¿Puede un debate orientado en dos direcciones contrapuestas tener un mismo horizonte? Este es el caso del feminismo árabe, cuyo panorama vigente está polarizado entre la defensa de la igualdad y los derechos de la mujer por parte de mujeres feministas laicas de cultura musulmana, por un lado, y mujeres musulmanas abanderadas por el feminismo islámico, por otro.

Actualmente, ambas formas de activismo de género conforman un feminismo plural de amplio espectro que ya sea desde el laicismo como desde el islamismo reclaman el empoderamiento de las mujeres con propuestas de emancipación y lucha por la igualdad desde múltiples escenarios de actuación. Al menos esa es la teoría. En la práctica, esa propuesta de emancipación está hecha desde dos enfoques diametralmente opuestos y en los debates de crítica social —encuentros además financiados por la Unión Europea que favorecen los enfoques culturalistas y diferenciales desde hace algunos años y excluyen la alternativa— tiene la exclusividad, o casi, el feminismo islámico —tildado de oxímoron, de impostura, por algunas mujeres árabes—, partidario de la indumentaria islámica como signo de empoderamiento de las mujeres musulmanas.

Si al lector le resulta igual de paradójico que a mí considerar el velo como un indicio de empoderamiento femenino, quizás le ayude contextualizar las políticas a favor o en contra, para posicionarse «con conocimiento de causa», como se suele decir.

El primer feminismo árabe de finales del siglo XIX, impulsado desde un ideario modernizador propio de la mentalidad colonizadora, se desarrolló inicialmente en Egipto y en Siria—Líbano y su influencia se sintió en el resto de los países árabes del Norte de África y Oriente Próximo. Desde el razonamiento de los textos religiosos islámicos, se interpeló la opresión femenina presente en la reclusión de la mujer en casa, la poligamia, los matrimonios forzosos y el uso del hiyab, como prácticas que no derivaban del islam. Esta última cuestión, la del velo, suscitó polémica desde entonces y hasta ahora, puesto que se introdujo en el debate como un símbolo de atraso cultural  y, por el contrario, se propuso el desvelamiento como liberación de la mujer del significado patriarcal que conlleva. Sin embargo, la mirada crítica del postcolonialismo interpretó el desvelamiento como una ansiedad europea por despojar a las mujeres árabe-musulmanas del símbolo de su cultura e identidad, disfrazándola de emancipación femenina en clave occidental. De esta manera y, enmarcado en un discurso de emancipación nacional, el uso del velo adquirió otro significado simbólico: el de cohesión identitaria y de resistencia anticolonial. A partir de los años 70, con Arabia Saudí a la cabeza, los países del Golfo se enriquecieron espectacularmente gracias al petróleo y, como consecuencia, se exportó al resto de los países árabes un discurso islamista tradicional, estricto, conservador y antimoderno. Tras esa reislamización de las sociedades, las mujeres fueron las que más perdieron, volviendo a imponerse el velo o la indumentaria islámica completa.

Por lo tanto, frente al primer feminismo liberal e ilustrado, que consiguió el acceso de las mujeres a la educación superior y al trabajo, o la no imposición del velo, se potenció, desde fuerzas ideológicas fundamentalista, el velamiento como signo de identidad personal y colectiva, y del discurso dominante en torno al lema “El islam es la solución” derivó un feminismo islámico fundamentado en teorías poscoloniales, muy crítico con el feminismo árabe liberal y laicista, al que tacha de imperialista.

Este nuevo feminismo (1) entiende la verdadera liberación de la mujer en la revalorización de su cultura, poniendo énfasis en la religión islámica —y no en la adopción de valores extranjeros— y en la aplicación de la sharía, pero depurada de las falsas interpretaciones del patriarcado en torno al Corán; (2) condena el patriarcado imperante en el islamismo y reivindica un mayor protagonismo de las mujeres en el islam y en la esfera pública; (3) se nutre de conceptualizaciones culturistas e identitarias, por lo que las mujeres pasan a ser, más allá de mujeres egipcias, marroquíes, palestinas, etc., en primer lugar musulmanas, siendo la indumentaria islámica, como el velo, su bandera visible y una expresión de identidad libremente elegida.

Visto lo dicho —¿o viceversa?—, cabe hacerse de nuevo la pregunta inicial: ¿puede un debate orientado en dos direcciones contrapuestas alcanzar el mismo objetivo? Personalmente, coincido con que supone una lectura simplista considerar el hiyab como un mensaje identitario y un gesto político detrás del cual están los vendedores ambulantes de sueños del discurso fundamentalista, pero a la vez, me parece que una mujer que quiere liberarse utilizando un gesto con fuerte connotación religiosa esta mucho más alienada que liberada. No digo que el diagnóstico de las causas de la opresión sea erróneo, pero sigo manteniendo mi escepticismo sobre unos modos de emancipación que pasan por las prácticas religiosas que niegan y excluyen del campo de los debates sociales al feminismo de libre pensamiento, heredero además de los primeros movimientos feministas árabes.