La libertad de decisión sobre el cuerpo femenino y el reclamo de la autonomía sexual se convirtieron, a partir de la década de los 70, en un debate central del nuevo feminismo en Occidente, abanderado por la reivindicación «lo personal es político». Supusieron un hito, entre otras cosas, conquistar la licitud de la libido femenina, el acceso a la información sobre educación sexual, la creación de servicios de planificación familiar, métodos anticonceptivos despenalizados por la ley e incluidos en la Seguridad Social, la legalización del aborto…

La lógica nos dice que todo aquello que sea diferente y parezca contrario es opresión, es barbarie, o como mínimo, no es civilización; que toda aquella cultura que anestesia cualquier expresión de placer sexual femenino e impone normativamente a las mujeres tapar sus formas femeninas o esconderse el pelo por voluntad ideológica, es en último término, una mutilación simbólica, porque representa la negación de la sexualidad a las mujeres. Desde el (des)conocimiento occidental, el hiyab, niqab, chador, burka, etc., todo puede parecer lo mismo: un símbolo de atraso cultural, de sujeción y de subalteridad de las mujeres árabe-musulmanas.

¿Se hizo acaso una lectura simplificada y negativa del burkini cuando, tras el veto de esta prenda en muchas de las playas francesas «por motivos de higiene y seguridad», se hicieron virales unas fotos en las que se observan a las autoridades de Niza pedir a una mujer musulmana que se (semi)desnudara? Este hecho dividió las opiniones del mundo entero y las personas, que son muchas y variadas en la viña de Dios —en otras no lo sé—, desplegaron todo un abanico de reacciones en distintos medios preguntándose acerca de las diferencias entre un traje de neopreno utilizado para nadar, que también cubre todo el cuerpo, y el traje de baño islámico de poliéster, o acerca de si pediríamos a una monja que se quedara semidesnuda en contra de su pudor religioso —el Consejo de Estado francés suspendió, a finales de agosto, la prohibición del burkini, aunque algunos municipios siguen validando el polémico decreto.

Esta actitud occidental hacia el burkini o el hiyab (velo) son ejemplos de la interpretación negativa de la diferencia cultural, y los ataques terroristas islamistas han creado el caldo de cultivo favorable para ser interpretados como una señal de adhesión al yihadismo wahabita —que por supuesto, ni falta que hace recordar que no habla por toda la comunidad islámica—, y en consecuencia, tratados desde la xenofobia y el racismo fascista europeo. Pero la discriminación no opera indiferentemente del género. No debe pasar por alto el hecho de que son las mujeres las que llevan el velo, el burkini o el burka, mientras que los hombres llevan vaqueros; es decir, son las mujeres las que llevan el signo identificativo de la cultura.

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La solución no pasa por culpabilizar a la mujer, discriminándola y prohibiéndole acceder a los espacios públicos con píldoras políticas estériles —pero no inocuas—, así como tampoco la defensa de los derechos de la mujer puede servir como excusa para alentar la islamofobia. Nuevamente, esto es expresión de la agenda patriarcal por regir los cuerpos femeninos mediante leyes creadas por hombres para decirles lo que es libre y lo que no lo es.

¿Que solo las mujeres tengan que taparse la cabeza y esconder el cuerpo por motivos ideológicos religiosos es sexista? Sí. Pero también lo es vestir con prendas mínimas diseñadas desde la mirada masculina. ¿O acaso vivimos bajo la impresión de que en Occidente estamos exentas de normas culturales sexistas? Pensemos en nuestros rituales de belleza, los tacones, los pushup, las operaciones estéticas, las dietas, los trastornos alimenticios, las sesiones de gym obsesivas y un largo etcétera, todo ello agente de la voluntad (¿voluntad?) para ajustar nuestros cuerpos a las modas de lo «sexualmente atractivo».

¿El empoderamiento de la mujer es enseñar el cuerpo? El empoderamiento es la capacidad de decidir sobre el propio cuerpo, es la libre elección. Las mujeres islámicas defienden el velamiento voluntario, por lo que debemos asumir que cabe una libre elección en ese tipo de prácticas culturales en la misma medida en la que cabe la libre elección en nuestro tipo de prácticas culturales. O por el contrario, debemos asumir que nuestras prácticas culturales también prescriben nuestros cuerpos y a menudo limita nuestros derechos sexuales. Como consecuencia del patriarcado ambiental, nuestros cuerpos son cosificados, nuestros úteros mercantilizados, y nuestras mujeres siguen siendo asesinadas en tanto que mujeres. Pero nosotras somos libres e iguales, ellas oprimidas y sumisas…

Termino. El discurso no se ha de dar en términos de castigo hacia la mujer sino en términos de castigo a la norma escrita que atenta contra la dignidad de las mujeres, que no se llama burkini ni hiyab, se llaman leyes conocidas como «códigos de familia» que siguen extrayendo su contenido de la legislación islámica medieval; se llaman prácticas paternalistas que recluyen a las mujeres en casa; se llama patriarcado, una estructura social profundamente discriminatoria para con las mujeres, que también tiene consecuencias negativas para los varones, y no olvidemos, que opera a nivel universal.

Imagen: La loterie de l’indécence, La Sauvage Jaune.

Imágenes de cabecera: Fotogramas del vídeoclip Bad Girls, M.I.A (2010) dirigido por Romain Gravas.