Aunque situados en una era posthistórica, según muchos pensadores de nuestro tiempo, ante la manera en que los ciudadanos interpretan las actuaciones de nuestros políticos en esta tesitura extraordinaria de desgobierno que vivimos, pareciera que, sin embargo, el valor de la palabra continúa manteniendo cotas propias de épocas pretéritas en donde el logos era emanación divina, valor de ley o, por lo menos, herramienta y documento indispensable para ejecutar el contrato social.

La ciudadanía, intachable en todos sus actos cotidianos, se muestra indignada o al menos contrariada al contemplar el más ligero cambio de dirección ideológica en uno de sus políticos. Espera de ellos coherencia y homogeneidad con el programa propuesto y con las intervenciones públicas: es decir, espera que se mantenga la palabra dada, el discurso, el relato —sea o no, grande, señor Lyotard. Lo dicho, pronunciado o escrito, no debería mutar bajo ningún concepto, como si fuera trasunto exacto de lo pensado, creen los que votan.

Los propios políticos y los mismos programas televisivos que los ensalzan o los destrozan hacen uso de esta vigencia —tácitamente aprobada por el común de los mortales— de la palabra en cuanto elemento análogo al hombre que la expuso, como verdad que no puede menoscabarse, tirando de hemeroteca para salpicar al enemigo ideológico a fin de enfangarlo en sus propias contradicciones. Hemos regresado a los tiempos en que la palabra era la cosa.

Claro está, el político y el periodista, menos ingenuos que muchos de los votantes, conocen en su fuero interno de qué va esto, comprenden el funcionamiento humano de la política y las necesidades estratégicas más allá de toda moral. Hacen suya la máxima por antonomasia de uno de los primeros grandes políticos: el fin justifica los medios. Como si el político actual viviese en otra época distinta a la de su votante, entienden que importa más el contexto en que se ejecuta que la palabra que se manifiesta. La contradicción forma también parte del juego.

Sin embargo, los detractores de la contradicción han aumentado en los últimos años en el panorama español y de nada serviría poner sobre la mesa las decenas de frases positivas que rápidamente se pueden encontrar en internet sobre esta inmoralidad que, supuestamente es, la contradicción, pronunciadas tanto por escritores como por políticos de reconocido prestigio.

A la ciudadanía española hay que reconocerle su intachable quijotismo en esta apología de la palabra como valor supremo, como reducto inamovible. Del mismo modo hay que advertirle de que no es momento de echar balones fuera culpando a esta supuesta clase política de todos sus males, y recordarle que en los dos momentos en que tuvo la oportunidad de votar planteó a sus representantes institucionales un rompecabezas donde no salen las cuentas si se mantienen impolutos los programas y las palabras dadas, desde la de no apoyar al bipartidismo hasta no pactar con un partido lleno de imputados o no contar con los nacionalistas que quieren romper España, etc. No pondré a los ejemplos nombres y a apellidos, para librarme del azote popular, pero tiene gracia contemplar en los muros de Facebook o en el timeline de Twitter ese rasgarse las vestiduras, ese mesarse los cabellos de muchos acólitos y simpatizantes cuando no hay uno solo de los partidos que no haya tenido que contradecirse y que no tenga que seguir haciéndolo para evitar un estancamiento calamitoso.

Quienes esperen seres monolíticos en el Congreso de los Diputados mejor que se acerquen a contemplar el tablón izquierdo del tríptico bosquiano titulado El jardín de las delicias que tenemos la suerte de acoger en el Museo del Prado de Madrid. ¡Que se deleiten! Pero si quieren que este país se ponga en movimiento de una (no sé si) santa vez, que permitan a sus políticos la contradicción, que corre de su cuenta el acabar o no en el inframundo deglutidos por algún pájaro de mal agüero.

Imagen de cabecera: Póster de la novela El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr.Hide, 1880s.

Imagen destacada: Frederic March como Hide.