Entre una cartelera bastante floja, museos y cafés abarrotados de turistas, y aslfalto ardiendo hasta bien entrada la noche, la celebración anual de PhotoEspaña es uno de los pocos atractivos que le encuentro a Madrid cuando llega el verano, una estación con la que nunca me he llevado bien.

Tras una docena de exposiciones vistas (¿alguien ha conseguido alguna vez recorrer el festival completo?), una mirada me ha dejado una huella diferente a las demás: Nagli – 4631, de Maris Maskalans, fotógrafo y director de cine.

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Hace siete años, el autor quedó fascinado por los habitantes de Nagli, al este de Letonia. Instaló unos fondos de estudio en diferentes puntos del pueblo, y durante dos años se dedicó a retratar a todo aquel que quisiera participar en su proyecto. El resultado, una serie de personajes totalmente atemporales, que podrían ser desde unos campesinos de la Gran Depresión, hasta los protagonistas de una película de Ken Loach.

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Maskalans sabe cómo conseguir una complicidad total con las personas que están frente a su cámara. Cuesta no ver una reivindicación de la clase obrera en ellos, tanto en las imágenes como en los pies de foto, en los que el fotógrafo ha decidido incluir fecha de nacimiento y ocupación. En la mayoría de los casos: desempleados, jubilados, pescadores y trabajadores del campo. Todos ellos están retratados con fuerza y dignidad, con las ropas sucias y rotas que llevaban en ese momento, pero sin caer en la lástima que habría sido tan fácil para una mirada menos empática. Al contrario de lo que ocurriera con los retratos de la Farm Security Administration, a veces demasiado centrados en buscar el punto más dramático de la situación, Nagli no pretende mostrar un tipo de pobreza que dé pena, sino una clase social que, aún teniendo todo en contra, no baja la cabeza porque no tiene nada de lo que avergonzarse. Está también muy presente la influencia estética de Richard Avedon, con la repetición de un fondo monocromo y la utilización de planos medios y americanos, ligeramente contrapicados, «mis retratados siempre han de estar por encima de mí».

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Llaman especialmente la atención los retratos de niños y adolescentes, que bien podrían pertenecer a la campaña publicitaria de una marca de moda joven, parecida a la imagen minimalista que Calvin Klein quiso vender en los 90, inspirada precisamente en las clases trabajadoras estadounidenses.

Maris Maskalans demuestra que no hacen falta grandes artificios ni complejas ideas compositivas y conceptuales para conseguir una buena fotografía. Basta con saber cuándo lo que se tiene delante es de verdad.

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