«Gracias a Dios», «Por Dios», «Dios mío», «Si Dios quiere»… son expresiones que producimos y reproducimos a diario, mecánicamente, sin reparar en su origen o en su razón de existencia. ¿A qué llamamos Dios?, y mejor aún, ¿es el Dios de las mujeres el mismo que el Dios de los hombres?

Usar a Dios hoy en día no es más que un modo de hablar para muchos; para otros, tomar en vano a Dios es una blasfemia e irreverencia. Para unos, Dios es una excusa artificiosa o, al menos, un concepto mutilado que se debe poner en una relación más digna y adecuada que rezar plegarias y besar íconos o estatuas. Para otros, Dios es un objeto de fe, un garante de lo verdadero y de lo justo, un recurso contra el mal de este mundo. Para estos últimos, todo pasa por una razón; Dios controla el destino y lo mejor es dejarse llevar, puesto que el azar es la lógica de Dios y no hay nada que entender más allá de vivir interpretando la voluntad divina en los signos de la vida —toda una apuesta por delegar responsabilidades, que debe ser como mínimo reconfortante, tal y como afirman estudios recientes, que también certifican algo más, y que a los religiosos les va a gustar menos.

La realidad es que Dios es una noción humana en la que somos a la vez autores, producto y prisioneros. Como mujer, es inevitable preguntarme acerca de qué cabe esperar de mi relación con Dios, entendiendo mi experiencia religiosa como distinta a la de un hombre. ¿Por qué?

Porque para una mujer, las definiciones de lo humano no valen, o si valen, son imposiciones de origen humano-masculino y son limitadoras. Porque como mujer, no se me permiten las mismas cosas. Porque los pilares de la estructura patriarcal de casi todas las sociedades actuales están asentados sobre una ideología marcadamente sexista que tiene su origen en el propio acto de la creación. Porque el mito de la primera mujer —en la tradición judeocristiana— está cargado de desprecio hacia el género femenino: Eva, creada después y a partir de Adán por el mero hecho de servirle de compañía —y de servirle a secas, ya que estamos—, es la máxima encarnación del pecado. No solo se dejó seducir por el diablo, sino que arrastró por el camino de la perdición a Adán, y esta leyenda afectó profundamente a las ideas tanto masculinas como femeninas acerca de la naturaleza de las mujeres —imperfectas, débiles y manipuladoras—, ideario que además trascendió la religión y se plasmó en nuestra filosofía, en nuestras leyes y en nuestros comportamientos cotidianos.

¿Qué puedo esperar de la relación con mi Dios cuando las dos mujeres más conocidas de la historia del cristianismo son una virgen y una prostituta, o cuando estas dos mujeres son conocidas en razón de ser la madre de y, según distintas versiones, la novia/mujer de? O madres o putas, o santas o pecadoras… ¿Para cuándo el modelo intermedio? ¿Y por qué esta obsesión por las vírgenes (vírgenes que dan a luz, vírgenes que esperan en el paraíso…)? Es curioso que una de las cosas que tienen en común las distintas religiones es el afán por controlar la sexualidad femenina.

Volviendo a mis ovejas, como diría un dicho rumano, ¿qué me quiere decir mi Dios cristiano, ese Dios parido y amamantado por una mujer, ese Dios traicionado por sus compañeros y entregado a sus enemigos, pero nunca abandonado por las mujeres, que siguieron a su lado en sus horas más oscuras? La respuesta se desprende del desfase entre la identidad humana representada por el hombre y la noción de Dios; se desprende de la condición femenina dependiente, precaria y expuesta al arbitrio masculino; de las teorías de complementariedad y de los mandatos de subordinación como modelos para la felicidad humana. Porque la religión cristiana ha sido determinante en la definición de los espacios y los roles de género y porque desde la religión se ha argumentado y justificado la confinación de la mujer al espacio privado del hogar, mientras que en la cúspide de las jerarquías religiosas —y no solo— se encuentra el hombre.

El engaño comienza con la premisa de la necesidad. Cuanto más necesitemos a Dios, más existirá. Porque nuestras fuerzas humanas son limitadas y nuestras necesidades enormes, y, en el proceso de adecuación de nuestras fuerzas y nuestras necesidades, nos conformamos con verdades de las que poco o nada sabemos y con deseos ficticios, y por miedo a sufrir, nos conformamos con poco. Y nos conformamos con lecciones de buena madre y buena mujer, virginal, obediente y servicial en tanto que anexo del hombre. Y la que no, «se lo ha buscado». ¿Qué hacía a esas horas sola?, ¿Qué esperaba vistiendo así?, ¿Por qué se dejó grabar?