Me ha pasado varias veces: me encuentro conversando con un amigo y, en medio de la discusión, cita un argumento o un chiste de internet, y lo hace casi literal, como si se lo hubiera aprendido de memoria. Quizá la palabra cita esté mal utilizada: en ningún momento explicita dónde ha leído lo que está diciendo, simplemente se ha apropiado de lo que leyó en alguna página web. La única razón por la cual me doy cuenta de que es una cita es, evidentemente, porque yo también he leído el mismo argumento en internet.

No espero que todos tengamos argumentos propios y originales, o que nuestros chistes sean siempre y necesariamente de nuestra propia invención. Estoy bastante consciente de nuestras limitaciones: lo que sabemos, creemos, decimos y pensamos lo tomamos prestado de los discursos que encontramos en la cultura. La contraparte de esto es evidente: si todos leemos lo mismo, si todos visitamos las mismas páginas de internet y vemos las mismas series y películas, entonces todos pensaremos y diremos lo mismo. Esto es especialmente cierto en internet, donde una noticia se puede repetir incontables veces en distintas páginas con pequeñas variaciones.

Irónicamente, el internet, que puede ser una fuente inagotable de información, se ha transformado en el artífice del pensamiento (bastante homogéneo) de la sociedad. Las razones que pueden explicar esto son muchas. Para empezar, cuando hacemos una búsqueda en Google, los resultados tienen un orden relativamente determinado y será más o menos igual para todos. Asimismo, las redes sociales han servido para viralizar ciertos contenidos. Tranquilamente, los usuarios reciben toda esta información y se la aprenden.

Hay algo sospechoso en la globalización. ¿Hasta qué punto es un dialogo constante entre distintas culturas, sociedades e individuos, y hasta qué punto ha servido para imponer opiniones únicas, por lo menos en occidente? Igual de sospechosa resulta la democratización de la información. Los riesgos de la democracia, entendida de manera llana y sin entrar en detalles, son bien conocidos: la anulación de las minorías y la validación de opiniones mayoritarias que son altamente cuestionable. En política este es un problema que enfrentamos constantemente. Quizá deberíamos tener el mismo cuidado con la información que está al acceso de todos y preguntarnos, para empezar, cuál es la información a la que no tenemos acceso –a veces por simple omisión, porque está en la segunda página de la búsqueda de Google y no en la primera.