El viernes pasado, Borrador organizó un evento en el que miembros de la Escuela abierta de psicoanálisis y del Grupo surrealista de Madrid conversaron sobre el juego. Agradezco a todos los participantes por sus extraordinarias (y mucho más ricas que este artículo) contribuciones. Aquí solo comento algunas líneas sobre el juego, que dan vueltas en mi cabeza.

Un niño se dedica a jugar, ¿cuándo lo aprende? ¿Cómo aprende las reglas tácitas del mundo? Quizás con más violencia y quizás inconsciente de sus límites, comienza, y es poco a poco guiado, encauzado dentro de las convenciones básicas. El niño quiere ser otro, y en el espacio del juego se abre la posibilidad de serlo. ¿Qué otro elegir? Por azar, tal vez, el niño encuentra algunas de sus preferencias a medida que crece. El niño quiere, entonces ser adulto. El adulto, entonces, recuerda el juego porque quiere ser niño, porque quiere volver a un universo abierto a todas las posibilidades.

A veces se quiere ganar, a veces se quiere imponer algo, pero se juega por el mismo hecho de hacerlo: por diversión y descubrimiento. Así, también se juega con el lenguaje: las palabras van tomando forma y nos ayudan a moldear una y nuestra realidad, con ellas. Cuando nos hacen falta otras palabras, las creamos; cuando nos hacen falta imágenes, las buscamos. ¿Cómo expresar lo que sentimos, lo que padecemos, compartir con otros eso tan íntimo que se mueve en nosotros?

La creación se vuelve imprescindible para alcanzar lo social. ¿Y qué pasa cuando el juguete se rompe, cuando el pacto se quiebra? Los límites están claros, el juego siempre es reglado, consciente o inconscientemente, y así hemos de aceptar que queremos participar: jugárnosla.

Dialogamos no solo con otros sino con los múltiples otros que podemos ser: con el niño que fuimos, el adulto que seremos, el triunfador y el perdedor por igual. Incluso en lo cooperativo, nos encontramos con otros que nos encuentran con una parte de nosotros mismos: al darle forma al lenguaje, encontramos una imagen más o menos similar a la que imaginábamos.

La fantasía de un mundo que nos guste, que sea como queremos, que podamos compartir con los otros, y convivir en ellos: decimos lo que vemos, lo que creemos, y nos arriesgamos en ello con total seriedad. Por eso, cuando un jugador acepta participar lo hace siempre seriamente, da todo de sí y se compromete para creer y sostener los pactos en los que se sumerge. No creerlo es ser un aguafiestas, es derribar el tablero y derrumbar las paredes invisibles. El rey está desnudo mientras le sigamos el juego, pero si no aceptamos las reglas con las que algunos han estipulado jugar, estas dejan de existir como fronteras invisibles y convencionalmente creadas. Al menos dejan de existir para aquellos de nosotros que dejamos de creer. Si nada es real, todo es posible.

Creamos, primero en nuestra mente y luego, de alguna forma, en el mundo tangible: damos forma, aunque sea a nuestras palabras, con la esperanza de que estas calen y sean aceptadas dentro de un sistema. Jugamos, siempre, de mejor o peor manera, con buenas y malas rachas, pero si no, ¿qué estamos haciendo? La convención cede y todo cae, y nos preguntamos sobre cada una de las cuestiones que rigen nuestro día: ¿qué sentido tiene, entonces, todo esto?

Nos adentramos en la creación como quien decide entregarlo todo con absoluta y profunda seriedad para, sobre todo, participar en el gran juego, y asumimos nuestros roles —los necesarios para la partida—, y fantaseamos que nuestro mundo tiene sentido: nos movemos en un espacio invisible, pero podemos verlo. Está claro, hasta que alguien nos quiebre esa fantasía, traspase nuestras paredes, destruya nuestra realidad. Esa es su decisión: el aguafiestas sigue, entonces, el juego de la destrucción, y nos deja con las paredes derruidas y los juguetes rotos. Pero no importa, siempre tenemos la posibilidad de volver a empezar.

Imágenes: Fotogramas de Dimensions of Dialogue, Jan Svankmajer, 1982 (estreno en 1992).