Hace una semana escribí sobre el tedio intelectual y, para completar, hoy quiero hablar sobre su posible opuesto: el goce intelectual. Jorge Wagensberg escribió en su libro El gozo intelectual sobre este concepto, y parto de sus interesantes reflexiones para esbozar este artículo en el que evado el otro estadio de tedio y lo sustituyo, idealmente, por un estado que se acerque al constante disfrute de la existencia. Si el tedio lo provoca, por partir desde el diccionario, la falta de diversión o interés por algo, imaginamos con poco riesgo que el goce es provocado por la concentración de diversión e interés en algo. Gran descubrimiento, Luis. Continuemos.

Wagensberg nos dice que un estímulo es lo primero que necesitamos, y nos lleva a una conversación (personal o social). Esto nos lleva, después, a la comprensión, o la intuición, momento en el que sucede el gozo intelectual que él plantea. El momento final es, sin duda, el famoso eureka de Arquímedes, y de todos aquellos que, después de un largo esfuerzo y un profuso recorrido, han encontrado, casi sin esfuerzo en ese momento, alguna respuesta sorprendente, fascinante.

Sin embargo, no es solo en ese momento de revelación que se experimenta el goce, sino también en todo el proceso que va desde el descubrimiento de un estímulo, de una posibilidad a explorar y descubrir. Entonces comienza la conversación y, tanto lo que funciona como esperábamos como lo que no, contribuye a formar el material que nos permitirá llegar a la comprensión después del suficiente tiempo invertido. Es entonces, después de perdernos largamente en el laberinto, que de alguna forma comprendemos lo que habíamos estado buscando y emergemos victoriosos a nosotros mismos. Eureka. 

El placer está en el proceso, en la invención y el descubrimiento, de principio a fin. Ahí está la diferencia entre tener un estado apático, apenas receptivo, y un estado activo en el que se disfruta la experiencia. Cuando estás en una clase escuchando una voz tediosa, apenas lograr concentrarte; cuando esto cambia y encuentras un ritmo y una pasión con la que recibir nuevas y bien pensadas ideas, contadas con entusiasmo, la recepción es mucho mayor.

Sea de manera pasiva o activa, existe el goce, y ahí quizás está la clave. No solo se trata, como muchas veces pensamos, de ser activo o proactivo. La pasividad tiene su espacio para la madurez y la reflexión de las nuevas ideas recibidas que, también, puede resultar en el preciado eureka.

En Borrador hemos realizado durante dos años el proyecto eureka con esta idea: grupos pequeños abiertos a debatir sobre cuestiones contemporáneas que nos intrigan, que nos interpelan, que no tienen una única respuesta. El estímulo genera la conversación y, luego y por mucho tiempo, nos queda la comprensión o la intuición de nuevos descubrimientos, de posibilidades impensadas en cuanto a los temas discutidos. El intercambio existe porque todos los asistentes, desde áreas completamente distintas, participan sin miedo, con curiosidad, en la exploración de un tema.

Así, observar, comprender, preguntar, reflexionar desde el presente para establecer conexiones que permitan nuevas posibilidades. El propósito está en existir presencialmente, en estar ahí donde se está: dudar, pensar, hablar, compartir, pero encontrarse en estas palabras de nueva manera, dando un espacio a la reflexión sobre aquello que se da por sentado. Después de todo, esto abre un nuevo caudal de posibilidades para el descubrimiento tanto personal y social, abriéndonos los ojos a lo impensado y, quizás, hasta aparentemente obvio. Preguntar, siempre, es darle una nueva dimensión al presente.

Imagen cabecera: Eugenia Lolis.

Imagen destacada: El Pensador, Rafael Canogar.