si no ponemos en práctica tu extraordinaria alegría cuando nos sintamos tristes por tantas cosas insignificantes con que la vida nos nubla a ratos.

Tace pro nobis