Antes pensaba que los bancos eran un recurso fácil para aquellos diseñadores de espacios públicos que necesitan rellenar plazas, paseos y avenidas para así agradar a los concejales de turno, convencidos de que se preocupan por los ciudadanos. Me los imaginaba mirando el plano, o la maqueta, como rapaces con gafas, diciendo: «y aquí, ponemos unos banquitos, que hay un hueco libre; total, ¿quién se sienta en un banco en medio de ningún sitio? Tan solo jubilados, solitarios o las dos cosas». Y entre risotadas maléficas dibujan esos asientos sobre el plano.

Luego me di cuenta, como paseante, que solo veo los bancos cuando realmente los necesito. Camaleones urbanitas que se manifiestan cuando quiero apartarme del camino. El otro día me senté en uno de ellos para pensar en ellos. Porque, queramos o no, necesitamos parar, retirarnos a la cuneta para que sean otros los que pasen a nuestro lado, que sean otros los protagonistas de una obra de la que, al menos a veces, necesitamos hacer un mutis por el foro. O, simplemente, queremos salir de ese camino y estar en otra parte. De alguna manera, esos bancos son máquinas del tiempo que nos trasladan allá donde queremos estar realmente.

En una ocasión, bajé rápido las escaleras del metro con la intención de coger el tren al vuelo. Lo perdí. Derrotado, comencé a dar vueltas, pequeños paseos de ida y vuelta, repasando un andén prácticamente vacío mientras esperaba el siguiente metro. No estaba solo. Dos chicas estaban sentadas en uno de los bancos metálicos del andén. Ovilladas, hechas un tierno lío de piernas y brazos, las chicas miraban las vías pero no veían un hueco negro lleno de cables y suciedad. Veían otra cosa porque estaban en otro sitio. Convirtieron ese banco público en un espacio íntimo. No estaban en el metro, no esperaban un tren, no estaban atentas al tiempo que quedaba, ni a los extraños que las observábamos, algunos con desprecio, otros con envidia. Estaban en ese sitio en el que querían estar y nadie les íba a decir lo contrario.

Mi banco favorito está en Londres, en el interior de la Abadía de Westminster. En las entrañas de ese complejo turístico-religioso hay un pequeño claustro donde se reparten diferentes oficinas y despachos. El silencio lo invade todo a pesar de la afluencia de curiosos y fieles. Es como si ese espacio estuviera envasado al vacío. Y en medio de uno de los caminos que conectan ese pequeño claustro hay un banco de madera clara. Es recto, sobrio, sin filigranas. Tan solo un banco para sentarse. La única concesión es una dedicatoria, una plaquita en el centro del respaldo recuerda a los generosos donantes que ayudan a conservar ese espacio. Me podría quedar horas, siglos, como el bueno de Virila, sentado en ese banco, congelado en ese instante o transportado a otros miles de momentos más en los que me gustaría estar, al menos, durante un segundo. Solo estuve una vez sentado en ese asiento, pero de alguna manera ese banco también tiene mi nombre.

29mayo2016

Texto: Joel López Astorkiza.

Sobre la foto:

Fecha: 29 de mayo de 2016

Lugar: Dalieda de San Francisco, Madrid.

No pude acercarme mucho porque el chico no me miró muy bien cuando me vio rondar con la cámara. El contraste del pañuelo rojo de ella con el verde que los rodea me fascinó. Junto con el azul+amarillo es la combinación más utilizada por los directores de fotografía.