El siguiente reportaje es el desarrollo de la entrada publicada el 2 de junio de 2016. Un análisis a partir de un trabajo práctico de la fotografía como recuerdo, por qué se utiliza para ello y cómo ha evolucionado este uso a lo largo de los años.

Conservar algo que me ayude a recordarte / sería admitir que te puedo olvidar

To keep an adjunct to remember thee / were to import forgetfulness in me

William Shakespeare, soneto CXXII

I – Introducción a la idea del recuerdo

La historia de la evolución del ser humano está llena de datos y fechas más o menos exactas: el descubrimiento del fuego, las herramientas, las armas, la textilería… Sin embargo, todavía es difícil saber en qué momento surgió la clave que motivaría los adelantos posteriores: la conciencia abstracta, es decir, el conocimiento de un ser sobre su propia existencia, sus estados y su entorno. Es gracias a esto que el hombre prehistórico empieza a pensar en la supervivencia más allá del instinto natural. Teniendo en cuenta una esperanza de vida máxima de cuarenta años (la mayoría no sobrevivía a su infancia) y la muerte constante de miembros cercanos en su entorno por accidentes, enfermedades y ataques de animales, comienzan a ser conscientes de que en algún momento, los de su misma especie «dejan de estar». Así, pues, la evolución física del ser humano está ligada a su evolución psicológica.

La conciencia de la muerte es posiblemente la primera situación de pérdida a la que el homo tuvo que hacer frente, y los ritos funerarios estudiados hasta ahora indican una reflexión trascendental del tema: los primeros enterramientos individuales y familiares corresponden al Paleolítico Medio, mientras que en el Neolítico, dos milenios antes de nuestra era, se construyeron los primeros cementerios grupales, situados en zonas alejadas de las aldeas. El incremento en la riqueza de los ajuares y ofrendas funerarias a lo largo de los años es símbolo del aumento de la creencia en el más allá, y el desarrollo de un pensamiento imaginativo basado en volver a reencontrarse algún día con lo perdido.

Podemos decir, entonces, que las ideas de pérdida, olvido y recuerdo aparecen pronto en la historia de la humanidad, pero ¿cómo han evolucionado?

Desde la Edad Antigua hasta la Edad Contemporánea, el hombre (y cuando ha podido, la mujer) ha desarrollado métodos cada vez más precisos y fieles a la realidad, con el objetivo de recordar y ser recordado, pues el concepto de pérdida no solo se limita a algo externo, también abarca nuestra propia pérdida, el miedo a ser olvidados tras el pequeño espacio de tiempo en que estamos vivos. La representación figurativa de algo o alguien que ya no está, primero mediante la pintura, y después con la fotografía, es posiblemente la figura más utilizada, siendo la segunda mucho más accesible, rápida y con mayor índice de iconicidad.

II – Métodos para el recuerdo, el objeto fotográfico

En su definición psicológica, el recuerdo es una formación abstracta e inmaterial construida por la memoria. Es importante resaltar la idea construida, porque ya nos advierte que no es un recurso fiable.

Aunque no seamos conscientes de ello, el cerebro es un órgano muy selectivo, constantemente decide qué parte de la información recibida se queda y qué no. Un ejemplo muy común de esta selección: todos hemos tomado una fotografía de un paisaje o cualquier otro espacio, y al ver el resultado, no nos ha parecido tan bonito como lo que creíamos haber visto. Esto se debe a que el cerebro ha obviado los elementos que desmejoraban la escena, para resaltar el punto que más nos llamaba la atención, pero la visión de la cámara es indiscriminada, lo captura todo por igual.

Algo parecido sucede con el constructo de los recuerdos: por mucho que creamos que son fieles a nuestras experiencias, lo más probable es que un buen número de información se haya quedado fuera para construir el recuerdo que queremos tener, no el hecho que realmente fue.

Ese mismo procedimiento es el que seguimos al acumular recuerdos materiales. ¿Quién guarda objetos con el fin de mantener presente una mala experiencia? Nadie. Y, de ser así, no se acude a él constantemente. Podemos guardar el símbolo de una amistad que terminó, pero no lo conservamos para recordar el fin de dicha amistad, sino el momento en que aún existía y lo que nos aportó. La misma criba que hace nuestro cerebro la hacemos nosotros mismos. Como método de superviviencia para la salud mental, estamos psicológicamente preparados para, a la larga, conservar en la memoria las mejores partes de una vivencia, lo que lleva a algo tan común como la idealización del pasado… que probablemente no fue tan bueno.

Afronto la pérdida de frente: releyendo, volviendo a ver y a tocar todo aquello que pertenecía a esa persona que ya no está, que aunque existe, vive otra vida en la que no existo. Me despido de un fantasma reviviendo en mi recuerdo lo vivido. Las pertenencias del fantasma son souvenirs de la vida que pasamos juntos, cuando tenía un significado para mí, una unión intensa en aquel presente, que parecía ilimitado e infinito.

S.P.

Sin duda, no hay un medio mejor para dejar la marca de una presencia que la fotografía: los momentos y las caras que no queremos olvidar, paralizadas para siempre en un trozo de papel. A pesar de no haber sido inventada con ese fin, desde el principio fue y sigue siendo su potencial más explotado. Los retratos de familia en el estudio, las postales de viaje, los atlas ilustrados por fascículos… El inicio de la cultura de la imagen, la construcción de recuerdos permanentes y la ilusión de realidad.

Por su carga simbólica, son especialmente destacables los post mortem, fotografías tomadas a sujetos en el mismo momento de su muerte o una vez ya fallecidos, vestidos y colocados como si aún siguiesen vivos, en un último retrato individual o junto con sus familiares y amigos. Fue una idea muy influenciada por la herencia del pensamiento Romántico, que concebía la muerte de manera mucho más sentimental e idealizada; sobre todo la muerte de niños y jóvenes, los afortunados que no sufrían el envejecimiento. Aunque ahora nos resulte macabro, esta técnica de escenificación se siguió utilizando hasta mediados del siglo XX, y ejemplifica como ningún otro género fotográfico la captura de algo que no volverá a ser.

Fotografía postmortem, detrás de los pies del difunto puede verse el mecanismo que lo mantiene en pie.

Fotografía post mortem, detrás de los pies del difunto puede verse el mecanismo que lo mantiene en pie.

A partir de la comercialización de las cámaras compactas en 1888, la fotografía se convierte en testigo de los recuerdos familiares (al menos de aquellos que podían permitírselo) permitiendo por primera vez que ellos mismos registrasen sus propias imágenes fuera de los aparatosos retratos de estudio. El éxito de ventas de la Kodak Camera provocó la bajada de precios de las cámaras, que no tardaron en ser una adquisición muy común entre las clases media y alta. El objeto fotográfico como recuerdo ya no requería la ayuda de un profesional, cualquiera podía hacerlo, como dice el famoso eslogan de Kodak, «Usted aprieta el botón, nosotros hacemos el resto: la única cámara que cualquiera puede utilizar sin instrucciones».

Anuncio de Kodak, publicado por primera vez en Noviembre de 1889.

Anuncio de Kodak, publicado por primera vez en Noviembre de 1889.

III – El instante y la ausencia del mismo

Ya sea en el ámbito profesional o en el doméstico, todas las fotografías tienen una característica en común. Todas tienen la intención de preservar, y a veces modificar, un instante. La capacidad de la cámara para detener el espacio y el tiempo ha convertido al objeto fotográfico en el recuerdo por excelencia, que podemos guardar para siempre… si no perdemos los negativos o tenemos un accidente catastrófico con el disco duro. Parece que la imagen perfecta es aquella que contiene toda la emoción de un hecho: el beso de los novios o el segundo en que un cumpleañero apaga las velas. Y en la fotografía profesional ocurre lo mismo: todos reconocemos Muerte de un Miliciano, de Robert Capa, con el anarquista Federico Borrell recibiendo el disparo que terminó con su vida (no entraré en el debate sobre la veracidad de la imagen), o el famoso instante decisivo de Bresson, «una atención visual perpetua que atrapa el instante y la eternidad, un momento importante en el flujo constante de la vida captado en una fracción de segundo».

Fotografía: Abbas Attar. Un edificio se derrumba en Belfast tras un ataque del IRA.

Fotografía: Abbas Attar. Un edificio se derrumba en Belfast tras un ataque del IRA.

Como soy fotógrafo la gente no para de preguntarme por qué no llevo mi cámara conmigo en todo lo que hago. ¿Sabes el recuerdo que tengo de la boda de mi hermano? Pasarme toda la ceremonia y toda la fiesta sacando fotos a todo el mundo, cuando me quise dar cuenta la boda había terminado y apenas había tenido tiempo de saludar a los invitados (entre ellos familiares y amigos comunes con mi hermano). Cuando voy a hacer algo para pasármelo bien nunca llevo la cámara, no me deja disfrutar del momento y prefiero recordarlo en mi memoria al día siguiente, que un montón de fotos que no sé muy bien cuándo tomé.

A.A

¿Pero por qué esta necesidad de conservar el momento? Y sobre todo, ¿por qué se hace de manera cada vez más constante? El hecho de que tengamos la cámara más a mano (no solo en el teléfono móvil, las réflex ya superan a las compactas en ventas), y que la toma sea «gratuita» gracias a la imagen digital, podría ser en parte la respuesta, pero no es la única razón.

Hace un tiempo, durante una conversación con un amigo mayor que yo, le comenté mi sorpresa al observar durante años que nunca le hacía fotos a nada, que ni siquiera sacaba la cámara en ocasiones más o menos especiales. Su respuesta fue que la cultura de la fotografía que él había vivido fue muy diferente de la actual: en su momento, tomar una foto en el ámbito doméstico suponía que estaba ocurriendo algo realmente especial o, que si no era así, iba a tener de verdad significado emocional, al no haber muchas más en el archivo: no era necesario hacer fotos de cada salida con los amigos, solo una foto de la pandilla para poder mirarla tiempo después, y recordar el conjunto de esos años, que no corresponden únicamente a la fecha de la foto.

 Durante un viaje con la que entonces era mi pareja me empeñé en que nos hiciéramos una foto frente al mar. Estábamos enfadados y aún así nos hicimos la foto. Todo el mundo al verla insistió en lo felices y enamorados que parecíamos. Yo misma la tuve en mi escritorio durante mucho tiempo. Estábamos enfadados, muy enfadados.

A.M

La fotografía puede trastocar el recuerdo que retrata, puede convertirlo en algo más emotivo o divertido de lo que en realidad fue: muestra de ello son los álbumes vacacionales (ajenos y propios) que tanto se comparten en las redes. Puede incluso convertir un recuerdo nada grato en algo amable a los ojos de los demás, como ocurre con esas fotos de las cenas de Nochebuena, templo de las discusiones familiares. Tenemos la oportunidad de eliminar del presente lo que no nos gusta, y construir un pasado perfecto, feliz y narrado en imágenes. Podemos convertir algo tan absurdo como ver una película en un momento ideal: #planperfecto, #pelimantitaysofá.

Ilustración de Mónstruo Espagueti.

Ilustración de Mónstruo Espagueti.

Cuando vuelvo a casa de mis padres una de las cosas que siempre hago es ver los álbumes familiares. No sé el número de veces que habré visto esas fotos, muchas de antes de que yo hubiera nacido. No es que sienta una nostalgia especial al verlas pero, por algún motivo, me gusta volver a ellas una y otra vez, todos parecen muy felices en las fotos, como si no tuvieran ningún problema en aquella época

A.R

Desde la eclosión de las redes sociales se habla mucho de la necesidad de hacer público nuestro ámbito privado y exponer la parte de nuestra vida que, creemos, nos da una imagen favorecedora de cara a los demás, pero no deja de ser también una fachada que queremos darnos a nosotros mismos: poder mirar atrás, algún día, convencidos de que todo era perfecto en ese momento. Por primera vez tenemos la oportunidad de comunicarnos con cualquier persona del mundo a través de la imagen, sin que las palabras sean necesarias. Lo que fotografiamos no deja de ser un reflejo de lo que somos, y a veces de lo que nos gustaría ser. Lo tenemos más fácil que nunca para poder aparentarlo.

No puedo evitar evocar una y otra vez los recuerdos bonitos; casi de forma enfermiza, como si fuesen a desaparecer

P.R

 

***

Muchos fotógrafos han trabajado el instante desde otro punto de vista: la ausencia del mismo. Es decir, no fotografiar el hecho en sí, sino la marca que deja detrás. En el documental Life Through a Lens (Barbara Leibovitz, 2006), Annie Leibovitz cuenta cómo, el día que cubrió la salida de Nixon de la Casa Blanca, no quiso tomar fotos de su discurso, ni de su paseo hasta el helicóptero, decidió que su reportaje giraría en torno al antes y al después del momento que todos esperaban ver. «Al terminar el discurso, llegó un momento en que todos los fotógrafos bajaron sus cámaras. Cuando el helicóptero despegó y recogieron la alfombra todo el mundo se había ido, pero yo continué haciendo fotos».

Annie Leibovitz

Es curioso cómo esta idea de fotografiar algo cuando ya no está, bien trabajada, puede funcionar mejor que la captura del momento preciso.

En 2011 se presentó simultáneamente en Barcelona, Madrid, Zaragoza y León la muestra de Gervasio Sánchez, Desaparecidos, un conjunto de reportajes desarrollados entre 1998 y 2010 en países como Chile, Irak, Colombia, Bosnia y España, entre otros. Un documento que rescata la memoria de personas desaparecidas en medio de conflictos bélicos y regímenes políticos represivos. Sin que los protagonistas aparecieran como tal en todo la muestra, estaban presentes en cada fotografía, en sus habitaciones, que los familiares no habían querido modificar ni utilizar para otro fin, en las miradas tristes de los que aún les buscan, en las listas llenas de nombres y los depósitos de cadáveres sin identificar. De nuevo, lo más potente de este enfoque es que no se centra en el propio instante del tema, sino en el silencio que deja detrás cuando ya ha pasado, porque ahí está la verdadera huella. Gervasio Sánchez no necesitó estar presente en el momento en que sus protagonistas desaparecieron, ni siquiera ha llegado a conocerles, y sin embargo, sin que pudiera verse como tal, podía sentirse el miedo de lo que les ocurrió.

Una parte de la muestra estaba formada por retratos de los familiares sosteniendo el retrato de sus desaparecidos. Metafotografía y metarecuerdo: de la misma manera que Gervasio Sánchez pretendía que no olvidásemos a sus fotografiados, ellos mismos enseñaban la imagen de su pérdida: el recuerdo se materializa en forma de foto. A pesar de todo lo que puedan guardar, es un retrato lo que muestran, un primer plano de estudio. Cuando, en el vídeo final de la exposición, los familaires contaban su experiencia, hablaban de su estampa como si se tratase de una presencia real, «este es Manuel, tiene tres hijos…», «este es Mario Jesús, desaparecido en el 75…». Sin embargo, aquellos que no tenían retrato que mostrar  lo hacían en pasado, «Francisco era agricultor…», «Luis Javier, dejó cinco hijos, trabajaba en la mina…». El recuerdo es pasado, la fotografía es presencia, es no dejar que algo llegue a desaparecer del todo.

Muestra de Desaparecidos, de Gervasio Sánchez. Imagen: Heraldo de Aragón

Muestra de Desaparecidos, de Gervasio Sánchez. Imagen: Heraldo de Aragón

Otro buen ejemplo de este método es William Eugene Smith (1918-1978), fotoperiodista cuyo método de trabajo, definido por él mismo, consistía en «fotografiar entre paréntesis», es decir, acudir al espacio más silencioso de un hecho y trabajar allí, «ya hay muchos fotógrafos preocupados por lo que está pasando, me interesa más buscar en los rincones donde nadie va a mirar».

En uno de sus reportajes más conocidos, Country Doctor, Smith pasó 23 días siguiendo el trabajo del Dr. Ernest Ceriani, médico local de Kremmling, Colorado. Uno de esos días, durante un parto, el bebé falleció. A pesar de tener vía libre para fotografiar lo que él quisiera (el reportaje era una encargo de la revista Time) prefirió no intervenir en ese momento y pensar cómo podía enfocar el tema. El resultado, un retrato del médico, horas después, mirando al vacío.

Eugene Smith

Si bien es cierto que el significado de esta fotografía depende casi por completo de su contexto y de un buen pide de foto, conceptualmente guarda mucha relación con el trabajo de Gervasio Sánchez: hacer presente la pérdida sin que aparezca en la imagen como tal.

III – Arraigo

En 2004, Michel Gondry estrenó Eternal sunshine of the spotless mind, paradigma del cine indie estadounidense (sin ser indie), en la que Jim Carrey se somete a la eliminación de los recuerdos de su ex pareja, materiales y mentales. El mensaje final, un poco disfrazado por la historia romántica y el toque de ciencia ficción, es que ni podemos, ni queremos deshacernos de nuestros recuerdos, porque son parte de lo que somos y, a veces, cuando el presente no nos convence del todo, son un buen sitio al que acudir.

La fotografía es el mejor medio para hacerlo. Es cierto que, con el uso de la fotografía digital, el montaje de los álbumes ha disminuido y se vuelven a ver mucho menos (las carpetas del disco duro no tienen el mismo encanto) pero, por otra parte, disparamos mucho más. Puede que estemos creando recuerdos más efímeros y con menos relevancia, pero la acción en sí que no deja de demostrarnos la necesidad de conservar aquello que por algún motivo nos cautiva.

Es necesario volver a ojear nuestro propio archivo, darnos cuenta de cómo puede cambiar con el tiempo lo que una fotografía nos sugiere, porque aunque el recuerdo siga siendo el mismo, los significados son variables en función de los cambios externos e internos. En volver al pasado, los fotógrafos somos expertos. Se dice que trabajamos sobre el aquí y ahora pero lo cierto es que el instante se nos escurre constantemente. El disparo es el único momento presente, el resto es anticipación o mirada atrás.

Bordados, Marjane Satrapi (2003)

Bordados, Marjane Satrapi (2003)

 

—El 19 de diciembre de 1953 fue el día más feliz de mi vida. Organizamos una pequeña fiesta, sólo la familia y unos cuantos amigos íntimos, unas sesenta o setenta personas en total. ¡Mirad! Siempre llevo conmigo una foto de aquel día. No me separo de ella desde hace 38 años. ¡Mirad la cara de felicidad de mis padres!

—¿Le amas todavía?

—¡Claro que no!

—Entonces, ¿por qué conservas su foto?

—¡No es su foto lo que guardo! ¡Guardo la foto de mi boda!

 

 

 

Imágenes de cabecera y destacada: Katie Scott.