Por Alexandra Macsutovici

El conocimiento es una construcción. A la vez, el conocimiento en tanto que construcción nominalista necesita de un proceso deconstructivo para ser. No lo digo yo, lo dice la postmodernidad. ¿Qué lío, verdad? Seguro que si digo que para poder llenar tu taza, hay que vaciarla primero, se me entiende antes.

Un antiguo profesor me dijo una vez que, para comprobar si tienes conocimiento sobre algo, es decir, comprobar si realmente entiendes algo, ese algo tendrías que ser capaz de explicárselo a tu abuela. Allá va:

Abuela, vivo en un mundo en el que todo vale y nada vale. En un mundo en el que la mayor certeza es la incertidumbre. En un mundo de realidades fragmentarias en el que forjamos nuestras identidades sobre la marcha. Vivo en la «sociedad del logro», desprovista de una dirección determinada, y día tras día, siento que la postmodernidad líquida me engulle con velocidad, me aturde entre bucles infernales y me escupe sin digerir en la teoría del caos. Es cuestión de moverse o hundirse y, como artista de mi vida, llevo a hombros la tarea y la responsabilidad de construir y de renovar mi identidad, pero al final del día siento la nostalgia de unos ideales románticos de unidad y compromiso, y me pregunto: ¿Quiénes somos y hacia dónde vamos?

Este es uno de los rasgos predominantes de la modernidad líquida: nuestras identidades autoconstituidas, «identidades en palimpsesto», en status nascendi. Nuestras identidades oscilan entre dos dimensiones puesto que por un lado su construcción es una exigencia para sobrevivir, pero por otro lado poseerla de por vida es una carga, un lastre que constriñe el movimiento y del que hay que deshacerse si se quiere permanecer a flote.

Por lo tanto, la libertad del individuo moderno, sin vínculos, condenado a constituirse a sí mismo, es una bendición mixta que oscila entre la contraposición de la autonomía y la vulnerabilidad, entre la tarea de constituirse a sí mismo y el hecho de ser constituido por otro. «Verdad verdadera»: para que unos pocos sean libres, artistas de sus vidas, otros muchos tienen que ser arrinconados… y para eso tenemos la sociedad de consumo, para que la sensación de libertad tenga un alcance amplio y llegue a todos, aunque solo sea una ilusión. Pero esa es ya otra historia, y yo he venido aquí para hablar de mi libro. El sociólogo Zygmunt Bauman decía que «para hacer llevadera una vida de perpetua precariedad, un margen de “precariado” se ve obligado a formar su subjetividad a partir de las objetivaciones (hostiles y creadoras de estereotipos) de otros». (El arte de la vida. De la vida como obra de arte, 2008, ed. Paidós). Ahí estoy yo abuela, porque he nacido mujer. Después de tantos siglos de lucha, sigo presa de un estereotipo, prescriptor de lo que debe ser una mujer, de cómo debe ser una mujer y del lugar que debe ocupar. Porque el cuento de que somos hijos del mundo postmoderno líquido y su culto a la velocidad, la novedad y el cambio, hijos de la autocreación y la autoafirmación, en definitiva, hijos de la bendición y la maldición que supone la autodeterminación humana, no opera al mismo nivel para los hombres que para las mujeres. Ya sé que hablarte de las limitaciones a las que estamos sujetas las mujeres no es nada nuevo para ti, abuela, pero al menos tú tenías al enemigo localizado porque operaba bajo formas hostiles. Ahora el patriarcado, como parásito mutante y adaptable que es, se ha transformado genéticamente hacia formas de machismo benevolente y se esconde detrás de la igualdad formal para decir a todo el que se quiera dejar engañar que los micromachismos solo son alucinaciones de las amargadas feminazis porque no tienen un hombre en su vida que las quiera y que la igualdad de género está prácticamente conseguida en la sociedad española. Al menos eso se deduce de los dos últimos grande debates políticos a cuatro (9J ellas, 13J ellos), cuando solo se acordó un par de minutos finales a la mención de la violencia machista –que no olvidemos, ha asesinado a 1378 mujeres en los últimos 10 años–, siendo además, solo uno entre los muchos aspectos de las desigualdades de género sobre los que se podría y debería hablar. Lo que no se nombra, no existe, decía Wittgenstein…

Lo que sí se nombra es la relación directa entre el crecimiento económico y la felicidad, considerada una de las verdades más incuestionables y evidentes. Mediante los índices del PIB los países miden el crecimiento o descenso de la felicidad de sus habitantes. No obstante, esta estrategia de hacer feliz a la gente prometiendo elevar sus ingresos no parece que funcione, puesto que junto con el aumento del nivel de vida y el bienestar subjetivo también incrementan las tasas de criminalidad (más robos, más trafico de drogas, más corrupción económica…) y se crea una sensación de inseguridad difícil de soportar. ¿Qué hay de malo en esa asociación? La incertidumbre como hábitat natural de la vida humana. La felicidad se convierte en un bien individual y en el motor de nuestra búsqueda vital, pero la experiencia humana se vive ahora dentro del desequilibrio constante de la nueva sociedad, dentro de la incertidumbre y la ambigüedad que caracteriza nuestra cultura y en torno a la cual moldeamos nuestras vidas y nuestras identidades.

Ya no concebimos nuestra cultura como un sistema que subordina la libertad de los elementos al «patrón de mantenimiento» de la totalidad, ni tenemos un sentimiento de pertenencia a una comunidad integradora que restringe y preserva en función de un código de conducta uniforme, monótono y adscrito a un espacio y a un tiempo. Liberados del marco institucional, nos vimos con una libertad individual y de elección nunca antes experimentada y nos convertimos en artistas del arte de la vida en un contexto de desarraigo e «hibridez cultural». Ejercemos nuestra libertad de autodeterminación en un escenario desconcertante, que si por algo se caracteriza es por la escasez de puntos de orientación sólidos y fiables.

Abuela, ¿has entendido algo sobre el mundo en el que vivo como joven? Yo tampoco. Así como tampoco entiendo qué ha pasado el 26J. Respeto la libertad individual pero no entiendo cómo algunos pueden vivir sus vidas en base a «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer», sabiendo que sus decisiones (spoiler alert) afectan a sus hijos, a sus sobrinos y a sus nietos. No entiendo a esa parte de España socializada en el franquismo que votó en base al miedo y al Brexit. Y tampoco entiendo cómo las mujeres, siendo la mitad de la humanidad, siguen rehenes del infantilismo. ¿Cuántas mujeres tenemos en la política que representen nuestros intereses? Por qué asumir que el sexo femenino está representado y defendido por el masculino es como afirmar que los derechos del trabajador están representados y defendidos por el empresario. ¿Acaso Amancio Ortega o Isidoro Álvarez estaban defendiendo los derechos de los niños explotados en la India o Bangladesh mientras engordaban las cuentas de resultados de Inditex y El Corte Inglés, respectivamente? Y NO, no digo que todos los hombres sean malos, perversos y merecen arder en el infierno. Digo que hombres y mujeres han sido socializados en un universo patriarcal y han aprendido todo lo que saben sobre el funcionamiento del mundo en el que viven desde una óptica androcentrista, es decir, tomando al hombre como referencia por antonomasia. Qué leches, hasta yo reconozco haber tenido comportamientos patriarcales y comentarios sexistas, y seguiré pecando en ocasiones. Pero lo primero es darse cuenta, es reconocer que no es lo mismo venir a este mundo siendo hombre que siendo mujer.

No se tienen las mismas expectativas, ni se aplican los mismos valores. Hombres y mujeres no tienen los mismos privilegios y tampoco se les educa en las mismas obligaciones. El hombre es un sujeto en sí, pero la identidad de la mujer viene supeditada a su condición reproductiva y en relación y dependencia de la forma dominante falocentrista. Las mujeres nos movemos en cajitas, somos «madres de», «novias de», «hijas de», «de derechas», «izquierdas», «lesbianas», etc., pero los hombres son ante todo hombres, un colectivo homogéneo que comparten un valor común, el honor –al menos así me explico ciertos fenómenos como llamar machista o maltratador a un hombre y que la ofensa sea de todos–, mientras que las mujeres tienen que defender la honra, susceptible de perderse. Pues bien, ¿qué pasaría si como mujeres uniéramos esas cajitas, que juntas, conforman el 51% de la población española?, ¿Qué pasaría si las mujeres nos ofendiéramos al unísono con las construcciones culturales esencialistas y reduccionistas arraigadas en el imaginario simbólico, y nos escandalizásemos todas con la cosificación de la mujer, la reducción a su cuerpo y su consiguiente mercantilización, los vientres de alquiler, la legalización de la prostitución o los escasos modelos alternativos de feminidad?

¿Qué pasa con la insuficiente representación de la mujer en el poder? A los detractores de las cuotas y la paridad les recordaría que los hombres y las mujeres acceden de forma diferente al poder porque no tienen el mismo acceso a los recursos, ni disponen de los mismos tiempos, ni comparten los mismos modelos de socialización –y con ello, el acceso a las amistades influyentes–, por lo que debería resultar obvio que la igualdad real necesita de una igualdad formal que la respalde.

Durante la crisis, el propio Ministerio de Igualdad fue suprimido y reintegrado dentro del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, y teniendo en cuenta que esta remodelación sigue vigente en la actualidad, quizás pueda ser un indicio de la prioridad acordada a la igualdad de género en la agenda política.

Recordemos por un momento la Ley Orgánica 3/2007 de 22 de marzo, para la Igualdad efectiva de mujeres y hombres (LOI), que impulsó medidas para fomentar el principio de presencia o composición equilibrada en los cargos de responsabilidad y el ámbito político. Casi una década más tarde, ¿acaso se cumple ese mínimo legal (40/60) para una composición equilibrada de mujeres y hombres?

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FUENTE del gráfico: Elaboración propia. FUENTE de datos: Elaboración del Instituto de la Mujer a partir de datos facilitados por el Ministerio de Administraciones Públicas (hasta 2007), el Ministerio de la Presidencia (2008 y 2009), el Ministerio de Política Territorial (2011) y el Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas (desde 2012)

 

FUENTE del gráfico: Elaboración propia. FUENTE de datos: Elaboración del Instituto de la Mujer a partir de datos obtenidos a través de las páginas web de los distintos organismos; en el caso de los datos del Consejo Económico y Social, los datos proceden de FICESA. Nota: Datos extraídos a fecha 16 de junio de 2015

 

FUENTE del gráfico: Elaboración propia. Fuente datos: Elaboración del Instituto de la Mujer a partir de los datos publicados por las Reales Academias en sus respectivas páginas web.

Las desigualdades de género se reproducen en el acceso al poder de forma indirecta, menos obvia y, por tanto, más difícil de denunciar, aunque esa discriminación latente se puede rastrear y medir por los resultados diferenciales observables al comparar el porcentaje de participación de las mujeres en las esferas del poder político. Según datos del INE y el Instituto de la Mujer y para la Igualdad de Oportunidades (IMIO), el porcentaje de mujeres desempeñando cargos ejecutivos en los principales partidos políticos era de 28,3% en 2004 y, tras la LOI, los valores incrementaron hasta el 31,6% en 2008, y el 35,7% en 2011.

Según datos más recientes, los resultados de precedentes elecciones del 20D mostraron una representación femenina del 39,4% en los escaños del Parlamento, frente a un 39,2% en las del 26J. En cuanto a las formaciones políticas que tuvieron mayores porcentajes de mujeres en el Congreso, estas fueron Podemos (49,8% el 20D y 47,9% el 26J como Unidos-Podemos) y PSOE (45,5% el 20D y 43,5% el 26J), y las que menos, PP (35,7% el 20D y 37,9% el 26J) y C’s (20% el 20D y 21,9% el 26J).

No es cuestión de posicionarme ideológicamente. Los datos hablan por sí solos: las desigualdades de género se acentúan en los gobiernos de derechas y se atenúan en los gobiernos de izquierdas. Con esto tampoco digo que he aquí la panacea, pero al menos da que pensar. Sobre todo porque se presupone que la mitad de los votantes del PP y de Ciudadanos son mujeres, mujeres que apoyan a los partidarios de la reforma de la Ley del aborto de Gallardón, la iniciativa de legalizar la maternidad subrogada presentada en marzo por C’s en la Asamblea de Madrid, sus posturas con respecto a los permisos y prestaciones por maternidad y la ausencia de una propuesta equivalente e intransferible por paternidad, la negación por reconocer la violencia de género como violencia machista sufrida por mujeres precisamente por su condición de mujer, su oposición a las cuotas… Y mi mente entra en la espiral de lo absurdo.

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Fuente: Elaboración Propia Fuente de datos: Elaboración a partir del Instituto de la Mujer y para la Igualdad de Oportunidades a partir de los datos publicados en la Web del Gobierno de España Más información: www.lamoncloa.gob.es/Paginas/index.aspx

Cierto es que la presencia de las mujeres no garantiza la representación del discurso feminista, pero al menos garantiza su visibilización, la presencia frente a la ausencia. Al menos posibilita el cambio en los modelos femeninos presentes en la sociedad y dentro de unos años quizás dejemos de escuchar a las niñas «de mayor quiero ser modelo o actriz» para escuchar «de mayor quiero ser presidenta».

Acabo tal y como he empezado. El conocimiento es una construcción que hacemos entre todos y todas, y desde nuestro conocimiento situado –siempre lo es, ya sea desde un cuerpo, un lugar de procedencia o una clase económica–, proponemos, pero uno construye el conocimiento a su medida, puesto que los seres humanos ni somos objetivos, ni somos neutrales. Desde el punto de vista feminista, mi visión periférica me hace ser más crítica con la visión central porque la mirada de género desvela muchos errores epistemológicos, y es desde ese privilegio epistémico que digo que ya es hora de acabar con esos mitos que pretenden legitimar el presente ajustando la realidad pasada al paradigma patriarcal. Vale ya de que los hombres eran cazadores y las mujeres estaban con los niños de compra por la sabana, cuando la realidad –menos fabulosa– es que más bien éramos todos carroñeros. (Esa separación prehistórica de roles es solo una ucronía de la alta burguesía del siglo XIX, momento en el que los hombres dominaban el espacio público y las mujeres estaban en el privado, trasladando su modelo socio-económico para reconstruir el pasado y darle sentido). Vale ya de que el espacio público sea dominado por los hombres porque a las mujeres se nos siga percibiendo como unas invitadas en él. Vale ya de los recortes en ley de dependencia, que en último término, han devuelto a la mujer al espacio privado. Vale ya de la disparidad en el uso del tiempo entre hombres y mujeres. Vale ya del desconocimiento de la Ley de Conciliación. Pero oye, revalidemos el mandato del PP otros cuatro años. Seguro que esta vez será diferente.

(Imagen: Vanessa Beecroft, Vogue Hommes, 2002)