«La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando»

«El arte es una mentira que nos acerca a la verdad»

(Pablo Picasso)

a María

 

Picasso además de ser un extraordinario artista, es una cantera extraordinaria de frases que se han convertido en clichés de nuestro tiempo. Transmutado en posavasos, pañuelos, bolsas y otros souvenirs lo conocemos hasta sin querer conocerlo, hasta sin interesarnos por su labor artística. Su impacto es, entonces, aún más extraordinario. Se expande más allá de aquellos a quienes les interese el arte. No significa esto que sus frases no sean ciertas, o certeras, significa meramente que su significado ha sido elongado como producto de una manera tal que inevitablemente se distancia de lo que en un principio quiso formular.

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Como escribía Cesare Pavese, trabajar cansa. Escribir, también; escribir constantemente, cansa. Aunque solo estemos sentados frente a la pantalla, o a la pared, aparentemente inmóviles; o vagando por las calles, o deambulando en nuestras mentes; cansa. Las palabras no llegan o, peor, cuando llegan y las releemos nos asquean. Las ideas están un poco secas, uno ha perdido la práctica por tomarse algunos días libres, o está desactualizado.

Las frases que cito de Picasso al comienzo del texto seguro las hemos visto tantas veces que nos parecen incuestionables. ¿Lo son realmente? Tienen la suficiente ambigüedad como para escabullirse entre los recovecos de cualquier justificación y permitirnos la posibilidad de utilizarlas casi dentro de cualquiera de nuestras creencias sobre el arte. Picasso fue, sin duda alguna, un prolífico creador. Hablar hoy, por extensión, sobre el proceso de escribir todos los días, de escribir sin parar, de crear cuando no hay y cuando hay inspiración, por igual, y luego volver sobre lo que se escribe, y despedazar, editar, rasgar, recrear lo creado sin miedo de que pase nada, de que se modifique el material, de que se altere, cambie, una y otra vez, sea otro y diferente, y aún siga siendo nuestro o no.

Las contradicciones están allí: si es nuestro, ¿qué importa editar? Si no, ¿qué importa hacerlo? Llegue por inspiración o por esfuerzo, sea verdad o mentira, esa creación artística cobra existencia de entre los materiales que utilicemos para ella y luego requiere edición. La edición es imprescindible. No importa qué tan grandes creamos que somos, qué tan portentosa y magnífica sea nuestra habilidad, es natural que un proceso creativo requiera trabajo, práctica, esfuerzo, ensayo. Si parece que nos sale bien a la primera, pensemos: ¿cuántas horas, días, semanas, hemos pasado dándole vueltas en nuestra cabeza, forjándolo? Luego, claro, es otro proceso. En algunas artes es más claro que en otras, pero eso no significa que en todas no sea parte de la creación. Insisto sobre un punto que hemos mencionado en otras ocasiones, pero pensemos en quienes admiramos, indaguemos un poco y veremos que cada vez es más evidente para el público que existen sus bocetos, sus borradores, sus trabajos ocultos, o no tanto. Aprender a editar es tan imprescindible para la creación como aprender las técnicas en cuestión, aprender a ver, a leer, a tomar decisiones y elegir sobre el proceso mismo que se está llevando a cabo. Solo así es posible que cobre vida más allá de nosotros el producto creado, si quieren verlo así, que sea una mentira que nos acerque a la verdad, que la inspiración nos encuentre trabajando, y mucho más.

Hemingway, Fitzgerald, Picasso, Pessoa, Caravaggio… Todos, sin excepción. Piensen conmigo, para terminar el artículo de hoy, en algún creador admirado. ¿Conocen cómo editaba, cómo trabajaba su obra? ¿Saben de sus editores, de sus correctores, de sus lectores previos a la publicación? ¿Conocen a alguien que insiste en que no lo hace y que, tarde o temprano, se delata? ¿Alguna frase, manuscrito o muestra de esa parte que permanece oculta ante el destello que resulta la obra finalmente concluida, o abandonada?

Imágenes: Fernando Vicente.