Hace dos meses, mucho antes de que empezara la Eurocopa, compré una botella de Coca-cola conmemorativa del evento. Las razones por las cuales caí en una estrategia publicitaria tan sencilla son bastante claras: hace unos años, mi madre compró una botella similar que promocionaba el último Mundial. En pocas palabras, la nostalgia pudo más que la razón y terminé cayendo en una de las más tontas trampas publicitarias, consciente, además, de que lo estaba haciendo.

No soy fanático del fútbol. Tengo amigos que sí lo son y siguen todas las noticias y los partidos. Yo, en cambio, me limito a ver los juegos importantes y, en la medida de lo posible, a seguir los grandes eventos como la Eurocopa o el Mundial. Sin embargo, lo disfruto. Lo confieso: lo disfruto mucho. Probablemente sea una acumulación de recuerdos: el primer Mundial del que tengo memoria está acompañado por memorias de mi hermano y mis padres; además, un partido importante siempre fue una buena excusa para reunirme con los amigos del colegio o la universidad, hacer una barbacoa y tomar cerveza. Más allá, antes de que nos dispersáramos por el mundo, todos los domingos nos reuníamos y jugábamos.

No digo esto para afirmar que el «sentimiento» puede más que la razón y que la «pasión» siempre va más allá del consumismo y el negocio. Por el contrario, lo digo para señalar lo complicado que se ha vuelto trazar la línea que separaría lo que llamaré «auténtico» (por no encontrar una mejor palabra) de lo artificial en un mundo tan vacío, mecánico y consumista. Palabras como «sentimiento» y «pasión» se han vuelto eslóganes vacíos que sirven para vender un producto hecho a la medida del consumidor. ¿O quizá sea más preciso decir que es el consumidor el que ha sido producido por la sociedad a la medida del producto? No lo sé.

Es cierto, puede resultar tedioso y repetitivo decir que el fútbol se ha vuelto un espectáculo cuyo único propósito es vender o en un mecanismo de encubrimiento ideológico. No necesitamos ir muy lejos para buscar ejemplos de esto: entre La Liga y La Roja, los políticos españoles han encontrado en este deporte su mejor aliado. Puede resultar antipático hacer esta crítica, sobre todo porque esto es algo que podemos apreciar en cualquier área, desde el arte hasta las relaciones personales: son demasiadas las manifestaciones culturales y sociales que han sido alienadas por la sociedad del simulacro.

Lo que más preocupa, sin embargo, es la manera en que el público acepta el producto, sin cuestionar. Queremos relaciones como las que vemos en el cine, aventuras como las que nos venden las agencias de viaje y, por qué no, ver el deporte más bonito del mundo. Pocos se preocupan por cuestionar los sueños producidos en masa que nos han vendido los genios del marketing y la publicidad que gobiernan sutilmente nuestras vidas.

Vi el partido de España: sufrí en el primer tiempo, sufrí más en el segundo, una mujer estuvo a punto de tirar mi cerveza por un casi-gol de La Roja y escuché los sentimentales comentarios de los locutores sobre el último partido de Casillas. Supongo que estaré pendiente de los próximos partidos y, quizá, dependiendo de los ánimos, me acercaré al bar a ver uno que otro que me interese. Después, será esperar a que empiece La Liga y, más adelante, el Mundial. Los bares se seguirán llenando y el público seguirá comprando camisetas de la selección. Porque para ellos, supongo, la «pasión» no tiene un precio, aunque esté marcado en la etiqueta de los productos que compran.

Imágenes: Miguel Brieva.