Es casi una verdad universal que un buen villano resulta más atractivo que el héroe. En pocas franquicias esto se ha hecho notar como en Batman, cuyo antagonista, el Joker, disfruta de una popularidad tan arraigada como la del personaje principal, llegando incluso a superarlo, como ocurrió en la segunda parte de la trilogía de Christopher Nolan, The Dark Knight (2008).

¿Esto significa que el público le da la razón al Joker o, a pesar de lo atractivo del personaje, los espectadores siguen inclinándose hacia el bando de Batman? En una película como la dirigida por Nolan, esta pregunta cobra sentido cuando tomamos en cuenta que ese es el punto central del argumento: cuestionar al héroe a través de un villano que es simultáneamente su opuesto y su reflejo. La ambigüedad es el eje central de la trama, desde el inicio hasta la escena final, y esa es una de las razones por las que esta sobresale por encima de las demás películas de superhéroes, incluidas las otras dos partes de la trilogía de Nolan.

Resulta decepcionante, en este sentido, que la nueva encarnación del villano, que apareció este verano en Suicide Squad, sea tan plana. Pero no es sobre el Joker que quiero llamar la atención, sino sobre su pareja: Harley Quinn. El personaje femenino fue uno de los más populares de la nueva producción de DC, si no el más popular. Con una personalidad atractiva, una locura simpática y una historia compleja, resaltaba en un grupo lleno de villanos planos y estereotípicos. Debemos sumar, además, el atractivo físico de la actriz que la interpretó, Margot Robbie, que no pasó desarpercibido a los medios ni al público.

Una de las cosas que más llamó la atención del personaje fue su amor por el Joker. Poco después del estreno, el internet se llenó de comentarios sobre la relación entre los villanos, definida por la locura de ambos personajes.

Cuando miramos de cerca el amor del Joker y Harley Quinn, no podemos evitar notar lo nocivo que es. Solo en la película, para no tener que recorrer todas las referencias culturales, desde dibujos animados hasta cómics, que existen sobre ellos, podemos notar la agresión física y psicológica que ejerce él sobre ella, así como el carácter posesivo de la relación. Sin embargo, esto queda encubierto por el carisma de la pareja y por la estética chillona y medianamente caricaturesca del film. Repite, en este sentido, lo que veíamos en la serie animada de los noventa.

Sin embargo, algo separa ambas interpretaciones de los personajes. La serie animada que dio origen al personaje de Quinn (Batman: the animated series, 1992-1995) tenía una moral maniqueísta. No había ambigüedades:  Batman era el bueno y sus enemigos los malos. No se podía esperar algo distinto si consideramos el target infantil al cual estaba dirigida la serie. Suicide Squad no es tan clara en su planteamiento. El mismo argumento de la película (y del cómic en el que se basa), un grupo de villanos utilizados para hacer el bien, supone que los personajes se mueven en un espacio indeterminado. Son villanos, pero villanos «humanizados» a través de sus historias. Deadshot, por ejemplo, es un criminal para ayudar a su hija.

Es dentro de esta ambigüedad que Harley Quinn se hace complicada, ya que su humanización viene a través del amor que siente por el Joker. No es solo su obsesión por el villano, por el cual está dispuesta a tirarse a un barril de químicos sin importar las consecuencias, es la forma en que el amor se vuelve su redención. En una de las escenas finales, Enchantress, la antagonista, seduce a los protagonistas mostrándoles sus deseos más profundos y prometiendo hacerlos realidad. La fantasía del personaje de Robbie la muestra en un hogar, siendo ama de casa, atendiendo a su hijo y a un normalizado Joker. En el fondo, nos dice la película, ella solo busca ser querida por el hombre que ama. Su historia es la tragedia de una mujer que ama a un hombre inestable, pero que está dispuesta a sacrificarse por él.

Este tipo de discursos, que redime una relación nociva a través de la noción de amor, tiene unas implicaciones profundamente cuestionables. Que el concepto de amor está asociado al sacrificio e incluso al sufrimiento no resulta novedoso en occidente, desde el amor de Cristo hasta representaciones de anteayer en el cine de Hollywood (por ejemplo, la trilogía de Fifty Shades of Grey). Esta es solo una más de sus expresiones. Resulta llamativa por lo explícita que es. Lo más complejo es la aceptación que han tenido ambos personajes, así como lo atractivos que han resultado para los espectadores. Nos seguimos moviendo dentro de una forma de pensamiento que no solo acepta que el amor puede existir hasta en una relación abusiva, sino que ve en el amor una justificación (trágica) del sufrimiento de los personajes, sobre todo de la mujer. En el fondo, parece que términos como «romántico», «amor» y «pasión» siguen siendo eufemismo para procesos sociales que comúnmente están asociados a formas de opresión.