Han pasado casi cuarenta años desde la primera edición de Cultura y simulacro (1978), de Jean Baudrillard. Sin embargo, sigue siendo una lectura clave para entender el mundo contemporáneo. Quizá hoy el libro esté más vigente que nunca: entre la televisión, el cine, el internet, las redes sociales y un largo etcétera, es indiscutible que el mundo parece estar cubierto por una simulación que lo reproduce infinitas veces hasta el punto que hemos perdido de vista qué es real y qué no. En resumen, hace tiempo que, como bien señala Baudrillard, la simulación se ha hecho autónoma y ha renunciado a su referente real.

En este sentido, el candidato a la presidencia estadounidense, Donald Trump, se vuelve una de las más claras expresiones de la sociedad, no solo norteamericana, sino occidental. Han sido varios los políticos republicanos que, al respaldarlo, afirman que en privado es una persona muy distinta a la caricatura que vemos constantemente en las noticias. Porque lo que vemos en los medios de comunicación resulta tan exagerado, tan extremadamente conservador, tan vulgarmente norteamericano, que es difícil precisar dónde se ubica la persona real que, suponemos, existe detrás del espectáculo.

La relación entre el mundo político norteamericano y el del espectáculo siempre ha sido estrecha. Y no me refiero solo a las sátiras que constantemente se hacen en los distintos medios, sino a la forma en que los políticos son, también, personalidades del mundo pop. Piénsese, por ejemplo, en las apariciones de Obama en distintos programas de comedia, incluido SNL.

Pero es evidente que el nuevo candidato republicano ha llevado esta relación a un nivel completamente distinto. Porque, si nos preguntamos qué cosa es exactamente Trump, cuál es su profesión, nos encontramos frente a una cuestión difícil de contestar, no por su complejidad, sino, al contrario, por su frivolidad. Su condición de «hombre de negocios» lo ha llevado a explorar una infinidad de campos: desde el mundo inmobiliario hasta los reality shows, de la publicación de revistas a la candidatura a la presidencia.

Quizá lo más llamativo de esta figura pública es su capacidad mimética. No solo miente y se contradice constantemente —algo que siempre se reprocha a los políticos, pero que se le perdona a cualquier celebridad—, sino que llega a inventar personas o, mejor dicho, personajes que complementan su imagen. Esto se ha hecho evidente con la vuelta a la escena de su (supuesto) publicista, John Miller. A principio de los noventa, este personaje habló con los periodistas, en nombre del hombre de negocios, para explicar su situación sentimental —su relationship status. Ya entonces el asunto se aclaró cuando el mismo Trump confesó que él y Miller eran la misma persona y se disculpó por el engaño.

En medio del acalorado escenario político estadounidense, el escándalo ha salido a la luz nuevamente. Esta vez, y después de haber confesado en los noventa, Trump niega haber fingido ser su propio publicista. Este tipo de imposturas son propias de un candidato que constantemente cambia su discurso para ajustarse a las exigencias del público.

John Miller es, por lo tanto, el reflejo perfecto de la estrategia comunicacional de Trump: un personaje inventado para hablar al público sobre lo grandioso que es el candidato. Después de todo, si lo que algunos dicen es verdad y el Trump privado es tan distinto a la imagen que ha construido durante la campaña —la de un negociante exitoso, nacionalista, racista, etc.—, entonces esta persona que aparece frente a la audiencia no es más que un personaje construido para publicitar al «verdadero» candidato. En resumen, es un nuevo John Miller.

Trump es a la derecha lo que la pornografía es a Hollywood: renunciando a las sutilezas que nos permiten aceptar un discurso altamente cuestionable, nos presenta sus posiciones de una manera tan vulgar que raya en lo grotesco. Pero la analogía no señala exclusivamente al carácter pornográfico de la campaña de Trump, sino también a las contradicciones que subyacen al discurso republicano tradicional que, a pesar de intentar mantenerse dentro de lo que algunos llaman lo «políticamente correcto», posee las mismas posiciones que el nuevo candidato expresa sin el más mínimo pudor. Esta caricatura grotesca es la simulación que se ha hecho autónoma. Es este personaje, supuestamente mediático e hiperbolizado, el que hace explícita la ideología plástica de una sociedad que no termina de aceptar los cambios que, irónicamente, ella misma ha propiciado.

Si hay dudas sobre el carácter caricaturesco del candidato, recomiendo ver esta entrevista:

Fuente de la imagen: http://www.falconvoy.com/2015/02/miercoles-de-caricatura-mercurial.html