Se ha hablado hasta la saciedad del silencio de los místicos, que a lo largo de milenios aprendieron a sofocar sus instintos, incluido el de la palabra espontánea e innecesaria; se ha hablado del silencio de los oradores, que, en su dominio del lenguaje y de la comunicación no verbal, sofisticaron el arte de callar en el momento oportuno; se ha hablado del silencio de los poetas, como fenómeno indispensable para una creación y una recepción trascendente; se ha hablado del silencio en el derecho, del silencio en la comunicación, del silencio en la escuela, del silencio del universo y del silencio del ascensor, pero ¿qué hay del silencio en el fútbol? ¿Es esta relación una boutade, una propuesta kitsch o hay en ella mucho más sentido del esperado?

Aquel que viera la final de la Champions League del pasado 28 de mayo, especialmente si se trataba de un simpatizante del Real Madrid o del Atlético, pero especialmente, aquellos que la jugaron, podrán comprender mejor que nadie lo que significó aquella tanda de silencios que ponía el broche a un partido de emociones enfrentadas y, por extensión, percatarse de que el silencio es una realidad cargada de significados en todo tipo de ámbitos: ya sea en contextos elevados o triviales, el silencio es una fenómeno que remite a nuestra intimidad, a experiencias psíquicas singulares e inefables.

No quiero aquí exponer una antropología de la sonoridad en el deporte —los himnos, el pitido del árbitro, los silbidos o aplausos de los aficionados, etc.— aunque no sea este un asunto menos interesante, sino hacer hincapié en el momento de silencio que experimenta cada atleta en las simuladas situaciones límite del evento deportivo.

Hay un silencio en el deporte que se parece al que sufre el poeta en el instante previo a la rúbrica del verso o el gladiador que está blandiendo la espada hacia su enemigo sin saber si se hundirá en el tramo de la carne que le lleve a la salvación y a la gloria. No por casualidad, Woody Allen recurrió a la congelación de la imagen al intentar mostrar esta genuina «fracción de segundo» que introduce su largometraje Match point.

Incluso cuando el partido es un simulacro pactado previamente, no hay entonces un más allá del campo, no hay ni siquiera un más allá de la pelota: el universo ha pasado a estar compuesto tan solo por dos objetos, el balón y tú, y la distancia que os separa no se mide en metros sino en decibelios. Unos pasos, un golpeo, y acontece la suspensión del tiempo, la mudez del cosmos, el kairós de nuestra era.

Tace pro nobis

Fotografía destacada por: Shaun Botterill/Getty Images

Fotografía de portada: www.madridpasion.com