Hace dos años asistía estupefacto a los varios espectáculos de la Nochevieja Universitaria de la Plaza Mayor de Salamanca. Aun a sabiendas de que lo que allí me encontraría no era precisamente mi onda y de las precauciones que algunos compañeros me extremaron —«No te lo recomiendo… la Nochevieja Universitaria se celebra en Salamanca y casi no va ningún salmantino, ¿por qué crees que pasa?»— me puse mi traje de antropólogo de tres al cuarto para hacer trabajo de campo a fin de confirmar, como Santo Tomás, que creía cosas porque las había visto.

Tan solo resistí una hora, pero fue suficiente. Vi heridas y llagas, como el famoso apóstol: peleas, botellas volando, vomitonas, basura desparramada sin consideración a los establecimientos y conjuntos monumentales, comas etílicos, jóvenes sobrepasándose —y consiguiendo en algunos casos, por la connivencia de la afectada, lo que buscaban—, sirenas confundidas entre una algarabía indescifrable. La noche continuó, a pesar de mí, y algunos amigos enfermeros tuvieron que lidiar con situaciones desagradables e innecesarias durante toda la madrugada hasta verse desbordados: «Solo nos faltó montar un hospital de campaña, como cuando hay alguna catástrofe… no dábamos abasto ante tantas incidencias».

Lo que está pasando en San Fermín un año más nos escandaliza pero no nos puede sorprender. El ejemplo de toda una generación dista mucho de asemejarse al título con el que se autoproclama: la generación más preparada de la historia. No quisiera caer ahora en la tentación de pensar que ese porcentaje importante de jóvenes que durante todo el año realiza la ruta del desmadre a lo largo de todo el territorio —El Rocío, la Tomatina, la Nochevieja Universitaria, San Fermín, Ibiza…— forman también parte del futuro, porque me cuesta imaginar cómo se pueden levantar las ruinas con ejércitos de inconscientes, pero sí poner el acento en el grado de culpa que nos compete a cada uno, desde el ciudadano medio al político que está en las alturas, y de nuestra falta de clarividencia cuando, en nuestro intento por disfrutar desesperadamente, olvidamos las responsabilidades y obligaciones que debemos seguir manteniendo. No obstante, pedir civismo supone colocarse en el ojo del huracán a riesgo de que lo consideren a uno conservador por vilipendiar el carácter dionisíaco de la vida. Solo al ocurrir desgracias como las del Madrid Arena o como las repetitivas agresiones sexuales múltiples, el conjunto de la ciudadanía toma algo de conciencia, lo cual nos duele profundamente a los que nos hemos mantenido firmes en la crítica desde que tenemos uso de razón.

No hace falta convocar a un consejo de sabios sobre mecánica clásica para comprender que una sociedad que no sabe cuándo parar difícilmente conocerá su lugar de destino: la burbuja inmobiliaria, la corrupción salvaje y el descontrol ofensivo de los ritos de celebración me parecen manifestaciones de una misma y voluntaria vileza.

Imagen: La romería de San Isidro, Francisco de Goya, forma parte de la serie de Pinturas Negras, 1823.