En el mundo del arte, para producir, a veces se cree que hay que trabajar, a veces se cree que hay que estar tocado por alguna bendición divina. Quienes me leen con frecuencia, ya saben mi postura; quienes no, seguro la deducirán en unas pocas líneas. La última película de Woody Allen ha tenido, en general, una crítica positiva y, después de verla, creo que la impresión que me ha quedado es la de haber visto una película bien hecha, aunque tampoco sé si diría que una obra genial. No me interesa hacer una reseña de la misma, sino reflexionar sobre la producción artística.

Woody Allen produce películas inexorablemente. Sabemos que, cada año, tenemos una cita con él y que procurará sorprendernos de alguna forma, dentro de sus fórmulas, gestos y estilo (que podemos ver repetirse también en esta película). ¿No les pasa que, en algún momento, Jesse Eisenberg actúa de forma que parece estar imitando al Woody Allen que actúa? La dirección es potente, mueve a los personajes, a los escenarios y a toda la película de una manera impecable, manteniendo el ritmo casi sin perderse en ningún momento. La práctica, la experiencia, y el conocer el proceso tan bien lo hacen que parezca que la película es llevada con naturalidad, sin esfuerzo alguno.

La película toca el tema, también, de un joven esperanzado que busca su oportunidad. El «coste de entrada» es un término eminentemente utilizado en el mundo de los negocios y las finanzas. Establece lo mínimo necesario para participar en un nuevo mercado y tener una cuota del mismo. Por extensión, el coste de entrada, y el coste de salida, pueden utilizarse para referirse a lo necesario para empezar (y terminar) algo nuevo y desconocido. Veámoslo en la película: el coste de entrada para conseguir un trabajo y un papel en Hollywood es muy alto, se necesitan contactos, dinero, poder. El protagonista tiene un contacto, y se le comienzan a abrir puertas. Y existen también otras maneras. Por otro lado, el coste de entrada para manejar un exitoso club nocturno en la época es, pues, otro. Ahora veámoslo en el arte en general, el coste de entrada para hacer una película es algo más allá del conocimiento, incluso más allá de los contactos con conocimientos. Conocidos, dinero, productores, alguna proyección previa. De una forma u otra, se limita la posibilidad de acceder en ciertos circuitos de distribución, y así el arte se mantiene en cúpulas limitadas, de aquellos que han logrado alcanzar el «coste de entrada» mínimo.

¿Coste de entrada en la poesía? Recitales, amigos poetas, amigos editores, amigos jurados, y así. De esta manera, grupos cerrados impiden que cualquier persona pueda acceder a un mercado laboral y lo mantienen en control. ¿Por qué queremos esto, en vez de abrir posibilidades, de estimular la creación y ampliar la novedad, la innovación, el acceso a cualquiera que se esfuerce lo suficiente y demuestre ser lo suficientemente bueno? En parte por comodidad, por facilidad, por tantas razones que demuestran que requiere menos esfuerzo cribar entre una serie limitada de individuos. Es egoísta, pero podemos alegrarnos de que esto ha ido cambiando con los años, y cada vez es más sencillo regular estos comportamientos irregulares, buscar que exista una igualdad de oportunidades, hacer el intento de que todo esté visto bajo un criterio más o menos uniforme, igualitario.

Sé que hablo de dos cuestiones diferentes, y poco sobre Woody Allen y su última película, pero confío en que cuando ustedes la vean, pensarán en la forma en la que los personajes encuentran sus oportunidades, y entran o salen de los mercados que buscan. Todavía estamos atrapados en el capitalismo, aunque los años han cambiado un poco desde aquella época, pero ¿qué tanto? ¿Y hacia dónde vamos? Woody Allen lo hace otra vez, y nos muestra una sociedad en particular, y sus relaciones, pero con aspectos humanos que podemos extender a casi cualquier otro grupo, con sus diferencias y similitudes (pensémoslo, desde donde estamos: ¿es justo?): ahí continúan, presentes, las relaciones de poder. ¿Cuál es el coste de salida?