En estos días de campaña electoral y de hastío generalizado, nos llega la noticia de que al otro lado del charco el senador demócrata Christopher Murphy hizo uso de la palabra durante más de quince horas, entre las once de la mañana del miércoles y las dos de la madrugada del jueves. Ríanse ahora de nuestros debates de poca monta.

Resulta que no es la primera vez ni será la última que ocurra en una sesión parlamentaria de los Estados Unidos –hace dos años el republicano Ted Cruz llegó a las veintiuna horas y el récord lo posee Strom Thurmond, que disertó alrededor de un día completo en 1957–. Pero tampoco significa algo novedoso para la historia de la oratoria política. Inmediatamente, al lector le habrán venido a la cabeza los ilustres discursos de Fidel Castro, peroratas que en algún caso alcanzaron las siete horas, y las alocuciones no menos interminables de sus malos imitadores a lo largo y ancho de Latinoamérica y España que, sin embargo, han perfeccionado la emisión de su propaganda creándose canales o programas propios de televisión.

Si bien parece que estemos hablando de dos fenómenos diferentes, pues los casos de los senadores norteamericanos son ejemplos de la práctica de obstrucción política conocida como filibusterismo, una especie de huelga política a la japonesa que se remonta, al menos, a Catón el Joven en su lucha contra Julio César, mientras que los discursos de Chávez & Company constituyen formas, entre el sermón y la arenga, más propias del totalitarismo, ambas actuaciones coinciden en el empleo de la palabra como red de control sobre las mentes y los cuerpos. Claro que en el ejemplo del senador Christopher Murphy el fin justifica los medios –pretendía concienciar una vez más sobre la necesidad de una regulación severa en el uso de las armas–, pero incluso cuando la causa es justa se evidencia que en nuestras sociedades occidentales resulta inviable una estrategia basada en la utilización del silencio en alguna de sus diversas formas.

A lo sumo, el gobernante calla para esconder casos de corrupción o para respetar los momentos de duelo. Pero para alcanzar objetivos políticos, incluso en las democracias, parece imprescindible hacer uso de la fuerza o de la palabra, y la palabra, aun si se emplea por motivos honorables, enarbolada como insulto o torrente es tan solo una forma sofisticada de la violencia.

#TaceProNobis

Imagen: El discurso político, Octavio Moctezuma. 2011, temple y óleo sobre tela.