El voto por delante

por Javier Helgueta Manso

8h

Son las siete de la mañana y me preparo para dirigirme al colegio electoral. La suerte que no nos sonríe en la lotería –tópico que siempre suele venir a cuento, sobre todo si nunca hemos comprado un solo boleto– ha querido ponerme en primera fila en estas elecciones: en la madrugada del lunes será elegido uno solo, pero en todo el día de hoy seremos muchos los presidentes.

España –hoy toca hablar de España como si fuera un territorio singularísimo donde pasarán cosas únicas que no se pueden encontrar en ningún otro rincón del mundo– es un país –o dos o tres o diecisiete– de personas insatisfechas y contradictorias: exigimos derechos y participación, voz y voto en las decisiones y el rumbo a seguir, presencia y protagonismo como individuos y como sociedad, pero de ahí a tener que marchar a depositar nuestro voto y hacerlo encima con la alegría de quien es consciente del privilegio de la libertad y el derecho al sufragio universal… eso nos parece un coñazo. «Que me lo den todo, porque me lo merezco, pero que no me molesten, si es posible». Digamos que este es el ideal prototípico, mayoritario: y quien diga lo contrario miente.

Pobres de los españoles a los que, tras someterles a un proceso electoral cada uno o dos años, más o menos, entre las generales, las autonómicas y municipales, y las europeas, se les exige una especie de prórroga, en estas segundas votaciones, para tratar de clarificar con un poquito más de precisión, sino ya incluso de lucidez, quién quieren que les gobierne. Que Dios nos pille confesados si de aquí salimos con unos resultados similares a los de diciembre y nuestros políticos, queriendo parecerse a nosotros, anteponen sus intereses, urdidumbres y egolatrías, de manera que acabamos yendo a los penaltis, porque se ve al personal un poco exhausto de tanto tener que hacer uso de sus deberes.

La casualidad ha querido que, por razones de trabajo, me acompañe un libro en esta jornada, para los ratos libres que nos dejen los ciudadanos: Poesía completa de Paul Celan. Como bien saben, el poeta rumano-alemán fue capaz de verbalizar, a veces bajo la forma del grito, el horror de los productos del totalitarismo que, por respeto y porque esta jornada tiene mucho de silencio, no recordaré aquí. En este contexto europeo, en algunos aspectos tan similar al de hace una centuria, empezando por ese cansancio y sobreconsciencia de su propia confusión, me parece que Celan será un tercer vocal invisible, el mejor compañero para concienciarse de nuestra parte, no mínima, de responsabilidad en el devenir de las libertades. Algo tendrá esto del voto para que la sangre de miles de inocentes que quisieron hacer uso de él nos siga gritando desde los rincones de la historia. Ante tal certeza, la comodidad, el hastío y la desilusión se vuelven un asunto menor: o eso quiero creer.

Comienza la jornada: por aquí hay uno que se calla y os espera trabajando en la mesa, mientras mis compañeros de la revista Borrador os siguen informando a lo largo del día.

 

El sistema no va a pasar de ti…

por Lucía Bailón

10h

He adelantado un día la vuelta de mis vacaciones para ir a votar. Creo que es la primera vez, sin contar las elecciones del pasado diciembre, que tengo la sensación de estar obligada a hacerlo. Hasta ahora había tenido una actitud política más pasiva, no por dejadez, sino porque me resultaba realmente difícil identificarme con los partidos y el sistema electoral español. Pero como bien me dijeron un día, «puedes pasar del sistema todo lo que quieras, pero el sistema no va a pasar de ti». Y así ha sido. En los últimos cuatro años, gracias a unas elecciones en las que no participé, he asistido a la subida de precios de conciertos, obras de teatro y museos, a los recortes en educación (no solo económicos, cada día peligran más las asignaturas de Música y Filosofía), al despido de periodistas de todas las líneas y grupos editoriales y al cese de programas de la televisión pública, que se ha convertido en un recuerdo casposo de los noventa. La Ley de Seguridad Ciudadana (Ley Mordaza, sin eufemismos) ha encarcelado titiriteros, ha frenado la representación de obras de teatro que, por su contenido, han sido consideradas delitos de terrorismo según el Artíuclo 573, y permite que un policía confisque y destroce mi cámara (y herramienta de trabajo) si lo cree oportuno. No quieren cultura, al menos no el tipo de cultura que fomenta el pensamiento crítico y nos recuerda que no hay ninguna norma establecida que no podamos cuestionar. Sin haber pensado todavía en las reformas laborales que también nos afectan, hoy decido que quiero opinar; aún con la duda de si al final la situación cambiará, quiero participar.

Miro a la gente sentada en el vagón donde viajo, está un poco más lleno que otras veces que he cogido este mismo tren. Muchos llevan ropa de playa y hay bastantes maletas en el portaequipajes. Jornada electoral en período de vacaciones, qué faena. Me pregunto si habrán ido a votar antes de salir o no lo van a hacer. O puede que lo hayan intentado dejar arreglado por correo, como el pasado 20D, cuando más de la mitad de los solicitantes se quedaron sin participar porque no recibían los papeles.

En las últimas páginas del periódico, para mi sorpresa, un  artículo sobre el look de los cuatro candidatos. Ya que el contenido no tiene nada que ver con política, el redactor ha elegido incluir también a Alberto Garzón, al que sitúa en el número uno, «el más acertado y estiloso». Al parecer, los cinco han de encontrar un término medio entre el traje con corbata y la chaqueta de pana para no encasillarse en su posición política y atraer la atención de sus contrarios. Cierro el periódico. En portada comparan el 26,79% de abstención de diciembre con en 32% que se espera para hoy.

 

¿Jornada de reflexión?

por Luis Javier Pisonero

12h

Hoy despierto tarde. Ayer la reflexión se convirtió en fiesta mientras varios conciertos animaban un festival. No parecía afectar, en lo absoluto, el hecho de que hubiese elecciones al día siguiente. Me sorprende esto porque, en Venezuela, cada vez que teníamos elecciones —y hemos tenido bastantes en los últimos años— todo se detenía durante ese fin de semana. Aquí nadie parece estar preocupado por la votación, ni por la reflexión, ni por nada especial que pudiese tener el día de hoy. ¿Les importaba? A mí me importa. Allí nos aterraba, es diferente.

Quizás hemos leído y hemos visto anteriormente lo que queremos, nos hemos preparado y hemos tomado una decisión consciente, conocedora de todo lo que conforma el panorama electoral y lo que nos ofrece cada una de las alternativas que tenemos. Quizás no. Quizás solo hemos visto algunas publicaciones en redes sociales, un par de fragmentos de los debates y las caras que más nos agradan (o que menos nos desagradan). ¿Qué diferencia hay? ¿A cuál de ellos elegimos realmente nosotros, cuál nos representa? Y si ninguno de ellos nos representa, ¿quién podría representarnos? Tenemos a los gobernantes que merecemos, dicen. ¿Nos gobiernan, acaso? Imaginemos que fuesen empleados públicos encargados de hacer funcionar este maravilloso ente que llamamos país, ¿no marcharía mejor si en vez de tanta egolatría y mesianismo asumiesen sus funciones al servicio de la ciudadanía? En cambio, ya sabemos lo que pasa cuando combinamos una palabra como honestidad con la mencionada profesión de político: el resultado parece volverse automáticamente irrisorio.

El mundo sigue aquí afuera. La culpa es nuestra, quizás. Estamos todos comiendo y bebiendo, de resaca o follando. Quizás salimos a tomarnos un café. Porque resulta que tal vez no pasa demasiado si no vamos a votar. Los problemas también se pueden arreglar de otra forma y no es suficiente con decir «yo he votado, yo he cumplido con mi derecho, yo no tengo que hacer nada más». Prefiero que alguien me diga que no ha votado y que, como no ha cumplido con su derecho (derechos, deberes, parece que siempre nos confundimos), tiene que hacer más, tiene que ayudar a solucionar los problemas, a crear una comunidad, a compaginar con otros y ser activamente parte del cambio que quiere ver.

Recuerdo que, en Venezuela, los días de elección eran de absoluta incertidumbre: el miedo nos encerraba a todos en casa, los comercios no abrían, las calles se vaciaban; y luego la tensión de esperar un resultado siempre incierto, un cambio de político que resolviese todos nuestros problemas. Durante el día, todo el mundo, preocupado, se aseguraba de que sus conocidos votaran, de que hicieran todos se movilizaran, de que no dejaran pasar la oportunidad en la votación. Después de ese día, y usualmente después de la dolorosa y siempre extraña derrota, la mayoría parecían desaparecer y olvidar su energía y movimiento.

¿Lo más gracioso de las elecciones? Vamos, llenamos una papeleta más o menos conocida y sentimos que hemos cumplido con nuestra responsabilidad. Ahora, que ellos resuelvan todos los problemas, estamos en democracia.

En ocasiones vemos el fallo en esta idea con relativa claridad: después del cierre de las votaciones, en el referéndum de Gran Bretaña, Google Trends reportó una subida extraordinaria en búsquedas como: ¿Qué es la U.E.? ¿Qué es el Brexit?

¿Para qué votamos, entonces? El mundo sigue sucediendo, allí afuera. No podemos hacer que la democracia sea solo este gesto, este domingo: implica mucho más, e implica también tener consciencia.

El mundo se queja de sus políticos, y George Carlin lo pone así (solo en inglés): this is the best we can do, folks…

Jornada (extra)ordinaria

por Javier Alarcón

14h

En Venezuela, las elecciones quebraban por completo la cotidianidad. No era solo el día de las elecciones; era una campaña que duraba todo el año; era una cobertura absoluta y constante de todos los canales de televisión; era ver a todos tus amigos publicar en las redes sociales fotos que comprobaban la acción de votar —ya fuera mostrando el dedo meñique empapado en tinta, método utilizado por el sistema venezolano para evitar que votaras más de una vez, o publicando una foto en el centro de votación; era, por su puesto, que todos tus conocidos te preguntaran si ya habías votado y, si la respuesta era negativa, venía la parte inquisitoria: ¿por qué no lo habías hecho?

Todo esto resulta absurdo cuando consideramos que durante un buen tiempo tuvimos el promedio de una votación anual.

Así, en diciembre, cuando viví mis primeras elecciones españolas, me resultó sorprendente. Al menos en Madrid, la vida continuó con relativa normalidad. Y quizá eso es lo que más me ha impresionado del proceso: la tranquilidad. No solo eso, sino que, a pesar de que no se logró un gobierno —y por eso estamos votando hoy de nuevo—, la gente continuó su vida sin problema. Más allá, claro está, de los que se dedican a ese campo: la política, en el sentido reducido del término.

Decir que la política es todo, citando los orígenes griegos del término, es un lugar tan común que resulta hasta de mal gusto repetirlo. Sin embargo, en España, la experiencia hace difícil la aprehensión de esa idea. Parece que el ciudadano tiene asuntos más importantes, distracciones para escapar de esa omnipresencia incómoda: la Eurocopa que hoy se proyecta en los bares, aunque la Roja, ese símbolo de unidad nacional al que nadie parece indiferente, juega mañana; quienes no son fanáticos del futbol simplemente busca cerveza y bocadillos para pasar el rato y para compartir con los amigos. Las elecciones, para los más atentos, pueden seguirse en algunos canales. Para quienes no resulta de interés, existe la opción de hacerse la vista gorda. Ni siquiera tienes que ser apático: puedes votar e ir por las cañas antes de volver a casa. Has cumplido con tu deber de ciudadano, ¿para qué más?

Incluso en los centros de votación, la vida se despliega con su aburrida normalidad. Para algunos, ir a votar es hasta una actividad familiar: ves a un combo completo de madre, padre e hijos buscando las dichosas papeletas para cumplir la labor antes de ir a almorzar a casa de la abuela. Además, se puede ver a algunos representantes de los partidos fumándose un cigarro, cumpliendo sus labores políticas. Cada uno encarna, a su manera, los principios que defiende: un jipi barbudo uniformado de morado, un hombre joven con una camisa bien abotonada con algún accesorio anaranjado y, claro, no puede faltar el respetable y elegante señor con la identificación del PP. Mientras se toman un descanso, o mientras hacen lo que sea que hagan, la gente entra y sale sin problemas. Como siguiendo una normalidad que niega, a todas luces, lo extraordinario –en el sentido literal: fuera de lo ordinario, no-normal— de estas segundas elecciones, no solo por ser la segundas en menos de un año, sino por el complejo contexto que las rodea dentro y fuera de España.

 

El inalienable derecho al voto

por Alexandra Macsutovici

16h

Dicen que cuando das por hecho una relación, las cosas empiezan a echarse a perder poco a poco, imperceptiblemente, hasta que un día miras atrás y te encuentras alienado de esa persona que antaño te hacía sentir como el ser más especial del mundo. ¿Ocurrirá lo mismo con los derechos? Si damos por hecho ciertos privilegios, ¿es posible que nos volvamos tan desagradecidos que perdemos de vista el sentido de las cosas, su valor y, con ello, incluso nuestra identidad?

Todos estos interrogantes convergen en mi mente porque hoy es la primera vez que voy a votar. Tengo que confesar que no tengo 18 añitos recién cumplidos –que va, yo ya tengo expresiones tipo «quien los tuviera otra vez».  Es mi primera vez porque estreno nacionalidad española y me hace especial ilusión –las primeras veces, es lo que tienen– ejercer mi derecho al voto como mujer en cuanto que ciudadana. De ahí mi pregunta y a la vez razón de esta breve reflexión: ¿cuántas personas se han planteado hoy la larga marcha hacia el sufragio femenino?

Ocurrió en 1931, tras las incansables reivindicaciones que se hicieron eco de la ola sufragista internacional iniciada por Estados Unidos e Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII. No obstante, el derecho electoral femenino había sido considerado por las Cortes españolas en otras dos ocasiones más, en 1877 y 1907-1908, pero los diputados rechazaron la propuesta en base a argumentos que desvalorizaban las capacidades femeninas para las tareas públicas principalmente, pero también a la sospecha de que alterando la relación entre los sexos desequilibraría su poder y conllevaría a una pérdida de privilegios por un lado y, teniendo en cuenta el mayor peso demográfico de las mujeres, surgía el miedo a perder el control político, por otro. En vista de esta clara incompatibilidad de intereses, la hegemonía masculina no estaba por la labor de mezclar la esfera privada con la pública, pero como se suele decir, a la tercera va la vencida.

El voto femenino llegó de la mano de la Segunda República, pero no fue un camino de rosas. El debate en torno a este derecho electoral dividió la visión unánime inicial del Congreso y la discusión pasó de girar en torno al reconocimiento de un derecho a centrarse en la forma en que debía de hacerse. Ante el artículo 34 del Proyecto de Constitución que decía: «Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de veintitrés años, tendrán los mismos derechos electorales, conforme determinen las leyes», un bloque de la Cámara era partidario de establecer derechos electorados diferenciados, aludiendo a la incultura política de la mujer española y las injusticias que pudieran derivarse de ello; el otro bando era partidario de la igualdad electoral de los sexos y defendía el ejercicio del derecho de ciudadanía sin condiciones, apuntando argumentos de carácter ético. Eran los diputados radical-socialistas y de Acción Republicana frente a una minoría socialista; era Victoria Kent versus Clara Campoamor.

¿Y qué incluían esas enmiendas restrictivas? Por un lado, proponían aplazar el uso del derecho electoral femenino durante 8 años, tiempo estimado para que las beneficiarias interiorizaran y maduraran la responsabilidad de esta concesión y sus hábitos políticos; que solo pudieran acudir a las urnas las «hembras desde los cuarenta y cinco años», medida pensada para evitar las posturas de las jóvenes, consideradas más extremistas; que solo pudieran votar  las solteras mayores de edad, viudas y divorciadas, pretendiéndose evitar el conflicto conyugal en aquellos casos en los que el marido y la mujer tuvieran opiniones políticas diferentes; o que las mujeres no pudieran votar en los ámbitos provincial, regional o nacional hasta que no se renovaran todos los ayuntamientos, condicionando o limitando claramente el ejercicio de su derecho.

No es muy difícil desmontar estos argumentos hipócritas. Pensemos simplemente en que si el sufragio universal masculino no discriminaba entre hombres ilustres, mendigos o analfabetos, ¿por qué el sufragio femenino habría que admitir diferencias restrictivas entre las votantes, si en la Constitución se contemplaban «los mismos derechos electorales para los ciudadanos de uno y otro sexo»? Pensemos también en la ofensa ética implícita en la propuesta de elevar la edad electoral femenina hasta los cuarenta y cinco años, una legitimación de la infantilización de la mujer o del prejuicio derivado de su «falta de aptitudes».

Por suerte, gracias al discurso elocuente de Clara Campoamor, las disposiciones adicionales fueron rechazadas y el resultado final, aunque ajustado, se inclinó hacia los partidarios de la igualdad, reconociéndose el derecho electoral femenino en las mismas condiciones que el masculino.

Con un poco más de suerte, quienes hayan llegado hasta el final de estas líneas, no se olviden quizás de quién fue Clara Campoamor. O tal vez, de aquí en adelante, se acuerden de la fecha en la que el estado español reconoció a las mujeres en tanto que ciudadanas, de forma tan clara y distinta como el nacimiento del Niño Jesús u otras fechas que nos fueron grabadas en la memoria y la tradición, y para las cuales, al menos yo, aplico la hermenéutica de la sospecha.

La acción política más allá de las urnas

por Lucía Bailón

18h

Está todo muy bien tramado para dominar, para que no tengamos una democracia

José Luis Sampedro en Carne Cruda, 15 de mayo de 2012.

Al ir al colegio electoral he recordado el día que me tocó ser vocal de mesa. Para combatir el aburrimiento, jugaba a imaginar por quién habrían votado los electores según edad, aspecto y posición social aproximada (teniendo en cuenta que era un barrio trabajador). Escuchándoles hablar me daba cuenta de que los valores que pudieran defender uno u otro de los espectros políticos estaban, y siguen estando, en peligro de extinción. El dinero se ha convertido en el bien supremo del siglo XXI y es casi la única preocupación de los ciudadanos. Hoy he escuchado las mismas conversaciones. La gestión económica como motivo de fuerza mayor para votar a un partido. Y lo que es aún más aberrante, el voto para evitar que venga algo peor (¿algo peor?), el aferramiento a ese dicho tan terrible, «virgencita, virgencita, que me quede como estoy». Es importante inculcar el miedo al cambio, porque temiendo al futuro, consiguen que se olvide el pasado, no solo de estos últimos cuatro años: que se perdone la corrupción, las reformas laborales y educativas, la negación hasta la saciedad de una crisis, los desahucios (y suicidios) de aquellos que no han podido hacer frente a una hipoteca, la privatización de servicios públicos… todo eso ya no tiene importancia, porque lo que de verdad urge es no convertirnos en Venezuela y seguir siendo un país de clase media, que sí respeta los Derechos Humanos. Que cada uno piense lo que quiera de estos dos últimos puntos.

Decía Arturo Pérez Reverte en Salvados (LaSexta) que España es un país maldito históricamente, cuya tendencia natural es adorar a un dios tétrico y reaccionario, por miedo a perder lo poco que nos queda. Aunque en buena parte comparto su opinión, otra parte de mí no deja de creer en la capacidad de reacción y cambio del ciudadano. Son cada vez más los que no tienen nada que perder, o aunque lo tengan, son capaces de renunciar a ello por dignidad y esperanza en conseguir un cambio. El poder político (al menos el más antiguo) no debería confiarse tanto, porque si bien siempre hay miles de personas dispuestas a tragar, hay otras tantas no dispuestas a hacerlo. Los derechos laborales o el derecho a voto de la mujer no fueron conquistas de un solo día, fueron el resultado de la lucha de una mayoría con poco poder, pero decidida a conseguir su objetivo. Sea cual sea el resultado de las elecciones,  la acción puede y debe continuar más allá de las urnas.

La traición de las palabras

Por Luis Javier Pisonero

20h

La traición de las imágenes. René Magritte

La traición de las imágenes. René Magritte

Ya votamos, ¿no? O ya decidimos no votar. Al menos una parte, o la mayoría, porque falta poco para que las mesas cierren. Se preparan las celebraciones con esperanza, por ahí, se repasan algunos discursos políticos de victoria o derrota y vemos más o menos negro el futuro de la nación. Nuestro deber parece estar por terminar. ¿Hasta cuándo no habrá que preocuparse por una nueva votación? Si no repasamos las propuestas de gobierno, igual es hasta un buen momento para hacerlo. Quizás, cuando las mesas cierren, lleguemos a Google con las preguntas más elementales.

Estamos satisfechos. ¿Lo estamos? Igualmente, empezará la noche (después de los largos días de verano) y nos acercaremos a los bares y las terrazas a brindar una vez más y a hablar de cualquier otra cosa. Mencionaremos, de pasada, algún comentario político superficial y nos mantendremos en un terreno seguro. O lo contrario, nos engarzaremos en un largo debate sobre por qué apoyamos a nuestro partido, si estamos con alguien que no comparta nuestro voto. ¿No les pasa, que parece imposible entender cómo perdió el candidato de su elección después de ver que todos sus amigos en Facebook estaban claros y convencidos de que él era la única opción posible y razonable? Es casi inverosímil.

Resulta que algo sucede con las palabras de sus discursos y los nuestros, muchas veces: nos traicionan. Queremos decir algo y decimos otra cosa, o queremos decir otra cosa y decimos algo diferente, que tal vez suena más bonito y mueve otras fibras. Al final, se trata de convencer, ¿no? Y sabemos que las masas no se mueven por la lógica, ni por las estadísticas, los hechos, las propuestas concretas y sus posibilidades. Es el corazón, el sentimiento, lo que nos mueve. Viene todo del cerebro, pero verlo así es diferente: buscamos la emoción y ella impulsa, entre otras cosas, nuestras decisiones políticas.

Pensemos un poco todo esto, las palabras se regalan (no podemos decir, siquiera, que se venden) a quien quiera emplearlas y aceptan cualquier uso, conmovedor o no. ¿Es su traición a nosotros, o nuestra traición a ellas (y a los otros) usarlas así, sabiendo que las constituimos para convencer? Quizás nuestro fin es noble y bueno, o quizás no, pero ellas quedan a nuestra disposición y aceptan casi cualquier uso, más o menos verosímil, con tal de ser empleadas. Por largo tiempo he visto y escuchado discursos que alteran y tergiversan el sentido de las palabras, que las hacen militantes, ciegas, fanáticas hasta llegar a prostituirlas tanto que quedan desgastadas y vacías. ¿Qué es esa emoción falsa y ese engaño carente de razones, para qué es útil en una votación para elegir a quienes han de servir a un país para funcionar y mejorar? Hay que tener cuidado con las trampas del lenguaje y las traiciones hechas a través de una frase construida, la búsqueda de una emoción que no tiene que relacionarse con algo objetivo.

Podemos ser más o menos conscientes de esto, pero caemos en sus trampas, porque ellas se prestan para ello, abiertas a todo, y se disponen para todos los usos con igual facilidad. A quienes las escuchamos, ellas nos traicionan al prestarse para estas cosas; quienes las decimos, las traicionamos al emplearlas inadecuadamente y con consciencia. No estaría mal pensar esto de vez en cuando, sobre todo al sentirnos arengados: la trampa se esconde fácilmente.

Solo queda esperar…

por Javier Alarcón

22h

En momentos como estos no puedo evitar pensar en el final de la novela The crying of lot 49, de Thomas Pynchon, en el que la protagonista se sienta a esperar ese grito que resolverá, cree ella, el enigma que se plantea a lo largo de la historia. Sin embargo, cuando llegamos a las páginas finales del libro, los lectores, al igual que la protagonista, sabemos que no existe resolución, que ese lugar de completa incertidumbre en el cual ella ha quedado atrapada no tiene salida. Su paranoia y su locura no tienen cura. Así cierra la novela, con el personaje esperando, en suspenso, una respuesta que no termina llegar, sujeta a la esperanza de que algo en el mundo absurdo que habita tenga sentido.

Y así estamos al final de un día de elecciones, atentos frente al televisor o el ordenador, esperando los resultados que supuestamente despejarán el panorama y traerán algo de luz sobre el escenario político español.

Pienso, una vez más, en Venezuela. Teníamos que esperar, generalmente, hasta la madrugada para ver unos resultados que, al final, pocas veces tenían trascendencia. Mejor dicho, más allá de los resultados, el absurdo mundo que habitábamos, con todas sus contradicciones y males irremediables, permanecía relativamente igual: los engranajes seguían moviéndose y seguíamos avanzando por ese camino poco alentador que habíamos recorrido los últimos años.

Parece que España, en este caso, es bastante similar a Venezuela. Para empezar, porque esta situación ya la habíamos vivido. Hay algo de déjà vu en todo esto. Hace seis meses, más o menos, estábamos esperando los resultados de unas elecciones muy parecidas a estas y que trajeron un resultado que, probablemente, será muy parecido al que veremos hoy. Entonces, no pude evitar ver la situación con interés: era la primera vez que podía seguir el proceso con cuidado y en Madrid. El resultado, pensé ingenuamente, obligaba al diálogo y eso me parecía beneficioso.

Sin embargo, todos sabemos qué pasó: las discusiones absurdas, los medios pactos nunca cerrados, las estrategias, los insultos y, finalmente, las elecciones de hoy. En resumen, el absurdo. El mismo que habíamos visto a lo largo del año pasado antes de las elecciones.

Aquí estamos una vez más, frente al televisor o el ordenador, esperando los resultados. Todos hemos revisado las encuestas y tenemos una idea aproximada de quiénes ganaron y quiénes perdieron. Pero permanecemos atentos a ver qué pasa, como la protagonista de The crying of lot 49, esperando que alguna señal resuelva nuestra existencia. Al menos en este caso sabemos que tendremos una respuesta. Tarde o temprano, saldrán los resultados. Como si saber cuántos votos obtuvo cada partido fuera a resolver las contradicciones y cuestiones que se han venido planteando desde hace varios años.

Imagen: líder del movimiento Free Speech, Mario Savia, al frente de una protesta estudiantil en 1964.