Viviendo en Madrid, visitar el Museo del Prado en cualquier oportunidad es, siempre, una experiencia extraordinaria. Pasearse por sus salas inagotables, detallar nuevamente alguna de las obras que ahí residen, visitar las salas más importantes de acuerdo con el gusto de cada quien. Incluso en una visita rápida, El jardín de las delicias es siempre uno de los imprescindibles. No parece importar cuántas veces lo hayas detallado, estudiado, analizado, pasear la mirada por él siempre permite pensar algo más, explorar una nueva posibilidad, descubrir una nueva escena o conjunción de escenas a lo largo del tríptico.

No hay ocasión en la que no haya un conglomerado de personas, también componiendo una escena frente a la obra: observando, acercándose, señalando, comentando alguna impresión ante su primera, segunda, o trigésima vez allí. Esto también influye en nuestro paseo y en nuestra perspectiva de la obra.

El pasado domingo 25 culminó la exposición del V centenario del Bosco, la más visitada en la historia del Prado. No es difícil ver por qué el Bosco sigue maravillándonos y deslumbrándonos, y no era difícil escuchar frente a las obras una multiplicidad de razones con las que sus espectadores lo acercaban a sí mismos, también empeñados en señalar y sorprenderse, en fluir a través de la exposición como una marea constante de desbordados conocedores y desconocedores de la exposición que había que ver en el verano. Sabemos todos cómo es el verano en Madrid.

La conjunción de obras reunidas y expuestas allí bien valía las penurias de pasearse por la sala intentando mirarlas por encima de decenas de peinados acercándose peligrosamente a las obras para señalar con el dedo la multiplicidad de detalles que tanto nos encanta y nos asombra de la obra bosquiana. Las fotografías de prensa de la exposición nos ofrecían un recorrido fluido e ideal, con la posibilidad de ver muy de cerca y desde múltiples ángulos las pinturas y trípticos. Sin embargo, como una misma pintura del Bosco, en cada acercamiento a la exposición, las masas de pintorescos visitantes ansiosos por encontrar y compartir sus descubrimientos de personajes llamativos saturó los paseos y el movimiento era más bien un lento arrimarse lo más posible para lograr reconstruir un rompecabezas de las pinturas entrevistas entre tantos, cuando no se quería esperar con bastante calma y paciencia a que el movimiento natural de la exposición diera paso a quedar de primero entre la pintura y una masa de espectadores expectantes.

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Créditos de la fotografía: Gtresonline

La exposición era ilimitada, como percibimos al Bosco. Podría haberse visitado todos los días que estuvo, y siempre hubiera ofrecido algo más. Las pinturas que conocemos, las que no habíamos visto en persona, todas se articulaban allí en un extraordinario jardín en el que, a pesar del desbordado número de visitantes por pase, valía la pena sumergirse.

Es interesante mencionar, también, algunos de los bocetos expuestos. ¿Los recuerdan, quienes hayan asistido? Desperdigados alrededor de la exposición, nos mostraban esos garabatos que llevaron a monstruos y criaturas fantásticas, esas experimentaciones que luego cobraban vida en los cuadros culminados. Y así, los más sorprendentes descubrimientos de Jheronimus van Aken se encontraban en el juego, la experimentación que luego, en su momento, encontraba una posición adecuada. ¿No se han preguntado de dónde surgen todas esas pequeñas criaturas, esas escenas fluidas y resueltas? Termina la gran exposición del verano y, probablemente, la mayor del año, pero el desbordamiento no acaba tan fácilmente. El jardín de las delicias vuelve a su lugar en el Prado, y también esa misma nube de espectadores, siempre presente, que observan y comentan. ¿Qué estamos viendo?

Imagen principal: La tentación de San Antonio, Joos van Craesbeeck, 1650.