El sol cae a plomo sobre Castilla. Tanto que ni siquiera sus paredes de adobe son capaces de aliviar la temperatura en el interior de sus casas. En el corral desde el que escribo, las moscas disfrutan inquietas de sus últimos aleteos: una se ha posado cerca del ordenador y la tentación de la mano me resulta irresistible: un amago en el aire y… en ese instante… algo que frena a la muerte –quizás la misma muerte. La mosca debía ser machadiana, porque me recordó «todas las cosas»: «Cuando matas a una mosca» decía mi abuelo «otras cien vienen a celebrar el funeral».

El abuelo no está, ni su voz en este corral donde el desvencijamiento de las puertas no es signo de un deterioro causado por el tiempo, sino testimonio de una supervivencia lograda gracias a los retazos de una guerra innecesaria y condición natural, desde hace siglos, de una tierra descastillada por obra y omisión.

En sus pueblos semideshabitados –despoblación que, por extrañas circunstancias, se ha cebado especialmente con los que fueron nuestros dos más poderosos reinos– el «forastero de ciudad», como tantas veces nos llaman, tiene ante sí un espectáculo de contrastes: los trinos o graznidos y los vuelos de sus pájaros, el silencio de sus paisajes, la amplitud de sus cielos y horizontes –incluso la calidez abrasadora de sus soles–, invitan a la ascesis. Por el otro lado, la contemplación de las ruinas –y de las reformas–, pero especialmente las conversaciones de los lugareños, improvisadas y sin fin, en los dos sentidos de este sintagma, en donde se destila tanto el humor estepario, como la sabiduría de la universidad del campo, como la realidad cruda: –«yo hablo castellano», decía también mi abuelo, cuando una palabra sonaba más alta que la otra– nos hacen tomar perspectiva en esta hipermodernidad homogeneizadora.

No es casualidad que a mi verborrea urbana le suceda un callar prolongado por estos lares: cuando vengo al pueblo casi no hablo: escucho. Todo es interesante: desde la historia, casi leyenda, sobre la caída de la antigua iglesia románica hasta una disertación sobre el estado de las migraciones de aves acuáticas, en imparable descenso; desde el repaso de algunas comidas ya olvidadas a las que se debieron acostumbrar en la carestía de la posguerra a la visión sobre el injusto reparto de presupuestos de la Junta o a la descripción emocionante de la Salve que se entonó en las últimas fiestas.

La memoria viva salta al paso del forastero, emerge a raudales con que se ponga un poco de atención a esa vida que pasa en dirección a los recodos de la muerte. A través de lo más humano, con sus deslumbramientos y sus sonrojos, Castilla nos sigue esperando, cada día menos rumorosa, más estática, conservando a duras penas el poso de otros siglos.

#TaceProNobis

Imágenes: fotografías del autor