Hablemos sobre el aburrimiento. Posiblemente todos hemos tenido una clase en la que algún profesor ha intentando contar algo interesante —o no— y ha fallado miserablemente, haciéndonos sufrir en el camino porque no había forma de mantenernos despiertos ante el sopor que nos inspiraba. Podemos decir que el problema, al menos en un principio, es el mismo tono de voz, que nos lleva a la desesperación inmóvil.

Sucede lo mismo cuando nos encontramos no solo con el mismo tono de voz, sino con los mismos eventos, las mismas charlas, las mismas palabras, las mismas presentaciones de todo tipo. El extremo opuesto no es la solución, necesariamente, pues si volvemos al ejemplo de la clase, un profesor con un tono histriónico y siempre cambiante no lograría mantener nuestro interés, tampoco.

No podemos negar que hay una comodidad en usar el mismo tono de voz, la misma que nos hace usar las mismas palabras, seguir a la masa. No pensamos, solo repetimos eso que hemos visto una y otra vez repetido a nuestro alrededor. Puede que ni siquiera lo hagamos de forma consciente, pero se repite con tanta frecuencia que se asienta en nuestros argumentos e ideas sobre el mundo, sin que siquiera nos lo cuestionemos. Escuchamos a otros decir las mismas palabras y sentimos la paz de saber que es lo correcto, que no tenemos que reflexionar sobre eso sino que es un conocimiento ya digerido, admitido, aceptado por la sociedad.

Las palabras suenan, entonces, verdaderas; los eventos, tranquilizantes; las conversaciones, seguras. La mente se aletarga, se sienta como bajo el sol de verano cuando en el sofá vemos las horas pasar sin necesidad de ningún esfuerzo. Es lo que parece natural, adecuado, simple. El sopor nos sobreviene, resulta cómodo. ¿Podemos vivir con eso, con el tedio de reflexionar y de preguntarnos si lo que nos dicen tiene sentido o no? ¿O es suficiente con pensar que si lo hemos escuchado cientos de veces ha de ser cierto, si está escrito en un papel, si lo dijo alguien más viejo o más poderoso? ¿Qué justifica que nos ahorremos la reflexión, que cuestionemos, que nos movamos a pesar del esfuerzo y descubramos nuevas posibilidades?

No lo niego: requiere menos esfuerzo escuchar y asentir, estar de acuerdo, aceptar todo lo que se nos impone sin crear un espacio para la reflexión. ¿Podemos permitírnoslo? Lo hemos hecho, seguramente, infinidad de veces: es posible. La pregunta puede ser, entonces, y quizás de forma más acertada, ¿queremos permitírnoslo?

Me puedo preguntar qué nos lleva a estas búsquedas, más allá del embotamiento natural, de la tranquilidad y la seguridad que eso puede implicar. ¿Es un afán de aventura, de conocimiento, de descubrimiento? ¿Es el riesgo, la estupidez, el coraje? Imagino que son múltiples las respuestas, si nos detenemos a reflexionar. Sino, quizás nos salgan solo algunas frases ya escuchadas mil veces, y vistas en algún libro de autoayuda.

Imágenes: Fotogramas de la película The Wall (Alan Parker, Gerald Scarfe, 1982) basada en el álbum de Pink Floyd.