Cuando consideramos que la comedia romántica tiene sus inicios en películas como Annie Hall (1977), de Woody Allen, es difícil entender cómo hemos llegado a sus formas contemporáneas. Lejos de la producción del director neoyorquino, la industria cinematográfica de Hollywood ha desarrollado un modelo comercial que se adapta a cualquier filme del género. Una estructura tan precisa –y tan efectiva para el público al cual están dirigidas este tipo de películas— que es fácil predecir, desde los primeros minutos, el desarrollo y desenlace de la historia.

Dentro de este esquema, uno de los puntos más complejos es el discurso que se construye en torno a la mujer, el hombre y, evidentemente, las relaciones. Se reafirman prejuicios y estereotipos en torno a los géneros y a la manera en que las parejas —heterosexuales, por supuesto— funcionan. Yendo más lejos, el discurso repite una dinámica que tiene sus orígenes en la novela de caballería: la del hombre indomable que cambia por el amor a la mujer virtuosa. Dicho de otro modo, el chico malo que se hace bueno porque se enamora. Una ficción que pocas veces tiene asidero en la realidad.

Sin embargo, y como es de esperarse, el género evoluciona con el tiempo, se adapta a la época en la cual aparece la película y, a pesar de repetir ciertas estructuras narrativas y discursivas, no deja de presentar novedades. En este sentido, dos películas, una del año pasado y otra de hace apenas unos meses, llaman la atención por la aproximación paródica que realizan a los estereotipos que suelen ser el punto de partida para las comedias románticas: Trainwreck (2015) y How to be single (2016).

La primera es, quizá, la que hace parodia de manera más explícita al tener como protagonista a una mujer que no cree en la monogamia y cuya vida se define en la juerga. La protagonista de Trainwreck, además, es interpretado por Amy Schumer, una comediante que, en sus stand-ups, se presenta de la misma manera. La coincidencia entre el personaje y la actriz se acentúa cuando Schumer, también guionista, admite que la película contiene guiños autobiográficos. Pero la inversión va más lejos: no es solo que la protagonista femenina asume los roles típicamente masculinos, sino que su contraparte masculina asume los tradicionalmente femeninos. Interpretado por Bill Hader, el personaje asume las actitudes que esperaríamos, en este tipo de películas, de una mujer: no sabe cuándo llamar después de la primera cita, pide consejos románticos a sus amigos y quiere sentar cabeza en una relación seria. Así, la película asume cierto carácter paródico sobre el género.

En How to be single, la parodia es mucho más matizada. Tenemos un personaje que se asemeja al que interpreta Schumer en Trainwreck, pero en este caso no es protagonista, sino la mejor amiga del personaje principal. La película propone una vida similar para la mujer soltera, alejada de los lugares comunes que nos dicen que siempre están buscando al hombre perfecto con el cual casarse, nos muestra que ellas también disfrutan de su independencia tanto como los hombres. Sin embargo, la protagonista, en este caso, se debate entre la vida alocada de la mujer soltera y la de una relación seria y estable. La historia nos lleva a través de los conflictos que, en teoría, toda mujer atraviesa en su vida sin pareja. Presentando un final conciliador, cierra sugiriendo que, más allá de la independencia, el Amor (así, con A mayúscula) puede estar esperando en la esquina.

Esta es la parte en la cual el discurso vuelve al espacio heteronormativo al que Hollywood nos tiene acostumbrados. Porque incluso el personaje de Schumer termina aceptando que todos necesitamos una relación seria y estable. Los estereotipos invertidos que sostienen el humor a lo largo de la historia quedan normalizados en un final made in Hollywood. Cuando volvemos a Annie Hall, volvemos a sorprendernos con las diferencias: la película de Allen es un recorrido a través de una relación con todas sus contradicciones, nos muestra su comienzo y su final, y cierra con una reflexión agridulce sobre la vida, propia del cine de este director. En contraste, las comedias románticas modernas, en su mayoría, nos muestran historias artificiales que responden a las expectativas de una sociedad que desea mantener la norma, incluso a costa de los individuos y las minorías que no entran dentro de este modelo.

Imagen de cabecera: Don Jon, Joseph Gordon-Levitt, 2013.

Imagen destacada: Annie Hall, Woody Allen, 1977.