En este momento, casi un mes después de su llegada a España y dos desde que se estrenó en Estados Unidos, parece absurdo escribir una reseña sobre la nueva versión de Ghostbusters. Igual de inapropiado sería redactar una defensa de la película, por lo menos en el sentido meramente cinematográfico (calidad del guion, de la producción, etc.). Sin embargo, después de haber dedicado un artículo a la recepción del primer tráiler en Youtube y otro al lanzamiento del segundo, no podía dejar de escribir sobre el tema una última vez, sobre todo cuando había asumido una posición tan clara frente a la polémica.

En este punto, la mayoría de los lectores será consciente de lo ocurrido después del estreno. La crítica ha tenido una respuesta medianamente positiva ante el reboot. Los fanáticos, por otro lado, coherentes con lo que vimos los meses previos a la llegada del filme a las salas de cine, la han rechazado por completo. La película ha sido un fracaso comercial –y no uno pequeño–, por lo que es poco probable que veamos una secuela. Esta situación repite la recepción que tuvieron los tráileres: la calidad de la película queda a un lado, en tanto que el público freaky no está dispuesto a aceptar semejante «traición», una traición agravada, además, por el cambio de género.

Como un inciso necesario, quiero señalar que me inclino a dar la razón a los críticos. La nueva versión de Ghostbusters no es una genialidad —tampoco lo era la original—, pero dentro de lo que cabe esperar de este tipo de comedias, no está nada mal. El guion fluye con naturalidad, los personajes se construyen de manera coherente y el humor es efectivo. No me detendré a defender estas afirmaciones porque, como dije, me parece un poco tarde para hacer una reseña. Sí hay, sin embargo, un aspecto de la película que me interesa subrayar: su carácter paródico, enmarcado dentro de su intención feminista.

Una constante en la nueva versión son los guiños a su predecesora, desde el logo que un graffitero dibuja en el metro hasta las breves apariciones de todos los protagonistas originales. Pero lo relevante es, quedó claro desde que se anunció la producción, la inversión de géneros que permite voltear la mirada del espectador hacia cuestiones sociales que muchas veces preferimos ignorar. Por ejemplo, a diferencia de los cazafantasmas originales, que son simplemente desprestigiados por ser científicos «poco serios», las nuevas protagonistas tienen que lidiar con figuras de poder masculinas que las critican, entre otras cosas, por la forma en que se visten. El ejemplo resulta muy fácil y la crítica parece un lugar común, pero no por esto deja de ser pertinente.

Mas la inversión paródica funciona, como es costumbre, sobre la obra que busca parodiar. El poner protagonistas femeninas es una forma de criticar el discurso que se conjura en el reboot, no solo la película original, sino la ideología imperante en Hollywood. En este sentido, el personaje de Chris Hemsworth resulta ejemplar: la secretaria de los cazafantasmas originales no era ni de cerca tan tonta como su encarnación masculina, pero la hiperbólica estupidez del nuevo personaje sirve para señalar la manera en que los personajes femeninos que suelen ocupar ese rol (en cualquier película) son disminuidos.

Como parodia, Ghostbusters es una película que va contra sí misma, un discurso que busca desmontar los mitos que está invocando: es una nueva versión del filme original, pero busca criticar las fallas de este clásico y de la cultura pop a la cual pertenece. Esto no es un hecho ingenuo ni una interpretación halada por los pelos por mi parte. Después de todo, el villano final de la película es una versión monstruosa del logotipo de la franquicia. Es difícil saber hasta qué punto los guionista hayan previsto la polémica que generó el film (con toda seguridad no fueron capaces de predecir su fracaso comercial), mas esa batalla final entre las nuevas protagonistas y una versión corrupta y monstruosa del simpático fantasma que representa a los cazafantasmas parece reproducir dentro de la pantalla lo que ocurrió fuera de ella: el choque entre el reboot y los fans de las películas originales.

Recientemente leí un artículo que cuestionaba el método que utilizaba la película para apelar a una consciencia feminista: ¿Está mal enfocado el feminismo en Hollywood? El artículo criticaba la nueva tendencia de hacer remakes que invirtieran los géneros de los personajes, en tanto que ya se han anunciado otras producciones que repiten el procedimiento. Así mismo, llamaba a realizar nuevas producciones con mujeres como protagonistas (al estilo de Frozen y Star Wars). De manera general, no tengo ninguna crítica a este argumento. Para empezar, es cierto que esta estrategia encubre una forma de reciclaje mediocre con objetivos meramente comerciales, este tipo de producciones se suman a la nueva ola de reboots y remakes que buscan desesperadamente exprimir el jugo a los viejos éxitos hollywoodenses. Asimismo, el feminismo no debería centrarse solo en la deconstrucción del discurso machista, sino en generar una nueva forma de entender la figura femenina dentro del cine.

Esto no cambia, sin embargo, la efectividad de los mecanismos paródicos a la hora de repensar nuestra cultura y es aquí donde difiero del artículo, por lo menos en lo que respecta a Ghostbusters. La película sirve para sacar a relucir la complejidad del problema que enfrentamos, al parodiar un clásico nos recuerda que, primero, ningún objeto cultural es inocente, sin importar lo alabado que sea, y, segundo, que ninguno debe estar libre de cuestionamientos. Más allá, la polémica que levantó sirvió para sacar a flote las opiniones misóginas que de manera más o menos encubierta siguen imperando en nuestra sociedad.

En mi artículo sobre el segundo tráiler, señalé que el film se enfrentaba a un público prejuiciado. En otras palabras, Ghostbuster estaba, en cierto sentido, condenada al fracaso. La calidad de la película importaba poco, los fanáticos de la serie original se habían negado a aceptar la nueva versión. Esta forma de conservadurismo se mezcló con un discurso machista que nos recuerda las contradicciones de nuestra sociedad. Desde cierto punto de vista, esto demuestra la efectividad de la película: su capacidad de desmontar el mito que algunos defienden de que la igualdad existe y que el feminismo es un radicalismo innecesario y hasta perjudicial.

Sin embargo, desde la perspectiva comercial, nos encontramos ante un fracaso rotundo.

No creo que el feminismo esté «mal enfocado», por lo menos en este caso. La película sirvió para poner a la sociedad en un lugar incómodo, al cuestionar objetos que creíamos consagrados. En el proceso, su crítica mostró su efectividad al mostrarnos cómo el problema está lejos de ser resuelto. Esto puede parecer obvio a muchos, pero no podemos dejar de recordar que existe una tendencia por negar el feminismo y su importancia dentro de la sociedad. Algunos llegan a afirmar que la necesidad de esta postura crítica está «superada».  Pero cualquiera que lea los comentarios de los usuarios de Youtube al primer tráiler tendrá que reconocer que no hay nada más lejos de la realidad.