A las feministas no les gusta el porno normativo, hegemónico o mainstream, o lo que es lo mismo, no les gusta la industria del porno que, en su lógica capitalista, trabaja constantemente para incentivar la demanda creando deseos sexuales que trivializan la violencia contra la mujer. Y no es que no sea asunto del feminismo modificar los deseos de nadie, como afirmaba la actriz porno del momento, Amarna Miller, en una entrevista reciente. Todas las fantasías son legítimas, lo que es ilegitimo es llevarlas todas a la práctica.

Cierto es que para hablar de feminismo hay que hablar de feminismos, pero no todo vale y en el momento en que tus afirmaciones como feminista gustan a un machista, quizás debas sospechar que hay gato encerrado. Amarna Miller se autoerige como la encarnación del milagro trasgresor, «ser feminista y actriz porno mainstream», pero ser trasgresora dentro de un marco mercantil neoliberal es como dártelas de joven emancipado y seguir viviendo en casa de tus padres. Amarna, cuando dice que «si solo rodara porno feminista no pagaría ni media factura», reconoce jugar en gran medida por las reglas del sistema y, por ende, estar dentro de este, formar parte de él. Una transgresión supone lo contrario, la no-asimilación, la marginación. Y es por eso que el porno para mujeres o el postporno son fenómenos culturales residuales e irrelevantes en cuanto al número de espectadores que suscitan —pero relevantes en tanto que transgresión feminista—, porque el porno que triunfa en el mercado, el porno que (re)construye identidades sexuales y deseos eróticos, es el porno normativo, respaldado por un sistema de dominación con dos vertientes: el capitalismo y el patriarcado. Es desde esa filosofía neoliberal que el patriarcado apoya convertir la satisfacción de un deseo que se puede considerar nocivo en un derecho, coyuntura desde la cual el feminismo hace de la problematización del deseo su asunto. Porque, repito, el deseo es legitimo; lo que puede ser ilegítimo es la práctica.

Si dices ser feminista y a la vez te pone la figura masculina en un rol de poder, como mínimo deberías cuestionarte. Es decir, si como mujer fantaseas con el macho «empotrador» y reivindicas tu deseo sexual de ser tratada con violencia y humillación, quizás te debas preguntar: ¿esas apetencias nacen de forma natural o son algo construido y fomentado culturalmente? Ahí es donde el feminismo, entendido como teoría crítica, tiene la tarea de analizar esos deseos y deconstruirlos para llegar al origen —y esto es lo que a mí me parece trasgresor.

Incluso cuando hay consentimiento, lo que opera en esas dinámicas de sexo violento es una relación de poder: uno es el dominado, el otro el dominante. Claro que hay dinámicas de poder en nuestra cotidianidad que pasan desapercibidas, como el que se apodera del mando de la TV en casa, pero en el caso del acto sexual, las implicaciones son algo más serias que acabar viendo Tu estilo a juicio o Sálvame —bueno, esto último tiene su peligrosidad implícita.

En el post anterior intentaba explicar que, cuando un hombre compra sexo, no compra la sexualidad de la mujer, sino que compra una relación de poder. Así, la prostitución actúa como un espacio de recuperación de la tierra perdida en la identidad de la masculinidad tradicional. Con la pornografía hegemónica pasa algo parecido: como hombre, ya no puedes usar la fuerza física para obligar a una mujer a mantener relaciones sexuales sin que eso suponga un delito, por lo que, ante la pérdida de ese privilegio, al igual que en la prostitución, la fuerza física se ha convertido en la fuerza simbólica del dinero. La venganza contra la mujer empoderada ha encontrado un fuerte espacio en el porno mainstream y en sus representaciones sexuales vejatorias como Meatholes,  Human toilets, Gag on my cock, Slapp happy, Pink in the eyeFistfucking, Bukkakes, Gang Bangs, y un largo etcétera. En pocas palabras, la venganza del porno mainstream, entendida como respuesta a las denuncias feministas que han quitado fuerza al sexismo hostil presente en el Código Civil o la opinión pública, se ha articulado en conseguir que el público disfrute con la contemplación de la mujer como un objeto sexual al que se le somete a degradaciones de todo tipo.

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¿Puede la humillación y la violencia en el sexo ser compatibles con el feminismo? Si son consensuadas, ¿cuál es el problema?, planteaba Amarna Miller en el debate de En Clave Tuerka, moderado hace una semana por Juan Carlos Monedero, y en el que también participaron Beatriz Gimeno, Rosa Cobo y Clara Serra. La respuesta de Monedero a la pregunta de Miller no tiene precio:

Quizás no sea fácil definir los límites de una práctica sexual, pero creo que sí somos capaces de reconocerlos, más allá de las preferencias individuales. No se trata de negar y abolir todos los deseos heteropatriarcales, pero sí de reflexionar sobre ellos y sobre la normalización del porno, entendido como un espectáculo de agresión a la mujer, de la que se derivan estos. Porque, si bien hay una complicidad de la mujer en el negocio de la industria pornográfica, poco le interesa al porno mainstream las fantasías eróticas de las mujeres. En su gran mayoría, quienes construyen esas narrativas pornográficas y para quienes se construyen, son varones (el 80%), y la radicalización del porno en los últimos años es indiscutible. Tal y como afirma Gabriel Núñez, la pornografía tiene más de violencia que de sexo y, al final, el mensaje constante de la gran mayoría de las películas porno es: «todas las tías son unas putas» (algunas lo saben, otras no, y a las que se resisten hay que obligarlas a que lo acepten y aprendan).

Hablar de la pornografía y disentir del discurso dominante («el porno mola») es molesto, soy consciente. Pero no es motivo suficiente para que no tomemos en serio la peligrosidad del mensaje pedagógico que se desprende del porno normativo —y que para muchos adolescentes es la primera y/o única fuente de educación sexual.

Imágenes: Stéphane Blanquet (1973), ilustrador francés que ha publicado un libro en el que transforma el porno en pop art -según la acepción dada para catalogar las obras de Roy Lichtenstein o Richard Hamilton- bajo el título de Rendez Vous Moi en Toi.