Cuando Pascal se abismaba al contemplar las vastas extensiones, lo infinito espacio-temporal y su silencio —prueba de un temor a lo indominable, como bien recuerda Ramón Andrés—, o cuando se maravillaba Leopardi ante la enormidad del mar, también haciéndose eco del mutismo reinante pero, esta vez, conjuntándose con lo contemplado, en correlación con el concepto neoplatónico de unidad, el hombre ejercía una doble operación hoy muchas veces enfrentadas: tanto cálculo como expresión.

Que la consecuencia en aquel momento fuera una fórmula o un fragmento poético no es indiferente como resultado, aunque sí como impulso. La distancia entre el científico y el poeta se reduce al mínimo en la circunstancia de la contemplación del universo y, previamente, en el comezón con que nos inflama la curiositas. Se podría decir que todo ser humano que desea y se extasía en la observación del mundo y del universo es un científico, un pensador, un poeta, e incluso un creyente en potencia; todo a la vez, aún cuando no registre nunca, ni por las vías del número ni de la palabra, lo que acontece.

No obstante, se advierte todavía cierta indiferencia e incluso desdén hacia el ejercicio de la palabra, sea empleada para el análisis del mundo sea en su vertiente de expresión poética, por parte de algunas personas de ciencia que no comprenden o no quieren comprender la dedicación plena y excesiva —tal vez en esto podamos estar de acuerdo en algunos casos— a problemas exclusivamente humanos o estudiados desde perspectivas humanas, herencia quizá de un antropocentrismo histórico casi inevitable. Estos asuntos y estas metodologías parecen pequeños e incluso nimios en relación a la inmensidad de los retos que plantea el universo. A todos ellos, las reflexiones literarias de Pascal deberían devolverles a un talante más abierto. ¿Por qué un matemático y físico como Pascal recurre a la palabra para expresar lo que, en un principio, podría y debería ser explicado con el uso de las herramientas propias de las ciencias?

Sea por la necesidad de comunicar a los demás hombres estos milagros y terrores, sea porque en la introspección mediante el lenguaje se desarrolla también el conocimiento, sea porque el lenguaje se concibe como un ingrediente más del cosmos —aún por ser incluido en el próximo paradigma de la física que supere o unifique los modelos anteriores—, no cabe duda de que en este ejemplo pascaliano, citado hasta la saciedad, en este gesto que hoy, por desgracia, se practica en menor medida debido a la atracción de las pantallas, al ensimismamiento en los libros o a la alienación de los laboratorios, se encuentra un reducto profundamente humano y profundamente cósmico: una criatura poseedora de la maravilla —quizás calculable— de la vida se repliega, con voluntad propia, hacia lo universal que le guarda y le aguarda, que le formó y le forma, produciéndose el engarzamiento más simple y más perfecto entre el más allá y el más acá, dos infinitos que se hallan a cada lado de una misma puerta. Siendo el hombre tan pequeño como es, su movimiento de respeto asombrado e intento de comprensión hacia dicha infinitud resulta tan lógico como encomiable por ser el único del que hasta ahora tenemos constancia en todo el universo. Ese gesto es, en definitiva, en donde humanistas y científicos deberían aún hoy poder entenderse.

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