Hace tan solo unas horas se han cerrado las últimas casetas de la Feria del Libro de Madrid, una feria que cumplía su setenta y cinco aniversario. Numerosas editoriales, distribuidoras, librerías, universidades y demás instituciones se han congregado en ella para exponer gran parte de su catálogo. Más de trescientas casetas rebosantes de libros a los que se podía oír cantar como sirenas homéricas a fin de provocar un feliz naufragio. Trescientas casetas y en cada una ¿trescientos? libros, todos con la firma de un autor diferente en la cubierta. Millares de autores de todo el mundo. Muchos, sin duda, pero… ¿demasiados?

Los demasiados libros es precisamente el título del libro de Gabriel Zaid. En él se ofrecen impactantes datos relativos a la producción editorial: cada treinta segundos se publica un libro, de manera que algunos analistas han calculado que a este ritmo llegará un momento en que existan más autores que lectores. Para el caso de los Estados Unidos la Editorial Lulu indica que en poco más de treinta años habrá 148 millones de autores por 129 millones de lectores. Sin embargo, a pesar del empleo de un determinante como «demasiados», que, no solo por su categorización indefinida, sino también por su propio esquema semántico, revela un carácter peyorativo, Zaid culmina su obra con un aserto ecléctico, entre apocalíptico e integrado. Afirma Zaid:

«Con todo, hay que celebrar las iniciativas que están acelerando la compilación del genoma cultural de la especie humana: la Biblioteca de Babel».

Siendo Babel símbolo de confusión en el imaginario occidental y judío, debemos celebrar, por tanto, este totum revolutum libresco.

Si se amplía el marco, el superávit de cultura se puede advertir cada día. Los que se dedican a la gestión cultural sin contar con recursos económicos o institucionales potentes experimentan en sus propias carnes la dificultad de lograr un quorum aceptable para sus eventos y saben que una de las causas sería el caudal de una oferta que supera ampliamente la demanda. Ni siquiera las facultades de letras son una excepción: primero, porque allí rara vez sobra el dinero y, segundo, porque el alumnado universitario parece cada vez menos interesado en buscar el conocimiento a través de estos medios orales —por decirlo de alguna manera.

Volviendo a la cuestión de la edición, es un hecho que, al mismo tiempo que las editoriales, tanto las históricas como las independientes, han sufrido los efectos catastróficos de la crisis, las empresas que gestionan la autoedición afloran indemnes. En ese contexto, todos aquellos que tienen amigos o conocidos que han hecho uso de esta vía para poder publicar aquellos escritos que, en bastantes casos, muy difícilmente hubieran sido admitidos en una editorial común, se han preguntando en alguna ocasión sobre esta práctica en relación con la idea elevada de la Literatura que, al menos en Occidente, todavía conservamos.

Entramos en el terreno de la ética del arte, cuando pensamos sobre estas problemáticas. Un poeta como José Luis Jover, por ejemplo, al presentar su poética en cierta antología de poesía actual, en vez de enumerar los rasgos de su obra y sus intereses literarios, citó en su texto a más de cien poetas jóvenes, vivos y prometedores como él para terminar diciendo: «una sola cosa es cierta. Que somos demasiados». El problema, por tanto, no se halla tan solo en la autoedición, pues todos esos poetas a los que se refería habían firmado sus obras en editoriales importantes y aún hoy día un buen número de ellos siguen haciéndolo.

En cualquier caso, emplea también el indefinido demasiados, sitúandose, de algún modo, en uno de los bandos posibles, el de los que, a grandes rasgos, piensan que la literatura sigue siendo un territorio en el que no solo no todo debería valer, sino que solo se deben aportar al patrimonio de la humanidad obras pertinentes por su calidad —otro término no menos problemático. Así pues, estos que rechazan la publicación masiva consideran la responsabilidad que conlleva el ejercicio artístico y la necesidad de guiarse a través de una tradición canónica que incluso los grandes del pasado siglo han respetado aunque fuera a través de la relectura o destrucción del mismo. No obstante, la intuición de una desmesura no es nueva: ya en el siglo XVIII en El arte de callar (1771) el Abate Dionuart titulaba uno de sus capítulos «Se escribe demasiado» y no lo hacía siempre desde preceptivas religiosas, sino especialmente desde la convicción de la inutilidad de muchos de los escritos que salían a la luz ya en su tiempo.

El principal contraargumento que se lanza contra este bando apocalíptico sería el de la libertad. Si el arte constituye el territorio de la libertad por antonomasia, poner cotas a la creación significa sofocar la expresión natural del ser humano, sea cual sea su condición económica, étnica e incluso intelectual. Alertan que el ejercicio de la limitación es hermano de la censura y de la biblioclastia, cuyas variadas formas nos ha enseñado el profesor Rodríguez de la Flor en su ensayo Biblioclasmo,  y acusan a los apocalípticos de elitistas defensores de una cultura burguesa. Ante esto, los apocalípticos, entre los que se encuentran desde escritores o críticos a verdaderos ágrafos, podrían objetar que aquellos que se inscriben en los circuitos de publicación masiva participan del mercado económico en el que el libro es un objeto de consumo —interpretación que se complica para el caso de la autoedición, al deducirse cierta esclavitud aceptada— por lo que seguramente estén traicionando sin saberlo su ideología. Ante tal insulto, a su vez estos contestarían que no solo no apostatan de sus convicciones políticas sino que al publicar determinadas obras pueden llevar a cabo el fin social y comunicativo de la literatura. etc. etc. etc.

Dejo al lector que continúe este debate en su fuero interno, a fin de que descubra la dificultad de encontrar una posición cómoda y defendible en todos los contextos.

(Imágenes:
Biblioteca del Trinity College
El librero, Arcimboldo)