Llegamos al mundo chillando y nos marchamos de él envueltos en una mudez sobrenatural. Pero un escalofrío recorre la espalda al pensar lo cercanos que están el grito y el silencio cuando el hombre se ve tanto en la necesidad como en la obligación de responder a la vida. Especialmente si esa vida, gracias a la cual hemos aprendido a ser irónicos, le ha concedido el privilegio del horror.

Mucho sabe de esto la Europa del último siglo, desde la Gran Guerra hasta el presente drama de los refugiados y, a pesar de su larga y certificada experiencia, ni el mutismo, ni la palabra, ni el alarido han resultado herramientas eficaces. No han servido para evitar la tragedia ni para frenar a tiempo el irracionalismo, ni para verbalizar la catástrofe en su justa medida. Tan solo fuimos —y somos— capaces de sentir el «estupor», como afirma el gran Valeriano Bozal al estudiar a los artistas de la postguerra.

Desde un punto de vista antropológico, en pintores como Francis Bacon y en poetas como Paul Celan parece darse una conjunción de las diversas y posibles expresiones con que un ser humano puede manifestar el dolor y la memoria: desde el balbuceo al llanto, desde el olvido a la agresión, desde el ascetismo al suicidio. En esta falta de respiración del alma, por medio de cabezas deformes y tulipanes decapitados, de pinceladas metamorfoseantes y de palabras inventadas, su particular grito es ahogado, inaudible, y su genuino silencio resuena con el estruendo de la peor verdad en la llanura de la historia.

#TaceProNobis

(Imagen: Tres estudios para figuras en la base de una crucifixión, Francis Bacon)