Desde mi punto de vista, el miedo que produce el cine zombie tiene más que ver con la soledad de los protagonistas que con lo horrible de los monstruos. En su estructura clásica, en la cual un personaje vive el momento de crisis que transforma la civilización en un mundo habitado por no-muertos, los protagonistas están condenados al fracaso. Ya sea que los zombies sean hechos fantásticos (inexplicables) o que su origen se encuentre en la ciencia,  la transformación del mundo es definitiva. Incluso si los héroes pueden escapar de los monstruos, están condenados a vivir en una soledad irremediable, rodeados por seres sin racionalidad cuyo único interés es comer carne humana.

En resumen, no es tanto la persecución o el encierro como la soledad definitiva en un mundo dominado por monstruos irracionales que solo piensan en saciar un insaciable apetito animal. Entre otras cosas, cabe señalar el carácter crítico del género, al mundo capitalista y consumista, habitado por individuos deshumanizados que solo son capaces de velar por sus propios intereses.

En este sentido, la idea de otorgar consciencia al monstruo resulta interesante. Tokyo Ghoul (2014), tanto el anime como el manga, se suman a una tradición que busca realizar esa inversión. El monstruo, en este caso, se convierte en un marginado cuya misma existencia lo condena a ser el enemigo. Sobre todo porque los ghouls, nombre con que se bautiza a estas criaturas en el manga/anime, no infectan ni transforman a sus presas. A diferencia del zombie tradicional, estos seres devoran a los humanos porque es lo único que pueden comer. Necesitan hacerlo para sobrevivir.

Por otro lado, no está de más agregar que los ghouls se alejan, también, de la figura tradicional —pop— del vampiro. No solo porque no transforman a sus víctimas, sino también por la violencia y el contenido gore que presenta la estética de esta serie.

En pocas palabras, tenemos un monstruo que es consciente de su propia monstruosidad, y es perseguido por ella, pero que está condenado a seguir practicándola —continuar devorando humanos— para sobrevivir. El conflicto se acentúa a través de las identidades de los personajes: asisten a la escuela, trabajan, se quieren, sienten rencor. En resumen, viven. La contradicción se hace tangible en los protagonistas de la serie, ghouls que tratan de tener una vida «normal» a pesar de ser perseguidos y asesinados por los humanos.

El eje de la historia es Ken Kaneki, un humano que, después de un accidente y por haber recibido en un trasplante los órganos de un ghoul, es transformado en monstruo. Desde los primeros capítulos vemos el conflicto de un humano que se ve obligado a devorar a sus semejantes. Kaneki es, literalmente, un zombie con conciencia. En este sentido, cobra relevancia la máscara que, como todos los ghouls, utiliza el personaje: la monstruosidad es un disfraz que oculta a una persona que sufre su existencia. No es de extrañarse que se vaya convirtiendo, a consecuencia del agresivo mundo que se ve forzado a habitar, en un esquizofrénico. Pero, para llevar el conflicto al extremo, será su locura la que, de hecho, le salve la vida.

A partir de la segunda temporada, el anime ha seguido un camino muy distinto al del manga. Aunque conserva, hasta la fecha, la mayoría de sus personajes y temas centrales. Sobre todo, se conserva —con matices distintos— la contradicción existencial de su protagonista, así como la compleja situación existencial de los personajes ghouls. Con un público objetivo principalmente adolescente, esta serie desarrolla una temática altamente compleja que no deja de llamar la atención. La humanización del monstruo sirve para abordar temas como la exclusión, la violencia y, por supuesto, la deshumanización de la sociedad —en Tokyo Ghoul, a veces, son los humanos quienes actúan como monstruos.

El conflicto parece, hasta cierto punto, irresoluble: los ghouls tienen que seguir comiendo humanos y estos, a su vez, necesitan defenderse. Esto hace que las búsquedas de los personajes —sus motivos y contradicciones—sean altamente complejas. ¿Quién es el bueno y quién el malo? ¿Se puede hablar en estos términos? Cuando humanizamos al monstruo, nos damos cuenta de que las aporías que definen nuestra sociedad son irresolubles y nos condenan, además, a seguir buscando respuestas que, de momentos, parecen no existir.