Ha pasado un mes desde que publiqué un artículo aquí. Me siento bastante diferente de aquella persona que escribía antes de las vacaciones de agosto. Que yo cambie no es extraño, dice la vieja canción. Y de tanto escribir, y tanto globalizarnos, no nos sorprende demasiado eso de ya haber cambiado varias veces desde esta mañana. No imaginaba que los días pasarían así, ni que los cambios se sucederían como se han sucedido. Estoy en un lugar nuevo, en algo que siento como un mundo paralelo, extraño a mí, que no reconozco. Si le preguntara a mi yo de hace un mes, no sabría justificarlo. Las vueltas que da la vida.

Quizás para algunos de quienes me leen, resulta sencillo ver con claridad sus pasos futuros, y pueden avanzar con determinación y certeza en una línea aparentemente recta hacia sus objetivos. Si es así, ¿cómo se sienten al respecto? Los míos me parecen lejanos; son vastos, y todos los caminos parecen llevarme a ellos. Así voy, avanzando, buscando con persistencia esa lejanía casi imposible. Como quien corre durante toda la vida para luego correr cien metros, o quien lee infinitamente para escribir veinte palabras.

Comienzan a resonar en nosotros, quizás, los lugares comunes: que todo va a estar bien, que el tiempo de dios es perfecto, que estamos justo en el lugar en el que tenemos que estar. Pero no. Quizás cada hoja que cae del árbol no tiene otro propósito que caer, marchita, en la tierra, y ninguna de sus paradas, piruetas y movimientos en el aire tiene un secreto oculto. Si quizás quería ir a otro lugar, no. Si quizás quería continuar volando, no. Si quería hacer algo diferente, con el juicio del que carece, no podría haberlo hecho. Están el viento, la gravedad y la tierra.

Pero nosotros no somos árboles, ni hojas. Nos empeñamos y persistimos en lo que creemos, nos damos golpes y, en ocasiones, aprendemos. Aprendemos de los errores y de los aciertos, encontramos nuevas maneras de crecer, de conocernos a nosotros mismos. Y es posible que, un día, después de contemplarnos durante las horas de calma que nos trae (o no) el verano, veamos el reflejo de nosotros mismos en la piscina, preguntándonos a dónde queremos ir; y nos dice lo que tenemos que hacer, lo que podemos hacer para lograrlo. Entonces imaginamos la tranquilidad de querer algo simple; pero imaginamos más, y el afán nos lleva a correr más rápido, a saltar más alto, a luchar con más fiereza hasta ser la mejor versión de nosotros mismos. ¿Y entonces, luego, qué? La rueda de la fortuna siempre vuelve a girar. ¿Dónde estamos, ahora? ¿Qué será de nosotros al final del camino?

Imagen: Office in a small city, Edward Hopper, 1953.